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– Quizá quería que fuera él quien hiciese la última pintura, esa en la que aparecerían con todo detalle, a la manera de los francos, el rostro y la manera de sentarse de Nuestro Sultán.

¿Acaso quería confundirme?

– De haber sido así, ¿para qué iba a llevarse Aceituna una pintura que ya conocía después de haber matado al Tío? -le respondí-. O ¿para qué iba a haber matado al Tío para ver esa pintura?

Durante un rato meditamos en silencio.

– Porque en esa pintura faltaba algo -dijo Negro-. O porque se había arrepentido de algo y tenía miedo. O… -pensó un poco-. ¿No podría ser que se la hubiera llevado porque simplemente quiso hacer daño después de haber matado a mi Tío, o porque quisiera un recuerdo, o sencillamente sin razón alguna? Aceituna es un gran ilustrador y naturalmente sentirá respeto por una pintura hermosa.

– Ya hemos hablado de que Aceituna es un gran ilustrador -le contesté enfureciéndome-. Pero ninguna de estas pinturas de tu Tío es hermosa.

– No hemos visto la última -me respondió Negro audazmente.

Los atributos de Mariposa

Se le conoce por el nombre de Hasan Çelebi, el del barrio de la Fábrica de Pólvora, pero para mí siempre ha sido Mariposa. Ese nombre me recuerda la hermosura de su infancia y juventud. Es tan apuesto que quienes lo ven no dan crédito a sus ojos y quieren verlo por segunda vez. Siempre me ha sorprendido el milagro: que tenga tanto talento como belleza. Es un maestro del color, ésa es su faceta más notable; pinta con amor, repasando una y otra vez, como por el puro placer de extender los colores. Pero también le dije a Negro que era venal, indeciso y que carecía de objetivos. Para ser justo añadí que era un auténtico ilustrador que pintaba con el corazón. Si la ilustración no se hace para la inteligencia, ni para dirigirse al animal que hay en nosotros, ni para alimentar el orgullo del sultán, sino para que sea una fiesta para los ojos, entonces Mariposa es todo un ilustrador. Como si hubiera recibido lecciones de los maestros de Kazvin de hace cuarenta años, traza curvas amplias, cómodas, felices, aplica con audacia colores puros y brillantes y siempre hay una dulce redondez en la secreta composición de sus páginas, pero he sido yo quien le ha formado y no esos maestros de Kazvin muertos hace tanto. Quizá por eso lo quiero como a un hijo, incluso más, pero no lo admiro en absoluto. En su niñez y en su primera juventud, como he hecho con todos mis aprendices, le pegué bastante con los mangos de los pinceles, con reglas, y hasta con algún leño, pero no es por eso por lo que no lo respeto. Porque también le pegué mucho con la regla a Cigüeña pero a él sí lo respeto. Al contrario de lo que se cree, las palizas del maestro no acobardan a los duendes y el demonio del talento que tiene en su interior el joven aprendiz, sino que sólo los suprimen temporalmente. Si es una buena paliza, y merecida, los duendes y el Diablo surgirán de nuevo y estimularán en su trabajo al ilustrador que se está formando. En cuanto a las palizas que le di a Mariposa, lo convirtieron en un ilustrador dichoso y obediente.

A pesar de todo, sentí la necesidad de elogiarlo ante Negro: El arte de Mariposa, le dije, es una buena prueba de que la imagen de la felicidad por la que se pregunta el poeta en su Mesnevi sólo puede ser posible gracias a una habilidad con los colores otorgada por Dios. Cuando lo comprendí, comprendí también qué era lo que le faltaba a Mariposa. Carecía de esa falta de fe momentánea que Câmi en su poesía llama «la noche oscura del alma». Como si fuera un ilustrador que pintara en medio de la felicidad del Paraíso, se pone a trabajar convencido y feliz creyendo que va a hacer una pintura alegre y realmente la hace. El sitio de la fortaleza de Doppio por nuestro ejército, el embajador húngaro besando los pies de Nuestro Sultán, la ascensión por los Siete Cielos de Nuestro Profeta en su caballo: por supuesto todos estos son acontecimientos felices en sí mismos, pero en las manos de Mariposa se convierten en auténticas fiestas que se salen aleteando de las páginas. Si en alguna pintura que he ordenado hacer se nota en exceso la negrura de la muerte o la seriedad de una reunión del Consejo, entonces le digo a Mariposa «coloréalo como quieras» y así los silenciosos faldones, hojas, banderas y mares sobre los que parece que se hubiera esparcido tierra de cementerio ondean de inmediato agitados por una alegre brisa. A veces pienso que Dios quiere que el mundo se parezca a como lo pinta Mariposa, que ha ordenado que la vida sea una pura fiesta. Un mundo en el que los colores se recitarían poesías perfectas en armonía unos con otros, donde se detendría el tiempo y por el que el Diablo nunca asomaría.

Pero incluso Mariposa sabe que eso no basta. Alguien -sí, con toda la razón- le ha susurrado que en sus ilustraciones todo es alegre como en un día de fiesta, pero que les falta profundidad. Sus pinturas complacen a los príncipes niños y a las viejas del harén que están en el umbral de la muerte, no a los hombres de mundo que se ven obligados a bregar con el mal. Como está perfectamente al tanto de esos rumores que corren sobre él, a veces el pobre Mariposa siente envidia de ilustradores con mucho menos talento y habilidad que él sólo porque poseen aquellos duendes y demonios. Pero lo que él cree que son duendes y demonios la mayor parte de las veces no son sino puras maldad y envidia.

Me enfado con él porque no es feliz perdiéndose en ese mundo maravilloso que está pintando y sí cuando sueña que lo que pinta les va a gustar a otros. También me enfado porque piensa en el dinero que va a cobrar. Otra ironía de la vida: hay bastantes ilustradores con mucho menos talento que él pero que son capaces de entregarse mucho más a su arte cuando están pintando.

La necesidad de acabar con esas carencias suyas ha hecho que Mariposa se preocupe por demostrar que se sacrifica por la pintura. Siente afición por ese trabajo mínimo y delicado como el que hacen ilustradores sin seso alguno que se dedican a pintar escenas difíciles de ver a simple vista en uñas y granos de arroz. Una vez le pregunté si se entregaba a aquella ambición, que ha dejado ciegos antes de tiempo a muchos ilustradores, porque le avergonzaba el talento que Dios le había concedido de sobra. Porque sólo los ilustradores sin talento se dedican a pintar una a una las hojas del árbol que han dibujado en un grano de arroz para ganarse un renombre con facilidad y para llamar la atención de señores de cabeza dura.

Ese no pintar para sus ojos sino para los de los demás, esa necesidad de gustar que es incapaz de superar de ninguna manera, han hecho de Mariposa un esclavo de los elogios. Es por eso por lo que el cobarde Mariposa quiere ser Gran Ilustrador, para asegurarse su futuro. Fue Negro quien sacó el tema:

– Sí -le respondí-, sé que anda conspirando para quedarse con mi puesto después de que yo muera.

– ¿Podría ser ésa una causa para matar a sus hermanos ilustradores?

– Podría serlo. Porque es un gran maestro, pero no lo sabe y no es capaz de olvidarse del mundo mientras pinta.

En cuanto dije eso me di cuenta de que en realidad yo quería que fuera Mariposa quien me sucediera al frente de los talleres. No confío en Aceituna. Y creo que Cigüeña acabará sin darse cuenta siendo un instrumento de las maneras de los francos. La necesidad de ser querido de Mariposa, lamentaba haber pensado que podría haber matado a alguien, era fundamental para poder manejar tanto el taller como al sultán al mismo tiempo. Sólo la sensibilidad y la fe en los colores de Mariposa podría oponerse a la habilidad de los francos de engañar al espectador mostrando sus obras como si fuesen la realidad y no una representación, pintando con todos los detalles, incluidas sombras, cardenales, puentes, barcas, candelabros, iglesias y cuadras, bueyes y ruedas como si ante los ojos de Dios todo tuviera la misma importancia.