– Si lo mirara como si fuera un caballo de verdad, ¿qué vería en esta pintura?
– Teniendo en cuenta su tamaño, no es un poni; teniendo en cuenta lo largo y curvo de su cuello diría que es un buen caballo de carreras y por lo liso de su lomo, que es muy apto para largos viajes. Sus patas airosas pueden querer decir que es ágil y diestro como un caballo árabe, pero no es árabe porque su cuerpo es largo y voluminoso. La delicadeza de sus patas muestra, como decía Fadlan, el sabio de Bujara, en su Libro de veterinaria sobre los caballos más apreciados, que si nuestro animal llegara ante un río lo cruzaría de un salto con facilidad y no dudaría ni tendría miedo. Me sé de memoria ese Libro de veterinaria tan bellamente traducido por Fuyûzi, el veterinario de Palacio, y podría aplicar cada una de las hermosas palabras que allí se dicen sobre los caballos realmente apreciados a este alazán nuestro que tenemos delante: el buen caballo tiene una hermosa cara y ojos de gacela y sus orejas son rectas como cañas y el espacio entre ellas es amplio; el buen caballo tiene dientes pequeños, frente abultada, cejas ligeras, es largo de cuerpo, de largas crines, breve de cintura, de nariz pequeña, hombros estrechos y lomo ancho y liso; de muslos plenos, largo de cuello, amplio de pecho, con la base de la cola ancha y la entrepierna carnosa. Deber ser orgulloso y elegante y caminar como si saludara a ambos lados.
– Es exactamente nuestro alazán -dije observando admirado la pintura.
– Hemos identificado nuestro caballo -continuó el Maestro Osman con la misma sonrisa tímida-, pero por desgracia eso no nos sirve de nada para saber quién puede ser el ilustrador. Porque sé que ningún ilustrador con la cabeza sobre los hombros pintaría un caballo observando un caballo real. Por supuesto, pueden dibujarlo de un solo golpe de memoria. La prueba es que la mayoría empieza a dibujar el contorno del caballo por el extremo de los cascos.
– ¿No lo hacen para que las patas pisen el suelo? -le pregunté como pidiendo disculpas.
– Como decía Cemalettin el de Kazvin en su La ilustración de los caballos, sólo podremos terminar adecuadamente la pintura de un caballo que hayamos empezado a dibujar por los cascos si tenemos al animal entero en la memoria. Por supuesto, está claro que pensando y recordando o, algo todavía más ridículo, observando un caballo real, se puede dibujar un caballo empezando por la cabeza, siguiendo por el cuello y terminando por el cuerpo. Hay algunos pintores francos que lo hacen así, o sea, pintan con indecisión, haciendo pruebas y bocetos, cualquier caballo de carga vulgar de los que se ven por la calle y se lo venden a los sastres y a los carniceros. Una pintura así no tiene nada que ver con el significado del Universo ni con la belleza creada por Dios. Pero estoy seguro de que incluso ellos saben que el verdadero ilustrador pinta gracias a sus recuerdos y a la práctica de su mano y no gracias a lo que sus ojos están viendo en ese momento. El pintor siempre está solo ante el papel. Para él, recordar es siempre una necesidad. Por ahora no podemos hacer otra cosa sino utilizar el método de la dama para encontrar la firma oculta que esconde este caballo nuestro dibujado de memoria con un hábil y rápido movimiento de la mano. Míralo bien tú también.
Pasaba la lente muy despacio sobre el maravilloso caballo, como si estuviera buscando el tesoro en un mapa antiguo cuidadosamente pintado en pergamino.
– Sí -dije como el estudiante arrebatado por la inquietud de hacer lo antes posible un descubrimiento brillante para impresionar a su maestro-. Podemos comparar los colores y los bordados del cobertor de la silla de montar con los de las otras pinturas.
– Mis maestros ilustradores nunca ponen el pincel en esos bordados. Son los aprendices quienes pintan los motivos de las ropas, las alfombras, las cubiertas y las tiendas. Quizá lo pintara el difunto Maese Donoso. Olvídalo.
– ¿Y las orejas? -dije nervioso-. Las orejas de los caballos también…
– No. Son de esas orejas como cañas tan conocidas, de las que nunca se apartan de los modelos heredados de los tiempos de Tamerlán.
Estuve a punto de decir: «El trenzado de las crines, el peinado de cada pelo». Pero me callé porque no me gustaba ese jueguecito de maestro-aprendiz. Además, si yo era el aprendiz, debía ser capaz de saber hasta dónde podía llegar.
– Mira esto -me dijo el Maestro Osman con el tono quejoso pero profundamente atento de un médico que le mostrara a otro una buba de la peste-. ¿Lo ves?
Llevó la lente hasta la cabeza del caballo y la alejó de la superficie de la pintura atrayéndola poco a poco hacia nosotros. Acerqué bien la cabeza para poder ver lo mejor posible lo que aumentaba la lente.
La nariz del caballo tenía algo extraño. Los ollares.
– ¿Lo has visto? -me preguntó el Maestro Osman.
Para estar seguro de lo que veía tenía que poner el ojo justo enfrente de la lente. Como el Maestro Osman estaba haciendo lo mismo al mismo tiempo, nos encontramos mejilla contra mejilla ante la lente, bastante alejada de la pintura. Sentir en mi cara la dureza de la barba seca del maestro y la frialdad de su mejilla me asustó por un instante.
Se produjo un silencio. Como si en la pintura que había a un palmo de nuestros cansados ojos ocurriera algo maravilloso y nosotros estuviéramos siendo testigos de ello con respeto y admiración.
– ¿Qué es eso que tiene en la nariz? -fui capaz de susurrar mucho después.
– Lo ha dibujado de una manera muy extraña -dijo el Maestro Osman sin apartar la mirada de la pintura.
– ¿Se le fue la mano? ¿Es un defecto?
Seguíamos examinando el extraño y peculiar dibujo de la nariz.
– ¿Es esto ese famoso «estilo» imitación de los francos del que todo el mundo ha empezado a hablar, incluidos los grandes ilustradores chinos? -preguntó con tono burlón el Maestro Osman.
Me dejé llevar por una cierta susceptibilidad creyendo que de quien se burlaba era de mi difunto Tío:
– Si un defecto no proviene de la falta de talento o habilidad sino de lo más profundo del alma del ilustrador, entonces es estilo, eso decía mi difunto Tío.
Pero, proviniera de donde proviniese, de la mano del ilustrador o del caballo mismo, lo cierto era que no teníamos otra pista para encontrar al miserable que había asesinado a mi Tío que esta nariz. Porque en los caballos de la tinta corrida del papel que había salido del bolsillo del pobre Maese Donoso, no es que nos costara trabajo distinguir los ollares, sino las mismas narices.
Así pues, pasamos mucho tiempo buscando las pinturas de caballos que los queridos ilustradores del Maestro Osman habían hecho para todo tipo de libros y buscándoles defectos en los ollares. En las doscientas cincuenta ilustraciones del Libro de las festividades que estaba a punto de ser terminado, en las que se describían los desfiles, siempre a pie, de congregaciones y gremios ante Nuestro Sultán, había muy pocos caballos. Se enviaron hombres al edificio de los talleres, donde se guardaban ciertos libros de modelos y cuadernos de plantillas así como los libros recién terminados, y a las estancias privadas y al harén para que nos trajeran cuanto libro no estuviera guardado bajo siete llaves en el tesoro privado, por supuesto, todo con el permiso de Nuestro Sultán.
Primero examinamos el caballo castaño con una estrella en la frente y el gris de ojos de gacela que tiraban del carro funerario en la pintura a doble página que encontramos en el volumen del Libro de las victorias que nos habían traído de la habitación de uno de los príncipes y que mostraba las ceremonias de las exequias del sultán Solimán el Magnífico, muerto durante el sitio de Sigetvar, así como los melancólicos palafrenes adornados con sillas con brocados de oro y prodigiosos cobertores que acompañaban al cortejo. Todos aquellos los habían pintado Mariposa, Aceituna y Cigüeña. Tirasen del carro funerario de enormes ruedas o presentasen sus respetos mirando con ojos nublados el cadáver de su señor, bajo un grueso paño rojo, todos los caballos tenían la misma elegante postura, inspirada en los antiguos maestros de Herat, con una pata airosamente hacia delante y la otra firmemente plantada en el suelo junto a la primera. Todos tenían el cuello largo y curvo, la cola trenzada y las crines cortadas y peinadas, pero ninguno tenía en la nariz el defecto que buscábamos. Tampoco la tenía ninguno de los caballos que montaban los comandantes, sabios y religiosos que se habían unido al cortejo y que presentaban sus respetos al difunto sultán Solimán desde las colinas de los alrededores.