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Nuestro Sultán lanzó una mirada al Comandante de la Guardia que quería decir «¿Lo has oído?», y luego preguntó:

– ¿Sabéis cuál de las historias de competiciones del poeta Nizami es la que más me gusta?

Parte de nosotros respondió afirmativamente, parte preguntó «¿Cuál?» y parte guardó silencio, como yo.

– No me gusta la historia de la competición de los poetas, ni tampoco la historia de la competición entre el pintor chino y el rumí y el espejo -dijo mi apuesto Sultán-. La que más me gusta es la de los médicos que compiten hasta la muerte.

En cuanto acabó de decirlo nos dejó y se retiró para llegar a tiempo a la oración del anochecer.

Algo más tarde, mientras sonaba la llamada a la oración y yo me dirigía a la carrera hacia mi barrio soñando feliz con Seküre, con los niños y con nuestra casa después de haber cruzado en la penumbra las puertas del Palacio, me acordé aterrorizado de aquella historia de la competición de los médicos.

Uno de los dos médicos que competían ante el sultán, el que la mayoría de las veces se pintaba con la ropa color rosa, había hecho una píldora verde con un veneno tan potente como para matar a un elefante y se la dio al otro, al del caftán azul marino. Éste se tomó con muy buen provecho primero la píldora venenosa y después otra azul con un antídoto que acababa de fabricar y, tal y como se puede entender por su dulce sonrisa, no le ocurrió nada. Además ahora le había llegado a él el turno de que su competidor oliera la muerte. Con lentos movimientos, saboreando el hecho de que ahora fuera su turno, arrancó una rosa rosada del jardín, se la acercó a los labios y le susurró una poesía oscura que nadie pudo oír. Luego, con gestos que demostraban de sobra la seguridad en sí mismo que sentía, le alargó la flor al médico vestido de rosa para que la oliera. El médico vestido de rosa estaba tan preocupado por el poder del poema que el otro había susurrado a la rosa, que en cuanto se acercó a la nariz la flor, que no poseía otra cualidad excepto su aroma, se desplomó muerto de terror.

43. Me llaman Aceituna

Fue antes de la llamada a la oración de la noche; llamaron a la puerta y fui a abrir: era un hombre del Comandante de la Guardia que venía de Palacio, un joven pulcro, guapo, sonriente y apuesto. Llevaba en las manos un candil, que más que iluminar ensombrecía su cara, y papel y una tabla de escribir. Me lo explicó de inmediato: por orden de Nuestro Sultán se había convocado un concurso para ver quién de entre los maestros ilustradores dibujaba de un trazo la más hermosa imagen de un caballo. Se había ordenado que me sentara de inmediato, colocara el papel en la tabla y la tabla sobre las rodillas y dibujara a toda velocidad la imagen del caballo más hermoso del mundo en el lugar en el que se me indicaba en el interior del encuadre.

Invité a pasar a mi visitante. De una carrera traje mi pincel más delicado de pelo de oreja de gato y tinta. Me senté en el suelo y ¡me detuve por un instante! ¿Podía ser que aquel asunto fuera una conspiración, una jugarreta que pagaría con mi vida? ¡Puede que sí! Pero ¿acaso no habían ilustrado los antiguos maestros de Herat todas las leyendas con aquellos delgados trazos que separaban la muerte de la belleza?

Mi corazón se llenó con el deseo de pintar pero, como le ocurría a todos y cada uno de los antiguos maestros, también me dio la impresión de que temía hacerlo, así que me contuve.

Esperé un momento observando el papel en blanco para que mi espíritu se aliviara de todas sus preocupaciones. Solo debía pensar en el hermoso caballo que iba a dibujar y debía concentrar mis fuerzas y mi atención.

De hecho, ya habían empezado a pasar ante mis ojos todas las ilustraciones de caballos que había pintado o visto hasta ese momento. Pero había una que era la más perfecta. Ahora pintaría aquel caballo que hasta entonces nadie había sido capaz de dibujar. Con gran resolución conseguí representármelo ante mi mirada; todo lo demás se desvaneció, fue como si por un momento incluso olvidara que estaba allí sentado y que me disponía a dibujar. Mi mano sumergió por sí sola el pincel en el tintero recogiendo la cantidad exacta de tinta. ¡Vamos, mano mía, ahora convierte en realidad el maravilloso caballo que hay ante mis ojos! Fue como si el caballo y yo nos convirtiéramos en uno y estuviéramos a punto de ocupar nuestro lugar en este mundo.

Durante un momento busqué intuitivamente dicho lugar en la zona del papel rodeada por el encuadre. En mi imaginación situé allí el caballo y de repente:

Sí, como si mi mano se hubiera lanzado por sí sola con una firme determinación, mira qué preciosidad, había comenzado por el extremo del casco y había girado de inmediato pasando por la estrecha y hermosa cuartilla siguiendo luego hacia arriba. ¡Qué repentina alegría cuando giró de nuevo con la misma determinación en el corvejón y siguió subiendo a toda velocidad hasta llegar debajo del pecho! Curvándose desde allí, continuaba victoriosa hacia arriba: ¡Qué hermoso resultó su pecho! Adelgazando el extremo, se convirtió en cuello, justo como el del caballo que tenía ante mis ojos. Sin levantar el pincel lo más mínimo bajé por el carrillo hasta llegar a la poderosa boca, que tras pensar un momento hice abierta, y entrando en ella, así es, abre más la boca, caballo, le saqué su preciosa lengua. Giré lentamente -no seas indeciso- por su nariz. Mientras subía derecho miré por un instante el conjunto y al ver que estaba trazando la línea tal y como había imaginado, me olvidé de que estaba pintando y fue como si hubiera sido mi mano y no yo quien hubiera dibujado las orejas y la deliciosa curva del hermoso cuello. Mientras pintaba de memoria y a toda velocidad la grupa, mi mano se detuvo por sí sola y sumergió el pincel en el tintero. Me sentía muy contento mientras pintaba el lomo y los poderosos y altos cuartos traseros, totalmente satisfecho con mi pintura. Por un instante me pareció estar junto al caballo que estaba pintando, inicié alegre la cola, era un caballo de guerra, veloz, así que trencé la cola y giré por ella y subí feliz: mientras le pintaba el muslo y el trasero me pareció sentir una agradable humedad en mi propio trasero y en mi ano y, complacido por aquella sensación, pasé alegre por la hermosa suavidad de su grupa y por el casco del remo posterior izquierdo, que lanzaba hacia atrás con toda velocidad. Yo mismo me admiré del caballo que había pintado y de mi mano, que le había dado al cuarto delantero izquierdo la misma elegante postura que tenía en la mente.

Levanté la mano y pinté a toda velocidad el fogoso pero triste ojo y, tras un instante de vacilación, los ollares y el cobertor de la silla; le peiné las crines una a una, como si se las acariciara con cariño, le coloqué los estribos, le puse en la frente un lucero y le pinté los testículos y el falo intencionadamente comedidos pero en todo su tamaño para que el conjunto quedara perfecto.

Cuando pinto la imagen de un caballo maravilloso, me convierto en ese caballo maravilloso.

44. Me llaman Mariposa

Creo que fue a la hora de la llamada a la oración de la tarde. Alguien llegó a mi puerta. Me explicó que Nuestro Sultán había convocado un concurso. ¡A tus órdenes, mi Sultán! ¡Quién puede pintar mejor que yo la más hermosa imagen de un caballo!

A pesar de todo me hizo dudar por un instante el saber que tendría que pintarlo con pincel negro sin aplicarle colores. ¿Por qué no aplicamos colores? ¿Porque soy yo quien mejor los selecciona y emplea? ¿Quién decidirá cuál es la mejor pintura? Le tiré de la lengua al apuesto muchacho de anchos hombros y labios rosados que había venido de Palacio y pude percibir que el Gran Maestro Osman estaba detrás de todo aquello. Sin la menor duda, el Maestro Osman conoce mis habilidades y me quiere más a mí que a cualquier otro de los maestros ilustradores.

Y así, mientras observaba la página en blanco, comenzaron a aparecer ante mis ojos la postura, la mirada y la actitud de un caballo que pudiera complacerles a ambos. Debía ser brioso como los caballos que pintaba el Maestro Osman diez años atrás, pero también solemne como los que siempre le gustaban al Sultán; debía levantar los dos brazos en el aire para que ambos estuvieran de acuerdo en su hermosura. ¿Cuántas monedas de oro sería el premio? ¿Cómo haría aquella pintura Mir Musavvir? ¿Cómo la haría Behzat?