Выбрать главу

Aquel pupilo de maestro de veinte ásperos se divertía conmigo al tiempo que se asustaba de mí. Le habría gustado arrojar la cuchara y huir, pero no se lo permití.

– En esa escena Behzat, el maestro de maestros, pintó de tal manera al rey, al mozo de cuadras y a los caballos -continué- aunque han pasado cien años no han dejado de imitar los caballos que hizo. Cada uno de ellos, que dibujó según le salían de la imaginación y del corazón, se ha convertido ya en un modelo. Cientos de ilustradores, incluido yo, somos capaces de dibujarlos de memoria. ¿Nunca has visto una pintura de un caballo?

– He visto la pintura de un caballo alado en un libro mágico que un gran maestro, sabio entre los sabios, le dio un día a mi difunto profesor.

¿Qué hago? ¿Le meto la cabeza en el cuenco de sopa a este cretino que, junto con su profesor, se tomó en serio el libro de las Criaturas extrañas y le ahogo aquí mismo? ¿O le dejo que me describa exagerando al límite la única pintura de un caballo que ha visto en su vida y que quién sabe qué mala copia sería? Encontré un tercer camino y, dejando a un lado la cuchara, me lancé fuera de la taberna. Cuando entré en el convento abandonado tras caminar largo rato, una enorme paz cubrió mi espíritu. Barrí el lugar y quité el polvo y escuché el silencio sin hacer nada.

Luego saqué el espejo de donde lo había escondido y lo apoyé en el atril, me coloqué en el regazo la pintura de doble página y la tabla de trabajo e intenté dibujar mi propia cara mirándome en el espejo desde donde estaba sentado. Trabajé largo rato, con paciencia. Mucho después, cuando vi que de nuevo la cara del papel seguía sin parecerse a la mía en el espejo, me invadió tal tristeza que se me humedecieron los ojos. ¿Cómo lo hacían esos ilustradores venecianos de los que nos hablaba tan elogiosamente el Tío? De repente me puse en el lugar de uno de ellos y pensé que si pintaba sintiéndome de aquella manera quizá consiguiera que mi dibujo se pareciera a mí.

Más tarde, maldije tanto a los pintores venecianos como al Tío, borré lo que había hecho y comencé a pintar otra vez mirándome al espejo.

Mucho después me encontré primero en las calles y luego en este asqueroso café. Ni siquiera sabía cómo había llegado hasta aquí. Mientras entraba me sentía tan avergonzado por mezclarme con esos miserables ilustradores y calígrafos que me sudaba la frente.

También sentía que me observaban, que se daban codazos, me señalaban y se reían entre ellos; bien, en realidad lo veía claramente. Me senté en un rincón con gestos que intentaban ser naturales. Con la mirada buscaba por un lado a los otros maestros ilustradores y por otro a mis queridos hermanos, con los que en tiempos había servido como aprendiz al Maestro Osman. Estaba seguro de que a ellos también les habían obligado a dibujar un caballo esta noche y de que se habían esforzado todo lo posible tomándose en serio el concurso de esos idiotas.

El señor cuentista todavía no había comenzado su historia. Ni siquiera había colgado la pintura. Eso me obligó a relacionarme con la clientela del café.

Muy bien, voy a deciros la verdad: como todo el mundo, gastaba bromas, contaba historias indecentes, daba exagerados besos a los amigos, hablaba con dobles sentidos usando alusiones y equívocos, preguntaba por los jóvenes asistentes, criticaba despiadadamente a nuestros enemigos comunes como todos los demás y, una vez lo bastante entusiasmado, llevaba el asunto hasta los juegos de manos y los besos en el cuello. Saber que mientras hacía todo aquello una parte de mi espíritu permanecía cruelmente silenciosa me producía un insoportable dolor.

A pesar de todo, sin que pasara mucho, de la misma manera que con mis juegos de palabras conseguí comparar mi miembro, y el de aquellos de los que tanto se cotilleaba, con cálamos, cañas, las columnas del café, flautas, postes, picaportes, puerros, alminares y bizcochos con abundante almíbar, logré también comparar los traseros de los apuestos muchachitos de los que hablábamos con toronjas, higos, dulce de harina y almohadones y hormigueros minúsculos. En cambio, durante todo ese rato, el más engreído de los calígrafos de mi edad sólo pudo comparar su verga al mástil de un barco y a la vara de un porteador, y además de una manera bastante inexperta y sin la menor confianza en sí mismo. Además, hice alusiones e insinuaciones sobre los cálamos que ya no se levantan de los maestros ancianos, sobre los labios color cereza de los nuevos aprendices, sobre los maestros calígrafos que (como yo) esconden su dinero en cierto sitio (en el rincón más indecente, dije), sobre que al vino que estaba bebiendo le habían echado opio en lugar de pétalos de rosa, sobre los últimos maestros de Tabriz y Shiraz, sobre el hecho de que en Alepo mezclan el café con vino y sobre los calígrafos y apuestos muchachos presentes.

A veces me ocurre que una de las dos almas de mi interior se alza con la victoria y deja atrás a la otra y creo por fin que puedo olvidar ese aspecto mío silencioso y desagradable. Entonces recuerdo las celebraciones de los días de fiesta de mi infancia, que era capaz de compartir con todos los demás siendo yo mismo. Pero a pesar de todas aquellas bromas, besos y abrazos, había en mi corazón un silencio que me dejaba completamente solo envuelto en el dolor en medio de la multitud.

¿Quién había puesto dentro de mí aquel espíritu, no un espíritu sino un demonio, que continuamente me hacía reproches y me apartaba de la comunidad? ¿El Diablo? Pero el silencio de mi interior no encontraba la paz con las historias indecentes que tanto le gustan al Diablo, sino con aquellas historias simples capaces de conmover el alma.

Con la esperanza de encontrar dicha paz en ellas conté dos historias bajo los efectos del vino. Un aprendiz de calígrafo, alto y pálido pero de piel rosada, me escuchaba atentamente clavando sus ojos verdes en los míos.

Dos historias sobre la ceguera y el estilo contadas por el ilustrador para consuelo de la soledad de su alma

Elif

Al contrario de lo que se cree, el pintar caballos observándolos no es un descubrimiento de los maestros francos, sino que fue una idea de Cemalettin, el gran maestro de Kazvin. Después de que Hasan el Largo, jakán de los Ovejas Blancas, conquistara Kazvin, el anciano maestro Cemalettin no se contentó con unirse de buen grado al taller de ilustradores del victorioso jakán, sino que partió con él a una expedición de guerra porque decía que quería iluminar su Historia con escenas de combates que hubiera visto con sus propios ojos. Así pues, aquel gran maestro, que había pintado caballos, caballeros y combates durante sesenta y dos años sin ver una sola batalla, fue por primera vez a la guerra; pero, antes de que pudiera ver siquiera cómo se lanzaban unos contra otros los sudorosos caballos con violencia y estruendo, una bala de cañón lanzada desde las filas del enemigo le dejó ciego y le arrancó las manos por las muñecas. El anciano maestro, que, como los auténticos grandes maestros, esperaba la ceguera como una bendición divina, tampoco consideró una gran carencia el haberse quedado sin manos, observó que la memoria del ilustrador no se encuentra en las manos, tal y como algunos proclamaban insistentemente, sino en su inteligencia y en su corazón y que sólo ahora que estaba ciego podía ver las pinturas y los paisajes originales, los caballos verdaderos, perfectos y originales que Dios le había ordenado que viera, y para poder compartir aquellas maravillas con todos los amantes de la pintura contrató un aprendiz de calígrafo, alto, pálido pero de piel rosada y con los ojos verdes, y le hizo escribir la descripción de los maravillosos caballos que se aparecían ante sus ojos en la oscuridad de Dios explicándole cómo los dibujaría él si pudiera sostener un pincel con la mano. Tras la muerte del maestro, el apuesto calígrafo reunió en tres volúmenes llamados respectivamente La ilustración de caballos, El fluir de las caballos y El amor de los caballos, la historia del dibujo de aquellos trescientos tres caballos comenzando cada uno de ellos por el casco anterior izquierdo, y aquél se convirtió en un libro ampliamente estimado y buscado en los países donde en cierto momento se sintió el poder de los Ovejas Blancas, del que se hicieron multitud de nuevos manuscritos y copias, que fue aprendido de memoria por algunos ilustradores, aprendices y estudiantes y usado como libro de ejercicios, pero que fue olvidado después de que el estado de los Ovejas Blancas de Hasan el Largo fuera barrido del mapa y la manera de ilustrar de Herat dominara el país de los persas. No cabe la menor duda de que en todo esto tuvo que ver la fuerza de la razonable lógica expuesta por Kemalettin Riza el de Herat en su libro Los caballos del ciego, en el que criticaba violentamente aquellos tres volúmenes y defendía la necesidad de quemarlos: ninguno de los caballos descritos en los tres libros de Cemalettin el de Kazvin podía ser un caballo de Dios porque no eran puros, porque el anciano maestro los había descrito después de ser testigo, aunque fuera sólo una vez y por un tiempo muy breve, de una escena de batalla auténtica. Como el tesoro de Hasan el Largo de los Ovejas Blancas fue saqueado por el sultán Mehmet el Conquistador y traído a Estambul, no resulta demasiado sorprendente que de vez en cuando se vean algunas de esas trescientas tres historias en otros libros en Estambul e incluso que ciertos caballos se pinten tal y como se describe en ellas.