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En Herat y Shiraz, el hecho de que un maestro ilustrador se quedara ciego a causa del excesivo trabajo en la última etapa de su vida no sólo se consideraba un indicio de su resolución, sino que también se ensalzaba como el pago que Dios le daba al trabajo y al talento de aquel gran maestro. Por esa razón hubo una cierta época en Herat en la que se miraba con sospecha a los maestros ancianos que a pesar de haber envejecido no se habían quedado ciegos, algo que impulsó a muchos de ellos a buscar la ceguera en su senectud. Y durante aquella larga época recordada con admiración en la que algunos de ellos se cegaron a sí mismos por seguir el camino de los legendarios maestros que habían preferido la ceguera a trabajar para otro sha o a cambiar de estilo, sólo Ebu Said, nieto de Tamerlán por la rama de Miran Sha, abrió la puerta a una sorprendente novedad mostrando mayor respeto a la imitación de la ceguera que a la ceguera misma en los talleres que fundó después de conquistar Tashkent y Samarcanda. Veli el Negro, el anciano maestro que había inspirado a Ebu Said, le había explicado que, por supuesto, un ilustrador cuyos ojos no pudieran ver vería en la oscuridad los caballos de Dios, pero que el verdadero talento estaba en que un ilustrador cuyos ojos vieran pudiese observar el mundo como si fuera ciego y se lo demostró a la edad de sesenta y siete años pintando un caballo que le vino repentinamente a la brocha del pincel sin ver el papel ni pensar en él a pesar de que hasta que lo terminó estuvo mirando con los ojos completamente abiertos el papel en blanco. Y al final de aquella ceremonia pictórica, en la que, para que sirvieran de ayuda al legendario maestro, hizo que músicos sordos tocaran el laúd y que narradores mudos contaran historias, Miran Sha comparó durante largo rato el maravilloso caballo de Veli el Negro con otros que el maestro había pintado previamente y vio que no había la menor diferencia entre ellos. Para calmar la irritación de Miran Sha, el legendario maestro le explicó que el ilustrador que de veras posee talento sólo ve los caballos de una manera, tenga los ojos abiertos o cerrados, tal y como Dios los ve. Según él, cuando se trataba de un gran maestro ilustrador no había la menor diferencia entre el ciego y el que ve: la mano siempre dibujaba el mismo caballo porque por entonces no existía ese invento franco llamado estilo. Los caballos del gran maestro Veli el Negro han sido copiados durante ciento diez años por todos los ilustradores musulmanes, y, en cuanto a él, dos años después de que pasara de Samarcanda a Kazvin tras la derrota de Ebu Said y la disolución de su taller, fue cegado y luego muerto por los soldados del joven Nizam Sha acusado de intentar refutar con malas intenciones la aleya del Sagrado Corán que dice «¿Cómo pueden ser iguales el ciego y el que ve?».
Quizá le habría contado al aprendiz de calígrafo de hermosos ojos una tercera historia sobre cómo el gran maestro Behzat se cegó a sí mismo, o sobre cómo nunca quiso abandonar Herat, o sobre cómo no volvió a pintar después de que le llevaran a la fuerza a Tabriz, o sobre cómo el estilo de un ilustrador es en realidad el del taller al que está adscrito, o cualquier otra leyenda de las que le había oído al Maestro Osman, pero tenía la mente en el señor cuentista. ¿Cómo sabía yo que esa noche iba a contar la historia del Diablo?
– ¡Es el Diablo el primero que dijo «yo»! -me habría apetecido decir-Es el Diablo quien tiene un estilo, es el Diablo quien separa el Oriente del Occidente.
Cerré los ojos y representé al Diablo en el papel basto del cuentista tal y como me salía del corazón. Mientras pintaba, el cuentista y su aprendiz, los demás ilustradores y los curiosos se reían y me provocaban.
¿Creéis que tengo un estilo, o será todo a causa del vino?
47. Yo, el Diablo
Me gustan el olor del pimentón sofrito en aceite de oliva, la lluvia que cae al alba en el mar tranquilo, la aparición repentina de una mujer por una ventana abierta, los silencios, el meditar y la paciencia. Creo en mí mismo y la mayor parte de las veces no hago caso a lo que se dice de mí. Pero esta noche he venido a este café para prevenir a mis hermanos ilustradores y calígrafos a causa de ciertos cotilleos, mentiras y rumores.
Por supuesto, sé que estáis dispuestos a creer justo lo contrario simplemente porque yo lo he dicho. Pero sois lo bastante inteligentes como para intuir que lo contrario de lo que digo no siempre es cierto y lo bastante sensibles como para sentir interés por todo lo que diga aunque no os convenza: sabéis que mi nombre, que aparece cincuenta y dos veces en el Sagrado Corán, es uno de los más recordados.
Muy bien, comencemos por el libro de Dios, por el Sagrado Corán. Todo lo que se dice allí sobre mí es verdad. Quiero que se sepa que al reconocerlo lo afirmo con toda modestia. Porque también está la cuestión del estilo. Las humillaciones del Sagrado Corán siempre me han producido un enorme dolor. Dicho dolor es mi manera de vivir. No lo discuto.
Sí, Dios creó al hombre ante nuestros ojos, los de los ángeles. Luego, de repente, nos pidió que nos postráramos ante él. Y, tal y como está escrito en la azora de Los Lugares Elevados, mientras todos los demás ángeles se postraban, yo me negué. Le recordé que Adán había sido creado de barro y yo de fuego, una materia muy superior, como todos sabéis. No me postré ante el hombre. Y Dios me consideró «soberbio».
– Desciende del Paraíso -me dijo-. No te corresponde a ti presumir de grandeza aquí.
– Permíteme que viva hasta el Día del Juicio, hasta la resurrección de los muertos -le pedí.
Me lo permitió. Y yo le prometí que durante todo ese tiempo me dedicaría a apartar del buen camino a la estirpe de Adán, quien fue la causa de mi castigo por no haberme postrado ante El. Y Él me contestó que enviaría al Infierno a todos a los que yo apartara del buen camino. Sabéis que ambos seguimos cumpliendo nuestra palabra. No tengo demasiado que añadir a eso.
Algunos afirman que en aquel entonces el Altísimo Dios y yo llegamos a un acuerdo. Según dicha lógica, yo ayudo a poner a prueba a los siervos de Dios intentando tentarlos: los justos toman la decisión correcta y no se apartan del buen camino mientras que los malvados son vencidos por la carne, pecan y son enviados rápidamente al Infierno. Lo que hago es muy importante, porque si todos fueran al Paraíso nadie tendría miedo y los asuntos del mundo y el Estado no podrían seguir adelante basándose sólo en la virtud y además porque en este mundo el mal es tan necesario como el bien y el pecado lo es tanto como la piedad. Teniendo en cuenta que el orden de Dios se hace realidad gracias a mí y a Su permiso (¿por qué si no me habría concedido el vivir hasta el Día del Juicio?), el que se me tilde de malvado, el que nunca se me dé la razón, es mi dolor secreto. Los que han llevado hasta el fin, a mi modo de ver, esta lógica mía, como Hallaci Man-sur o Ahmet Gazzali, hermano del famoso imán Gazzali, han llegado a concluir en sus escritos que, puesto que se realizan con el permiso y a petición de Dios, los pecados que hago cometer son en realidad cosas que Dios quiere que ocurran, que no existen el bien y el mal ya que todo procede de Dios, e incluso que yo soy parte de Dios.
Con toda la razón, algunos de estos inconscientes fueron quemados en la hoguera junto con sus libros. Porque, por supuesto, el bien y el mal existen y el trazar entre ambos una frontera es misión de todos nosotros; yo, gracias Le sean dadas, no soy Dios y no le metí en la cabeza a esos imbéciles todas esas tonterías, las pensaron ellos solos.