– ¿Y eso… no tiene nada, nada que ver con la muerte de Malcolm Tregiere?
– Que yo sepa, no, detective.
– ¿Tregiere atendía a la chica muerta?
El trabajo de policía te hace sospechar de todo. O Rawlings era muy perspicaz, o alguien había andado hurgando en el asunto.
Yo asentí.
– La doctora Herschel era su médico. Pero mandó al doctor Tregiere a Schaumburg. Ella no podía ir.
– ¿Así que el tipejo le mató porque había dejado morir a su mujer?
– ¿Porque pensaba que Tregiere había dejado morir a su mujer? No creo. El quería dejarla cuando ella se negó a abortar. No la dejó porque dos de sus hermanos son bastante fornidos. No es un camorrista. Escupe a la gente, pero físicamente es un alfeñique.
– ¿Y qué hay de los hermanos? Suena como si se preocupasen lo bastante de la chica como para protegerla.
Pensé en Paul y en su hermano mayor, Herman. Cualquiera de los dos hubiese podido, desde luego, cargarse a un hombre de la talla de Tregiere con una sola mano, y lo que le faltaba a Diego en tamaño le sobraba en ferocidad. Pero sacudí la cabeza.
– Son gente decente. Al que hubiesen podido matar sería a Fabiano. Si no le tocaron cuando su hermana se quedó embarazada, no iban a ir a por el doctor Tregiere. Además, les caía bien.
Sabían que había hecho lo que había podido en una batalla perdida de antemano.
Rawlings dio un bufido.
– No sea ingenua, Warshawski. Hay ahora mismo en la morgue veinticinco cuerpos que personas a las que se supone que caían bien han mandado allí -se levantó-. Vamos a ir a por el señor Rodríguez, Warshawski. ¿Quiere poner una denuncia?
La idea hizo que se me revolviera un poco el estómago.
– No especialmente. No quiero añadir nada al capital de odio que tiene en contra mía. Además, sabe usted perfectamente que estará de nuevo en la calle a las veinticuatro horas.
– Mire, Warshawski. Desde luego que volverá a la calle. Y puede que piense que le debe a usted una mayor. Pero estoy harto de los canallas como él. Cuanto más le moleste yo, con mayor cuidado se andará.
Me toqué la mandíbula sin querer.
– Sí, sí. Tiene usted razón. Adelante. Agárrele. Yo iré y representaré mi papel.
Le acompañé a la puerta y el hombre de uniforme nos siguió. Rawlings se dio la vuelta en el descansillo para mirarme.
– Si me entero de que está usted ocultando información acerca de Malcolm Tregiere, voy a mandarla de culo a la cárcel por obstrucción.
– Sí, sí. Conduzca con cuidado -cerré la puerta y eché el cerrojo.
El señor Contreras sacudió la cabeza.
– Qué manera de hablarte más repugnante, cielo. Y tú has tenido que quedarte ahí sentada y tragártelo. Tenías que haber llamado a un abogado; eso es lo que tenías que haber hecho.
Yo me reí un poco, con lo que conseguí una reacción violenta de los puntos de la cara.
– No se preocupe por eso. No hubiese durado ni un minuto en la calle si me impresionasen las palabras fuertes.
Volvimos a concentrarnos en la cena, que estaba ya fría, pero aún sabrosa. El señor Contreras había asado algunos tomates frescos con la carne. Eran fáciles de masticar y tenían el suculento sabor que sólo los tomates cultivados en casa tienen hoy en día. Ya me había comido tres cuando sonó el teléfono. Lotty llamaba para ver cómo estaba. Y para recordarme que el funeral de Consuelo era al día siguiente. Y el de Victoria Charlotte.
Luego llamó Paul, y finalmente Tessa, que había tenido noticias de mi ajetreada noche a través de Lotty. Estaba mucho más simpática.
– Jesús, Vic. Si hubiera sabido que te iban a herir, no te hubiese provocado hasta tal punto. No pensaba como es debido. Tendría que haberme dado cuenta que cualquiera que hubiese matado a Malcolm a palos no se lo pensaría dos veces antes de herirte a ti.
Contesté con una dureza tipo Sam Spade que estaba lejos de sentir, contestándole que era buena señal cuando uno encuentra una reacción en la calle: significa que está uno dando en el clavo. Sonaba bien, pero no quería decir nada. Yo no sabía si los Leones habían matado a Malcolm. Y si lo habían hecho, no tenía ni idea del por qué.
Cuando Tessa colgó, le dije al señor Contreras que me encontraba un poco cansada y que quería dormir. Muy amable, lavó todos los platos y recogió los restos del bistec para su gato.
– Ahora escucha, muñeca. Puede que yo tenga cien años, pero los oídos me funcionan. Si alguien viene a por ti, los oiré y acabaré con ellos.
– Si alguien viene aquí a por mí, llama usted a la policía. Y se queda dentro de casa con el cerrojo echado.
Me miró desafiante con las cejas alzadas, dispuesto a discutir. Pero yo le lancé un decidido adiós y atranqué mis propias puertas, la de delante y la de detrás. Cualquiera puede romper cualquier puerta si se empeña, pero cuando yo me mudé instalé unas extrafuertes con buenos cerrojos. Me habían atacado en casa demasiadas veces como para tomármelo a la ligera.
X
Me quedé en la cama con la radio puesta a bajo volumen para oír el partido. Al principio oía vagamente los desmayados gritos de Harry Caray, pero cuando me relajé, el ruido se convirtió en un zumbido y caí en un sueño febril.
Estaba en el exterior de la alta valla que rodeaba el campo de atletismo de mi escuela, contemplando un partido de béisbol. Bill Buckner estaba en la tercera. Se dio la vuelta, me vio y me animó a saltar la valla para unirme a él. Yo empezaba a trepar, pero tenía la pierna izquierda paralizada. Miraba hacia abajo y veía la triste cara muda de una niña que me miraba mientras me tiraba de la pernera del pantalón. No podía desprenderme de ella sin hacerle daño y ella no soltaba mis vaqueros. La escena cambió, pero fuera a donde fuese y pasara lo que pasase, el bebé seguía colgado de mí.
Yo sabía que estaba durmiendo y deseaba desesperadamente salir de las arenas movedizas del sueño. Puede que fuese a causa de los tres whiskys o de las drogas que me habían dado en el hospital, pero yo no podía despertarme. Un teléfono que sonaba entró a formar parte de una pesadilla en la que huía de unos guardias de las SS, con el bebé colgando de mi camisa y sollozando. Finalmente conseguí salir del sueño y busqué a tientas con un brazo de plomo el auricular.
– Ho… la -dije pesadamente.
– ¿Señorita Warshawski?
Era una voz de tenor que me resultaba familiar. Luché para enderezarme y aclarar mi garganta.
– Sí. ¿Quién es?
– Peter Burgoyne, del hospital Friendship, en Schaumburg. ¿La llamo en un mal momento?
– No, no. Estaba durmiendo. Quería despertarme. Espere un momento.
Me puse de pie lentamente y fui al cuarto de baño. Me quité la ropa, que no me había cambiado desde que volví del hospital, y me metí bajo una ducha fría, dejando que el agua cayese por mi pelo y sobre mi rostro dolorido. Sabía que Burgoyne estaba esperando, pero me tomé un minuto más para lavarme la cabeza. El pelo limpio es la clave para tener la mente despierta.
Me envolví en un gran albornoz de felpa y volví con un simulacro de energía al dormitorio. Burgoyne seguía pegado al otro extremo del hilo.
– Perdone que le haya hecho esperar. Tuve un accidente anoche. Estaba durmiendo a causa de las drogas que me dieron en el hospital.
– ¡Un accidente! ¿De coche? Supongo que no estará usted seriamente herida, ¿verdad? Si no, no estaría usted en casa.
– No, sólo me corté la cara un poco. El aspecto es espantoso, pero no es mortal.
– Bueno, tal vez sea mejor que llame en otra ocasión -dijo dudando.
– No, no, está bien. ¿Qué ocurre?
Cuando vio la muerte de Malcolm en el periódico se había quedado destrozado.