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– ¡Qué impresión para usted después de la muerte de la chica y de su hija! Y ahora ha tenido usted un accidente, además. ¡Cuánto lo siento!

– Gracias. Ha sido muy amable en llamar.

– Mire… Quería ir al funeral de la joven. Tal vez no debería, pero el no haber podido salvarla me deprimió mucho.

– Es mañana -dije-. En el Santo Sepulcro, entre Kennedy y Fullerton. A la una.

– Ya lo sé. Pregunté a la familia. La cosa es que no me parece bien ir solo. Me preguntaba…, bueno… ¿va a ir usted?

Yo apreté los dientes.

– Sí, claro, iré con usted -dije sin entusiasmo-. ¿Quiere que quedemos en la iglesia o viene usted a mi apartamento?

– ¿Está segura de que le parece bien? No parece que quiera usted ir.

– No quiero ir. Y es usted la tercera persona que me llama hoy para recordármelo. Pero iré, así que si quiere usted una barricada creo que puedo proporcionársela.

Quedó en venir a mi apartamento a las doce y media. Sería más fácil que tratar de encontrarnos entre el gentío de familiares, monjas y compañeras de colegio que llenarían la iglesia. Le di la dirección y colgué.

Me preguntaba si Burgoyne habría perdido a muchos pacientes. Si así era, debía pasarse la vida destrozado. Quizás el nivel de vida relativamente alto de las afueras del noroeste le impedía tener que vérselas con muchos casos de mujeres con partos de alto riesgo en su bonito centro de cuidados neonatales. Tal vez Consuelo fuese la primera adolescente embarazada a la que había tenido que atender desde que salió de Chicago. O tal vez no la había atendido a tiempo porque pensó que era una mexicana indigente.

Llamé a Lotty para decirle que no iría al funeral con ella y volví a la cama. Esta vez dormí profundamente y sin sueños y me desperté a la mañana siguiente, un poco después de las cinco.

Me puse unos pantalones cortos y un suéter y caminé las dos millas que me separaban del muelle para ver salir el sol sobre el lago. El pescador -o un pescador cualquiera- estaba allí otra vez, ondulando la superficie pizarrosa del agua. Me pregunté si habría pescado algo, pero no quise destruir aquella belleza de paisaje holandés hablándole. De camino a casa intenté correr a lo largo de varias manzanas, pero el movimiento me sacudía la cara de manera desagradable. Tendría que concederme unos cuantos días más.

El señor Contreras abrió su puerta cuando entré en el vestíbulo.

– Me estaba asegurando de que fuese alguien de la casa, muñeca. ¿Te sientes mejor hoy?

– Mucho mejor, gracias.

Subí las escaleras. La mañana no es mi hora favorita. Ésta era la primera vez aquel verano que estaba en la calle para ver la salida del sol y no estaba de humor para charlas.

Me dirigí a una pequeña caja fuerte que había colocado en la pared del armario de la entrada y saqué mi revólver. No suelo llevarlo, pero si Rawlings atrapaba a Sergio y yo ponía la denuncia, puede que lo necesitara. Limpié cuidadosamente el Smith & Wesson y lo cargué. Con el cargador puesto, pesaba unas dos libras, un peso muy incómodo si no se está acostumbrado a él. Me lo metí en los tirantes y me pasé un rato haciendo prácticas de sacarlo y quitar el seguro rápidamente. Debería ir regularmente a un campo de tiro, pero ése es uno de los mil propósitos que me hago y que no consigo nunca poner en práctica.

Tras estar practicando un cuarto de hora, más o menos, dejé el revólver y me fui a la cocina. El yogur con arándanos entraba fácilmente, así que me tomé dos cuencos con el Herald Star de la mañana. Gooden había eliminado a los Cubs en el primer juego, pero gracias al buen brazo de Scot Sanderson, los chicos habían conseguido rehacerse y marcar siete a dos en el segundo.

Puse el cuenco en el fregadero. Gracias a los esfuerzos del señor Contreras era el único cacharro sucio que quedaba en casa. Tal vez debería invitarle a cenar todos los domingos.

Eché un vistazo a la sala de estar. Un completo desorden. Pero estaba lista si me iba a poner a ordenar la casa sólo porque Burgoyne se había invitado a sí mismo al funeral de Consuelo. Por la misma regla de tres, dejé la cama sin hacer y añadí mis pantalones cortos y mi suéter al montón de ropa acumulada en una silla.

Fui al cuarto de baño a ver cómo iban los daños. Los moratones de la cara iban virando al verde y al amarillo. Al apretar la lengua contra la herida, los puntos tiraban, pero la herida no se abría. El doctor Pirwitz tenía razón: se me iba a curar rápido. Me pareció que el maquillaje no haría más que acentuar los horrores de la carne; limité mis cuidados personales a lavarme bien y a cubrir la herida con las tiritas que me habían dado en Beth Israel.

Para ir al funeral me puse un traje azul marino cuya chaqueta era lo bastante larga como para cubrir el revólver. La mezcla de lino y rayón aguantaría bien, aunque no fuese ideal para el calor. Con una blusa de lino blanco, medias brillantes azul marino y zapatos negros bajos, parecía una aspirante a colegio de monjas.

Cuando llegó Burgoyne, un poco antes de las doce y media, le abrí la puerta de abajo con el portero automático, y luego salí a la escalera a ver qué hacía el señor Contreras. Estaba segura de que iba a aparecer en seguida en escena. Me reí un poco por dentro al comprobar mi indiscreción.

– Perdone, joven, ¿a dónde va usted?

Burgoyne dijo perplejo:

– Voy a visitar a uno de los inquilinos del tercer piso.

– ¿Warshawski o Cummings?

– ¿Por qué quiere saberlo? -Burgoyne utilizaba la voz de médico-hablando-con-un-paciente-histérico.

– Tengo mis razones, joven. Bueno, no quiero tener que llamar a la policía, así que, ¿a quién va a ver?

Antes de que el señor Contreras le pidiese el carné, me asomé y dije que lo conocía.

– Muy bien, muñeca -oí la voz del señor Contreras desde abajo-. Sólo quería asegurarme de que no era amigo de los amigos que tú no quieres ver; ya me entiendes.

Le di las gracias muy seria y esperé en la puerta a que llegara Burgoyne. El subió deprisa las escaleras y llegó arriba sin perder el aliento. Llevaba un traje de verano azul marino, el pelo oscuro lavado y peinado, y parecía más joven y más alegre que en el hospital.

– ¡Hola! -dijo-. Me alegro de volver a verla… ¿Quién es ese señor?

– Un vecino. Un buen amigo. Se siente protector, pero tiene buena intención. No se preocupe.

– No, no; no me preocupa. ¿Está lista? ¿Quiere que vayamos en mi coche?

– Espere un segundo -fui a coger un sombrero. No por escrúpulos religiosos. Me estaba tomando muy en serio la cuestión de evitar que me diera el sol.

– Vaya corte que se ha hecho usted -Burgoyne me miró la cara de cerca-. Parece que se hubiese golpeado con un trozo de cristal. Creía que hoy día los parabrisas ya no se rompían en trozos.

– Me corté con un trozo de metal -expliqué, cerrando la puerta con doble vuelta.

Burgoyne llevaba un Nissan Maxima del 86. El coche estaba muy bien equipado, con asientos de cuero, salpicadero de cuero, controles individuales para cada asiento y, naturalmente, un teléfono. Me arrellané en el asiento. No se oía ningún ruido de la ciudad y el aire acondicionado, que mantenía el coche a veinte grados, era silencioso. Si me hubiese metido en la abogacía privada y hubiese mantenido la boca cerrada cuando debiera, podría tener un coche como éste. Pero entonces no hubiese conocido a Sergio ni a Fabiano. No se puede tener todo en esta vida.

– ¿Cómo ha podido tomarse un lunes por la tarde libre para ir a un funeral? -pregunté por preguntar.

Sonrió brevemente.

– Estoy encargado del departamento de obstetricia en Friendship. Simplemente le dije a mi gente que iba a salir.

Me dejó impresionada y se lo dije.