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Burgoyne escuchaba la conversación con gesto confundido. Antes de que pudiese preguntarme acerca de aquellas personas desconocidas, la monja dejó finalmente libre a la señora Alvarado, que se dirigió con dignidad estática hacia la limusina que la esperaba. Burgoyne le estrechó la mano, le dijo una vez más lo mucho que lo sentía y la ayudó a subir al coche. Paul y Diego me estrecharon la mano afectuosamente y se unieron a su madre. Herman, Carol y la tercera hermana, Alicia, les siguieron en un segundo coche. Un grupo de parientes cercanos ocupaban cuatro limusinas más; era casi una procesión. Burgoyne y yo miramos cómo se alejaban calle abajo antes de volver al Maxima.

– ¿Se siente mejor ahora? -le pregunté sarcástica.

– La señora Alvarado se comporta de manera muy serena para ser una madre desconsolada -contestó muy serio, dirigiéndose hacia Fullerton-. Eso hace que resulte mucho más fácil hablar con ella.

– ¿Esperaba usted un despliegue frenético de emociones latinas? Es una mujer llena de dignidad.

– ¿Eran sus hijos ésos que estaban hablando con usted? Me preguntaba si… Tal vez no sea asunto mío, pero ¿la ha atacado alguien? Pensé que se había cortado usted en un accidente de coche.

Yo le sonreí.

– Tiene usted razón. No es asunto suyo. Un antiguo cliente mío pensó que teníamos una deuda pendiente y me persiguió con un cuchillo. No tiene nada que ver con Consuelo, así que no se moleste en llorar por mí también.

El se quedó desconcertado.

– ¿Eso es lo que piensa? ¿Que estoy dramatizando con la muerte de un paciente? Puede ser. Pero es el primer paciente obstétrico que muere desde que estoy en Friendship. Puede que me acostumbre, pero todavía no lo he hecho. -Giró por Belmont.

Seguimos en silencio durante unas cuantas manzanas más. Yo me sentía un poco incómoda a causa de su comentario y él rumiando quizá la muerte de Consuelo. En Ashland Avenue, el tráfico se complicó de repente. Los Cubs jugaban a última hora y sus fans llenaban las calles.

– Dígame cómo murió -pregunté-. Me refiero a Consuelo.

– De un ataque al corazón. Su corazón se detuvo sin más. Yo estaba en casa. Me llamaron, pero cuando llegué ya estaba muerta. La doctora Herschel llegó a los cinco minutos de irme yo. Vivo a cinco minutos del hospital.

– ¿No hubo autopsia?

Contrajo el gesto.

– Bueno, sí. Y el condado está implicado y pide un informe. Y el estado, supongo, aunque aún no tengo noticias. Podría contarle todos los detalles pesados, pero en realidad todo se reduce a que su corazón dejó de latir. Verdaderamente preocupante, tratándose de una chica tan joven. No lo entiendo. Quizá la diabetes que padecía…

Negó con la cabeza y condujo por Racine. Cuando llegamos a mi apartamento jugó con el volante durante un minuto para acabar diciendo:

– No nos hemos conocido en las circunstancias ideales, pero me gustaría conocerla algo mejor. ¿Podríamos cenar alguna vez? ¿Esta noche, quizá? Tengo el resto de la tarde libre. Tengo que hacer un recado rápido en la Circunvalación, pero podría recogerla hacia las seis y media.

– Desde luego -dije con ligereza-. Muy bien.

Saqué las piernas del coche con cuidado para no hacerme una carrera en las medias y entré en casa. El señor Contreras no apareció. Supuse que estaba fuera, con sus tomates. Muy bien. Aprovecharía algunos minutos de silencio. Una vez arriba, saqué el revólver, lo puse con cuidado sobre el aparador y me quité la ropa hasta quedarme en ropa interior. Aunque el traje era de tela ligera y veraniega, entre él y la automática me había acalorado muchísimo y acabé el funeral empapada.

Me acosté en el suelo de la sala de estar durante un rato, mirando el principio del partido e intentando decidir cuál sería el siguiente paso a dar en lo referente a la muerte de Malcolm. Desde que dejé a Sergio la noche del sábado, mi cabeza había estado muy confusa: primero por el dolor y la humillación, después, por las pastillas. Aquella era la primera ocasión en que podía pensar en la situación tranquilamente.

Sergio era un psicópata encantador. A los dieciocho años, cuando yo le defendí, había contado las mayores mentiras de modo que parecían perfectamente verosímiles. Si no hubiese tenido el bien documentado informe de la policía, no estoy segura de que me hubiese dado cuenta nunca de aquello a tiempo para conseguir que en el tribunal no le hiciesen pedazos. De hecho, cuando le interrogué se puso furioso. Tergiversaba las historias, no siempre para mejor, y pasó cierto tiempo antes de que consiguiéramos algo que resistiese al más mínimo análisis.

Desde luego, podía haber matado a Malcolm sin que se le moviese un pelo de la cabeza y haberme mentido después con una sonrisa en los labios. O haber ordenado a alguien que lo matase, como seguramente hacía ahora. Pero la única razón que tenía para ello era que Fabiano se lo hubiese pedido.

Pero Fabiano, aunque era un llorica y un cobarde, no tenía el perfil psicótico de Sergio. Y en cualquier caso, Fabiano no estaba en tan buenos términos con los Leones. No podía imaginarme a Sergio cometiendo un crimen a petición suya; más bien le veía mofándose de Fabiano y humillándolo. Tenía la sensación de que Fabiano sabía algo de la muerte de Malcolm. Pero no creía que estuviera directamente implicado. Tal vez la paliza que le habían dado le hubiese ablandado un poco. Tendría que volver a intentar hablar con él.

Me puse de pie y eché un vistazo a la televisión. Los Cubs arrastraban un cuatro a cero. Parecía un buen día para andar investigando por ahí en lugar de quedarse sentado en las gradas. Apagué el televisor, me puse unos vaqueros y una camiseta de algodón amarillo, me metí el revólver en un bolso de bandolera y me marché. Una ojeada por la ventana de la cocina me permitió ver al señor Contreras en estrecha comunión con sus plantas. No les interrumpí.

El estudio de Tessa Reynolds se encontraba en la zona de la ciudad conocida como Ukrainian Village. No muy lejos de Humboldt Park; es un vecindario de trabajadores que se va reconvirtiendo en barrio de artistas. Tessa se había comprado un edificio de tres pisos con un préstamo municipal cuando la zona empezó a recuperarse. Había arreglado el sitio con un cuidado escrupuloso. Los dos pisos de arriba los alquilaba a artistas y estudiantes. En el piso de abajo estaban su estudio y su vivienda.

El lugar donde trabajaba ocupaba la mayor parte del piso. Había derribado los muros que daban al sur y al oeste y los había reemplazado por láminas de cristal a prueba de balas. Aquel proyecto le había costado dos años, y la había dejado muy endeudada con sus amigos diseñadores y constructores que se habían hecho cargo de la instalación eléctrica y de fontanería. Pero el resultado fue un amplio y luminoso estudio muy apropiado para las grandes piezas de metal en que consistía su producción primordial. Los cristales se deslizaban permitiéndole sacar los trabajos terminados con una grúa instalada arriba. Los compradores metían sus camionetas en el callejón frente al que se encontraba su patio.

Aparqué el coche frente al edificio y bordeé la pared de ladrillo hasta llegar a la parte de atrás. Entré sin llamar. Tal como había pensado, Tessa estaba en su estudio, con las ventanas de cristal abiertas para dejar entrar el aire del verano. Me quedé un momento en la entrada: su concentración era tan intensa que no me atrevía a interrumpir. Llevaba una escoba en la mano, pero estaba mirando al infinito. Un chal con estampado africano le cubría el pelo, acentuando sus altos pómulos de princesa Ashanti. Al fin me vio, dejó caer la escoba y me dijo que entrara.

– Estos días no soy capaz de trabajar, así que pensé que podría aprovechar el tiempo haciendo limpieza. Y cuando estaba a la mitad del barrido, se me ocurrió una idea. Voy a hacer unos bocetos mientras lo tenga todavía en la cabeza. Sírvete tú misma un zumo o café.