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Se acercó a una mesa de dibujo que había en un rincón y se puso a dibujar con carboncillo durante unos minutos. Yo di unas vueltas por allí mirando los bronces, las barras de hierro y las hojas, los sopletes y las limas, y algunas obras terminadas. Una era una escultura de bronce de cinco metros cuyos bordes dentados producían una impresión de gran energía.

– Es para un banco -comentó Tessa brevemente-. Se llama «Economía en acción».

Acabó sus bocetos y se me acercó. Tessa me saca unos cinco o seis centímetros. Me agarró de los hombros y me miró la cara. Empezaba a sentirme como si tuviese que vender entradas para el espectáculo.

– Te han puesto buena, chica. ¿Les dejaste tú señales?

– No, por desgracia. Algunas magulladuras, pero nada serio… ¿Podemos hablar de Malcolm? Tengo la sensación de que uno de los tipejos que me atacó sabe más de lo que quiere reconocer, pero antes de volver a apretarle las tuercas me gustaría conseguir algo más de información.

Ella frunció los labios.

– ¿Como qué?

– Su madre le trajo a Chicago cuando él tenía nueve años, ¿verdad? ¿Sabes si tuvo algo que ver con bandas callejeras cuando era más joven?

Sus ojos brillaron peligrosamente.

– No irás a ponerte en plan policía, ¿verdad? Lo de que uno acaba siempre pagando sus culpas…

– Mira, Tessa. Entre Lotty y tú estáis acabando con la provisión de paciencia que tenía, que no era mucha, además. Las dos queréis que investigue la muerte de Malcolm. Y luego me dais sermones acerca de cómo tengo que actuar. Si Malcolm andaba con bandas cuando era un chico, es posible que el pasado se tomase la revancha. Si no, elimino ese terreno de investigación agotador y desagradable y me concentro en el presente. ¿Vale?

Ella siguió mirándome enfadada. Tessa odia perder.

– Menos mal que el detective Rawlings no te está viendo ahora. Cree que eres lo bastante fuerte como para matar a alguien de una paliza, y si viese la mirada que tienes, pensaría que eres perfectamente capaz -le dije.

Eso le hizo sonreír sin muchas ganas.

– Bueno, vale, Vic. Hazlo a tu manera.

Me llevó hasta la esquina en donde estaba su mesa de dibujo, junto a la que había un par de taburetes en los que nos encaramamos.

– Conocía a Malcolm desde hace doce años. Los dos éramos estudiantes en el Círculo, yo de arte, él de ciencias. Siempre le gustaron las mujeres altas, siendo él poca cosa. Así que, entre unas cosas y otras, le conocía muy bien.

»Su madre era una señora. Hay quien dice que era bruja. Dicen que su fantasma se anda paseando por ahí, ahora que ha muerto. Ella no quería que Malcolm se mezclase con malos chicos, y te puedo asegurar que él hizo lo que ella le decía. Toda la manzana hacía lo que ella decía. Si una señora es capaz de meterse en tus interioridades, haces lo que ella quiera. Así que puedes estar segura de que no se mezcló con bandas.

– Me gustaría haberla conocido cuando yo trabajaba para el condado -sonreí apreciativamente-. El día en que le mataron, tú pasaste por allí para verle. ¿Te estaba esperando?

Ella alzó las cejas, endureció el rostro y luego decidió no enfadarse.

– Sí. Con un chaval con el horario de Malcolm no podía una dejarse caer por las buenas a ver si estaba en casa.

– ¿Así que hablaste con él aquel día? ¿Dijo algo que pudiera hacerte pensar que esperaba a alguien más?

Sacudió la cabeza.

– No hablé con él. Llamé al hospital, y allí me dijeron que estaba en casa. Así que llamé allí y hablé con el contestador. Lo ponía cuando estaba durmiendo. Siempre decía la hora a la que contestaría la llamada, y así nos poníamos de acuerdo: que a esa hora estaría en casa. Por eso sabía que podía ir a verle.

– Así que cualquiera que hubiese llamado habría recibido el mensaje y sabría a qué hora estaría en casa.

Asintió.

– Pero, Vic… si alguien hubiese dejado el mensaje en la máquina: oye, Malcolm, voy a ir a romperte los sesos, sabemos quién lo hizo.

– ¿Sabemos? Habla por ti. Yo no lo sé.

Recorrió mi cara con un dedo fuerte.

– ¿Por qué demonios te cortó, nena? Le estabas preguntando algo acerca de Malcolm, ¿verdad?

– Tessa, ahí es donde empezamos. Si Sergio mató a Malcolm, tiene que haber tenido una razón. Y por lo que me acabas de contar, no tenía ninguna. Malcolm no se había mezclado con bandas y Sergio no lo conocía de otros tiempos.

Se encogió de hombros impaciente.

– Puede que no tuviera una razón. Puede que entrase y se encontrase con que Malcolm estaba en casa. O pensó que podía tener morfina. La parte alta de la ciudad no es un sitio muy selecto, Vic. La gente te conoce. Sabían que Malcolm era médico.

Al final, mi temperamento explotó.

– Yo no tengo conexiones con el vudú. No puedo perseguir a un chaval porque tú intuyas que ha hecho algo.

Tessa me lanzó su mirada de reina Ashanti, arrogante y amenazadora.

– ¿Qué vas a hacer entonces? ¿Gemir y llorar?

– Estoy haciendo lo que puedo. Que es hablar con la policía. Conseguir que persigan a Sergio por asalto. Pero no tenemos ni asomo de pruebas de que se acercase a Malcolm. Y en el fondo de mi corazón, no estoy convencida de que lo hiciera.

Los ojos de Tessa resplandecieron de nuevo.

– ¿Así que vas a quedarte ahí sentada de culo? Me avergüenzo de ti, Vic. Pensé que tenías más coraje, no que eras una mierda.

Se me subió la sangre a la cabeza.

– Me cago en todo, Tessa. ¿Una mierda? Me la he jugado el sábado por la noche. Te estoy hablando con treinta puntos en la cara y tú me insultas. No soy Sylvester Stallone. No puedo cargarme a un montón de gente disparando antes y preguntando después. ¡Cristo!

Me bajé del taburete y fui hacia la puerta.

– Vic.

La voz de Tessa, suave y tentadora, me detuvo. Me volví hacia ella, aún furiosa. Me brillaban las lágrimas en la cara.

– Vic, lo siento. De verdad. Estoy desquiciada con lo de Malcolm. No sé por qué pensé que gritándote iba a resucitarle.

Fui hasta ella y la rodeé con mis brazos.

– Sí, sí, nena.

Nos abrazamos durante un rato sin hablar.

– Tessa, de verdad, quiero hacer lo que pueda acerca de la muerte de Malcolm. Pero es jodidamente difícil. Si pudiera oír su contestador, si está todavía por ahí, quizá supiéramos si alguien le estaba amenazando. ¿Quién tiene sus cosas?

Ella sacudió la cabeza.

– Creo que todo sigue en su apartamento. Lotty debe tener las llaves. Malcolm la nombró su albacea, el pariente más próximo, o lo que sea -sonrió levemente-. Seguramente, era lo más parecido a una bruja que encontró cuando murió su madre. Siempre me pregunté si era esto lo que le había acercado a ella.

– No me sorprendería -me solté suavemente-. Tengo una cita con un médico rico esta noche. El tipo que atendió a Consuelo junto con Malcolm la semana pasada en las afueras.

Sus ojos se estrecharon en una compungida sonrisa.

– Vale, Vic. Lo estás haciendo muy bien -dudó, y luego dijo muy seria-. Ten cuidado con esos chicos, V. I. Sólo tienes una cara, ¿sabes?

XII

Llamada a domicilio

Burgoyne me llevó a un pequeño restaurante español que solía frecuentar en sus días de estudiante. El efusivo dueño y su mujer le saludaron como a un hijo perdido hacía tiempo: «Hace tanto que no le veíamos, señor Burgoyne. Pensamos que se habría mudado.» Nos escogieron un menú cuya cariñosa presentación disimuló las deficiencias en el sabor. Cuando llegaron el café y el coñac español se retiraron finalmente a atender a otros clientes y nos dejaron hablar un poco.