Saqué dos de los vasos rojos venecianos de mi madre y eché coñac en ellos. Nos los llevamos con nosotros al dormitorio, donde tiré descuidadamente todo lo que había sobre la cama encima de una silla, y nos echamos en las sábanas arrugadas. Burgoyne era demasiado caballeroso, o estaba demasiado inflamado por mis encantos manifiestos para comentar algo acerca del caos.
Bebimos y nos besamos, pero yo tenía la mente medio puesta en los vasos. Había sido un error sacarlos. Finalmente, cogí el de Peter y lo puse cuidadosamente debajo de la cama junto al mío.
– Es lo único que me dejó mi madre -expliqué-. Se los trajo en la maleta de contrabando de Italia; la única maleta que pudo llevarse cuando se fue, y no puedo pensar en otra cosa si estoy pendiente de ellos.
– Menos mal -murmuró junto a mi cuello-. Yo no puedo pensar en dos cosas a la vez, de todas formas.
Durante la hora siguiente, me demostró el valor que puede tener un buen conocimiento de la anatomía en las manos adecuadas. Mi experiencia como detective también se reveló útil.
Nos dormimos en el calor húmedo. El buscapersonas de Burgoyne me despertó sobresaltada a las tres: una paciente se había puesto de parto, pero su compañero la atendía. A las seis, su reloj despertador sonó con urgencia; incluso un médico de las afueras tiene que ir temprano al trabajo. Me desperté lo suficiente como para cerrar la puerta tras él, y volví a la cama.
A las nueve me volví a despertar, hice algunos ejercicios para mantenerme en forma mientras me cicatrizaba la cara, y me vestí para el trabajo: vaqueros, zapatos oxford, camisa suelta y revólver. Me puse pomada en la cara, me coloqué un sombrero de paja de ala ancha y salí a recibir al nuevo día. Antes de ir a perseguir a Fabiano me dirigí a la clínica de Lotty a recoger la llave del apartamento de Malcolm.
XIII
Lotty trabaja junto a un almacén en Damen Avenue. Damen recorre casi toda la ciudad a lo largo, y recorrerla es como recorrer el corazón de la identidad de Chicago, a través de comunidades étnicas claramente separadas -los lituanos de los negros, los negros de los hispanos, los hispanos de los polacos- a medida que se va hacia el norte. La clínica de Lotty se encuentra en una zona pobre de la larga avenida, con una mezcla de casas y tiendas pequeñas, todas al borde de la desintegración. La mayoría de la gente que vive allí está retirada y mantiene sus deteriorados bungalows gracias a la Seguridad Social. Es una zona tranquila, sin mucha delincuencia, y generalmente llena de sitios para aparcar. Pero aquel día no era así.
Había un coche de la policía bloqueando el cruce por el que yo quería torcer a la derecha, con las luces centelleando. Más allá pude ver a una multitud por la calle y las aceras. Una unidad móvil de la televisión estaba en medio del gentío; no había otros coches. Me pregunté si se estaría celebrando a algún santo local con una procesión; quizá Lotty ni siquiera hubiese abierto la clínica.
Me asomé a la ventanilla del coche para preguntar al hombre uniformado del coche de policía:
– ¿Qué pasa ahí?
Con la parquedad habitual de la policía, el conductor me contestó:
– La calle está cerrada, señora. Tiene que ir por Seeley.
Acabé aparcando cuatro manzanas más allá y encontré una cabina en una esquina cuando volvía sobre mis pasos. Llamé primero al apartamento de Lotty, convencida de que no habría ido a la clínica. Pero no contestó nadie, y llamé a su oficina. Comunicaba.
Llegué al edificio desde el sur. Allí la multitud no era tan numerosa, aunque había otro coche de policía en el extremo de la manzana. Se oían gritos procedentes de un megáfono, y cánticos confusos. El ruido me resultaba familiar desde mis días de protesta estudiantil, años atrás: una manifestación. Me di cuenta preocupada de que cuanto más me acercaba a la clínica, más gente había.
Era evidente que no iba a poder acercarme a la puerta principal sin pelearme con la gente, así que atravesé un terreno hasta llegar al callejón y me dirigí a la puerta trasera. El gentío de la parte delantera, pendiente de las cámaras, no había llegado aún hasta allí. Tuve que llamar y gritar mucho hasta que me abrieron, pero la señora Coltrain, la recepcionista de Lotty, vino finalmente a abrirme. Abrió cautelosa la puerta con la cadena. Se le iluminó la cara al verme.
– Nunca me había alegrado tanto de verla, señorita Warshawski. La doctora Herschel está ocupada y la policía no sirve de ninguna ayuda. En absoluto. Si no los conociese, pensaría que están compinchados con los manifestantes.
– ¿Qué es lo que pasa? -entré y le ayudé a poner la cadena otra vez.
– Están ahí fuera gritando barbaridades. Que la doctora Herschel es una asesina, que vamos a ir todos al infierno. Y, pobre Carol, que acaba de volver del funeral de su hermana.
Fruncí las cejas.
– ¿Antiabortistas?
Asintió preocupada.
– He tenido seis hijos y lo volvería a hacer. Pero mi marido se gana bien la vida; podemos permitirnos alimentarlos a todos. Algunas de las mujeres que vienen aquí no son más que crías. Nadie les da de comer a ellas, y menos al niño. ¿Así que soy una asesina?
Le palmeé el brazo solidaria.
– No es usted una asesina. Ya sé que a usted no le gusta la idea de tener que practicar abortos, y la admiro por seguir junto a Lotty, aunque ella sí los practique. Y defendiéndola, además…
¿Quiénes son ésos? ¿El Foro de las Aguilas, los de IckPiff, o quién?
– No le sé decir. Una pobre chica vino esta mañana a las ocho, y ya estaban ahí esperando. No sé cómo averiguaron quién era, pero en cuanto llegó, empezaron a gritar.
La parte trasera de la clínica se usaba como almacén, todo muy ordenado y estéril. Seguí a la señora Coltrain hasta la parte delantera. Allí se oían mucho mejor los gritos, y se distinguían frases.
– ¡No os importa si mueren los niños! ¡Libertad de elección, qué mentira!
– ¡Asesinos, nazis!
Alguien, probablemente la señora Coltrain, había bajado las persianas de la parte delantera. Separé un poco dos tablillas para poder mirar.
Delante de la clínica, sujetando el megáfono, había un hombre delgado, con aspecto de hipertiroideo. Tenía la cara enrojecida por el ardor de sus sentimientos. No lo había visto nunca antes, pero su foto había salido en los periódicos y en la televisión numerosas veces: Dieter Monkfish, líder de IckPiff -el Comité de Illinois para la Protección del Feto-. Entre sus seguidores había un cierto número de universitarios, todos fervientemente comprometidos a llevar sus propios embarazos a término, y una serie de mujeres de mediana edad cuyos rostros parecían decir: la maternidad me amargó la vida, así que a todo el mundo le tiene que pasar lo mismo.
Lotty se me acercó por detrás y repitió el saludo de la señora Coltrain.
– Nunca me había alegrado tanto de verte, Vic. ¡Qué gentío! Una o dos veces había venido gente a tirar panfletos, pero nunca algo semejante. ¿Cómo te enteraste?
Sus anchas cejas se unieron sobre la nariz prominente.
– Esta mañana practiqué un aborto terapéutico, pero hago tres o cuatro al mes. Y esta vez no era ningún caso especial. Una chica de dieciocho años con un niño, intentando organizar un poco su vida. En el primer trimestre, claro. No puedo hacer otra cosa en la clínica.
»De verdad, Vic, estoy asustada. Una noche, en Viena, una multitud de nazis se arremolinaron frente a nuestra casa. Tenían el mismo aspecto que éstos: animales rebosantes de odio. Rompieron todas las ventanas. Mis padres, mi hermano y yo nos escapamos por el jardín y nos escondimos en casa de un vecino, y vimos cómo quemaban la casa hasta los cimientos. Nunca hubiese esperado volver a sentir el mismo miedo en América.