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La sujeté por el hombro.

– Voy a llamar al teniente Mallory. Puede que mande algunos policías más dispuestos que los que tienes aquí. ¿Y tus pacientes?

– La señora Coltrain ha llamado para anular las citas. Seguramente, estos matones no volverán mañana. Estamos mandando las urgencias a Beth Israel. Pero ha habido dos mujeres que se han abierto paso entre la multitud con sus hijos, y no creo que pueda cerrar. No puedo dejar que se metan con mis pacientes y no estar aquí para ayudarles.

»Además, seguimos teniendo aquí a la joven que parece haber sido la causa de todo esto. Se encuentra bien, pero todavía está débil. No puede salir y atravesar esa horda de animales. Y la policía… la policía no hace más que quedarse ahí sentada. Dicen que no hay ningún problema, que no hay disturbios. Claro, el vecindario piensa que es mejor que en el circo.

Carol salió de la sala de espera. Había perdido peso desde la última vez que se había puesto el uniforme; le quedaba flojo en las caderas y en el pecho.

– Hola, Vic. Manifestantes enviados por Dios para mantenernos apartados de nuestros propios problemas. ¿Qué te parece?

– De momento no hacen más que hostigar, actuar ante las cámaras de televisión. ¿Recibisteis algún aviso de que iba a ocurrir esto? ¿Cartas anónimas? ¿Llamadas?

Lotty sacudió la cabeza.

– Dieter Monkfish ha venido por aquí un par de veces tirando panfletos, pero como la mayoría de la gente que viene por aquí son mujeres cargadas de hijos, hasta él se ha sentido un poco tonto sermoneando acerca de lo sagrado de la vida. Gentes bienintencionadas nos mandan anónimos todos los meses, pero no bombas ni cosas así. Como no es en realidad una clínica de abortos, no atrae mucho la atención.

Fui hacia la zona de recepción para usar el teléfono. Todas las luces de la consola estaban encendidas. La señora Coltrain se apresuró a ayudarme a conseguir línea.

– Descolgué todos los teléfonos porque nos inundaron con llamadas molestas. La mayoría obscenas. Espero que nadie esté intentando llamarnos por una emergencia.

Marqué el número de la comisaría de policía de la calle Once y pregunté por el teniente Mallory. Tras una larga serie de clics y esperas, se puso Bobby.

Le pregunté amablemente por Eileen, sus seis hijos y sus cinco nietos, y le expliqué dónde estaba.

– Están espantando a los clientes de la clínica, y la policía del barrio no tiene más que dos coches vigilando la calle. ¿Podrías hacer que viniese alguien a llevarse a toda esta gente de la puerta?

– No puedo, Vicky. No es mi territorio. Es algo que se tiene que decidir localmente. Ya deberías saber que no se puede llamar a la policía para que te quite de encima a unos cuantos alborotadores.

– Bobby, cariño, teniente Mallory. No te estoy pidiendo que eches a un alborotador. Te estoy pidiendo protección para un contribuyente cuyos pacientes son amenazados con daños físicos si intentan entrar en su oficina.

– ¿Has visto tú que amenazasen a alguien?

– De momento, los manifestantes dominan la situación de tal modo que nadie puede acercarse a la clínica lo bastante como para que le amenacen.

– Lo siento, Vicky, pero a mí no me parece un problema serio. Y aunque lo fuera, tendrías que llamar a la policía del distrito. Si intentan asesinar a alguien, iré.

Supuse que eso era su idea de una broma. Si es algo que afecta a mujeres y niños, no puede ser serio. Furiosa, intenté hablar con el detective Rawlings.

Soltó una risita sarcástica cuando le largué mi discurso.

– Nos presta usted ayuda a regañadientes en un caso de asesinato y luego quiere que vayamos corriendo cuando tiene usted problemas. Típico, señorita W., típico. Los ciudadanos no quieren ayudarnos, pero chillan y gritan al menor asomo de peligro: «¿dónde está la policía?»

– Ahórreme el sermón, detective. Si no recuerdo mal, accedí a presentar cargos contra su amigo Sergio en contra del más elemental sentido común. ¿Le cogió ya?

– Seguimos buscando -admitió-. Pero no ha debido irse muy lejos. Alguien me ha dicho que ese gamberro de Fabiano está hecho unos zorros. ¿Sabe algo de eso?

– Por lo que he oído, iba conduciendo demasiado rápido y se metió por la ventanilla de su Eldorado. Al menos, eso es lo que me contaron ayer en el funeral… ¿Podemos conseguir que la calle se despeje un poco?

– Hablaré con el comandante de turno, Warshawski. No es de mi competencia. Pero no espere milagros como no hagan volar el lugar por los aires.

– Justo el momento en que la ayuda será más necesaria -añadí sarcástica, y colgué.

– Lo que necesitamos son varios sheriffs -les dije a Lotty y a Carol-. Pero quizá podamos conseguir algo en lugar de eso. Protección, no enfrentamiento. ¿Podrían ayudar Paul y Herman? ¿Y Diego?

Carol sacudió la cabeza.

– Perdieron mucho tiempo de trabajo la semana pasada a causa de lo de Consuelo. Ya pensé en ellos, pero no puedo pedírselo. Podrían perder sus empleos.

Me mordí el pulgar mientras pensaba.

– ¿No podríamos ir a buscar a la gente al extremo de la calle y acompañarlos hasta aquí por el callejón?

Lotty alzó un hombro.

– Es mejor que nada, supongo. Aunque no sé cómo va a enterarse la gente de a dónde tiene que dirigirse.

– Es cuestión de decirlo. Vuelve a conectar el teléfono. Si llama algún paciente, dame un par de horas para conseguir ayuda, y cítalos para el mediodía.

Me pasé la siguiente media hora al teléfono. Como no podía conseguir contactar con los hermanos Streeter, que solían ayudarme con el trabajo pesado, pensé, no muy convencida, en mi vecino de abajo. Como me temía, al señor Contreras le encantó que le convocase a la acción, y prometió buscar a unos cuantos compañeros suyos mecánicos, retirados también, pero, me aseguró, felices de encontrar una ocasión para utilizar sus músculos.

Durante el resto de la mañana estuve sentada en la oficina de Lotty contestando un aluvión de llamadas. La mayoría eran de personas preocupadas por la clínica, no necesitadas de ayuda médica. A los pacientes auténticos se los pasaba a la señora Coltrain. A menos que tuviesen un problema realmente serio, ella les pedía que llamasen un poco más tarde. Lotty les preguntaba los síntomas a algunos por teléfono y les recetaba para que fuesen a la farmacia. A las urgencias las mandaba a Beth Israel.

El resto del tiempo aguanté llamadas obscenas. El amor por la vida fetal despierta en la gente el lenguaje más increíble. Un poco antes del mediodía, cansadas de tanto entretenimiento, volvimos a descolgar los teléfonos durante un rato, mientras yo salía a una ferretería a comprar un silbato. Unos cuantos silbidos en la oreja de un comunicante obsceno le dejaría una impresión duradera. También me acerqué a una tienda de comestibles para comprar algo de comida por si teníamos que enfrentarnos a un auténtico asedio.

A las doce llegó el primero de nuestros escoltas. El señor Contreras llevaba ropa de trabajo y una llave de tuercas colgada del cinturón. Me presentó a Jake Sokolowski y a Mitch Kruger, que también llevaban armas. Sokolowski y Kruger tenían más o menos la edad del señor Contreras pero no se conservaban tan bien. Uno tenía una tripa de cerveza del tamaño de una elefanta embarazada y el otro temblaba un poco, a causa del alcohol, a juzgar por las venas de su nariz.

– Háganme un favor, chicos. No desencadenen un tumulto -les dije-. Esto es una clínica médica y no queremos tener por aquí un montón de maníacos disparando pistolas o lanzando piedras. Sólo queremos que ayuden a los pacientes a acercarse al callejón y a entrar por la puerta trasera. Carol les acompañará para ayudarles a localizar a las personas.

El plan era que Carol esperase en el extremo de la calle. Si reconocía a alguno de los pacientes de Lotty, les explicaría la situación. Si seguían queriendo ver a la doctora, traería a los mecánicos para que les acompañasen hasta la parte trasera. Se llevó a sus colaboradores al callejón mientras yo hacía guardia en la puerta trasera. Si pasaba algo y la escolta volvía porque les atacaban, yo estaría allí para intentar ayudar.