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– Es muy chocante -dijo-. Absolutamente injustificado. Conseguiré que la compañía pague la limpieza, pero la doctora Herschel debería conseguir a alguien especializado. Alguien que entienda de informes y de suministros médicos y pueda volver a ponerlo todo en su sitio. De otro modo, se va a encontrar con un jaleo aún peor.

Yo asentí.

– Ya lo había pensado. Le sugeriré que llame a alguien de Beth Israel, a ver si puede conseguir que venga un grupo de enfermeras e internos. Supongo que podrán arreglarlo en un día.

Cuando las ventanas estuvieron otra vez en su sitio, desenterré el contestador automático de Lotty del revoltijo y dejé un mensaje sencillo: la clínica estaría cerrada durante el resto de la semana. Si había alguna emergencia, la gente tendría que llamar a Lotty a su casa.

Saqué a Claudia Fisher por la puerta de atrás y me fui a buscar al señor Contreras. Mi primera parada fue en casa: para bañarme, tomar algo de cena y utilizar el teléfono. Cuando llegué a mi apartamento, la adrenalina que me sostuvo durante la tarde había desaparecido. Sentía los pies de cemento cuando llegué a la puerta principal y subí al apartamento.

Me preparé un baño tan caliente como pude aguantar y me tumbé en la bañera, flexionando con lentitud los músculos entumecidos. El vapor suavizó el rígido lado derecho de mi cara, y pude sonreír y fruncir el ceño sin preocuparme de que se me saltasen los puntos.

Me amodorré en el agua tranquilizadora, y allí estaba medio dormida cuando me despertó el teléfono. Salí despacio de la bañera, envolviéndome en una toalla de baño, y cogí el aparato que estaba junto a mi cama. Era Burgoyne. Había visto la manifestación por televisión y estaba preocupado por mi estado y el de Lotty.

– Estamos bien -le aseguré-. La clínica está hecha un auténtico desastre, sin embargo. Y al pobre señor Contreras le abrieron la cabeza y se lo llevaron en un coche celular. Me voy ahora mismo a buscarle y a rescatarlo.

– ¿Te gustaría ir hasta Barrington mañana por la noche? ¿Ir a cenar a las afueras?

– Tendré que llamarte -dije-. Después de todo lo que he pasado hoy, no puedo pensar más que en lo próximo que tengo que hacer.

– ¿Quieres que vaya y que te acompañe un rato? -me preguntó inquieto.

– Gracias. Pero no sé cuánto tiempo me llevará arreglar todo el lío legal. Intentaré llamarte durante el día de mañana. ¿Quieres darme el número de tu oficina?

Lo apunté y colgué. Mientras me ponía un vestido de algodón de color dorado que parecía lo bastante serio para el juzgado de guardia, empecé a hacer una serie de llamadas telefónicas. Primero, a la comisaría del distrito, después al comisario, donde me tuvieron esperando unos cinco o seis minutos. Finalmente averigüé que al señor Contreras se lo habían llevado a Coock County para que le cosieran la cabeza, y le iban a trasladar al juzgado desde el hospital. Colgué y volví a llamar a una vieja amiga que andaba aún con los de Ayuda Legal. Afortunadamente, estaba en casa.

– Cleo, soy V. I. Warshawski.

Nos contamos las novedades de los diez meses más o menos que habían pasado desde que hablamos por última vez, y luego le expliqué mi problema.

– Han metido a todo el mundo en las celdas de la comisaría y los llevarán al juzgado por la noche. ¿Puedes averiguar quién está de servicio en Ayuda Legal? Voy a ir y presentarme como testigo.

– Oh, vaya, Vic. Tenía que haber sabido que estarías mezclada en el asalto a la clínica ésa de esta tarde. ¡Qué horror! Pensé que Chicago había conseguido librarse de los ataques de esos lunáticos.

– Yo también. Y espero que no sea una señal para un ataque concentrado contra las clínicas de abortos de la ciudad. Lotty Herschel está muy preocupada. Está reviviendo lo que los nazis le hicieron a su hogar en Viena en su niñez.

Cleo prometió volver a llamarme al cabo de unos minutos para darme el nombre. El baño había borrado lo peor de mi fatiga, pero aún me sentía atontada. Había desayunado hacía muchas horas; necesitaba proteínas para recuperarme. Rebusqué sin convicción en la nevera. Hacía casi una semana que no iba a la tienda y no había por allí gran cosa con buen aspecto. De hecho, encontré cierto número de artículos de origen dudoso, pero no me sentía con ganas de ponerme a hacer limpieza. Al final, me decidí por los huevos, haciendo una rápida frittata con cebollas, uno de los tomates del señor Contreras y los restos de un pimiento verde.

El teléfono sonó cuando me tragaba los últimos pedazos. Cleo llamaba para darme el nombre del representante de Ayuda Legal que estaría en el juzgado de guardia aquella noche: Manuel Díaz. Le di las gracias y me dirigí a la calle Once esquina a State.

No hay problemas de aparcamiento más allá de la desértica zona sur de la Circunvalación por la noche. Durante el día, la zona está repleta de gente que se ocupa de ruinosos asuntos en los almacenes, y de los viejos cafés que les sirven. Por la noche, el cuartel general de la Comisaría Central es la única fuente de vida en la zona; la mayoría de los visitantes no llegan conduciendo su propio vehículo.

Aparqué el Chevy junto al edificio y entré. Los vestíbulos, con su pintura descascarillada y el fuerte olor a desinfectante me trajo nostálgicos recuerdos de las visitas a mi padre, sargento hasta su muerte, hacía ya catorce años.

Encontré a Manuel Díaz fumando un cigarrillo en una de las salas de conferencias junto a la sala de audiencias. Era un mexicano robusto. Aunque no me acordaba de él, parecía lo bastante mayor como para haber estado en Ayuda Legal cuando yo estaba allí. Su duro rostro estaba lleno de profundos surcos. Un montón de marcas de viruela le daban a sus mejillas un aspecto pecoso. Le expliqué quién era yo y lo que quería.

– El señor Contreras anda por los setenta. Es un mecánico que solía meterse en jaleos con los sindicatos en sus tiempos, y esta tarde decidió volver a su juventud. No sé de qué le van a acusar. Le vi persiguiendo a alguien con una llave inglesa, pero a él también le dieron bien.

– Todavía no nos han traído los cargos, pero seguramente le habrán detenido por perturbar el orden público -contestó Díaz-. Detuvieron a ochenta personas esta tarde, así que no se anduvieron con muchos detalles a la hora de repartir los cargos.

Charlamos durante un rato. Había sido abogado de oficio durante veinte años, primero en Lake County, y después en la ciudad de Chicago. Vivía en la parte sur, explicó, y el que le trasladasen a la zona norte sería demasiado para él.

– Aunque echo de menos los viejos tiempos tranquilos de aquí. Ahora acaba uno agotado; supongo que ya lo sabe usted.

Yo hice una mueca.

– Sólo estuve aquí cinco años. Supongo que soy demasiado impaciente o egocéntrica. Quería ver resultados, y como abogado, encontraba que la situación no era muy distinta cuando acababa con un cliente que antes de empezar. A veces, las cosas estaban incluso un poco peor.

– Así que se estableció por su cuenta, ¿eh? ¿Por eso le cortaron la cara? Bueno, por lo menos está usted consiguiendo resultados. Yo tengo algunos clientes un poco brutos, pero nunca me atacaron con una navaja.

Me ahorré tener que contestar gracias a la llegada de un ordenanza con las hojas de cargos. Manuel las hojeó con la rapidez que da la experiencia, separando los más sencillos -alteración del orden, conducta desordenada, vagabundeo- de los más graves. Le pidió a un alguacil que trajese todos los casos de alteración del orden y desórdenes en grupo.

Entraron nueve hombres, incluyendo el señor Contreras y su amigo Jake Sokolowski. Eran con mucho los más viejos del grupo. Los demás, jóvenes de clase media en diferentes estadios de desaliño, parecían a la vez asustados y belicosos. Mitch Kruger, el tercer mecánico, había desaparecido; no le habían detenido, me contó más tarde el señor Contreras. Con sus vendajes en torno a la cabeza y su ropa de trabajo toda rota, el anciano parecía un desecho barriobajero, pero la pelea parecía haber añadido combustible a su abundante reserva de energía, y me sonrió muy desenvuelto.