El señor Contreras se me acercó para esperar en el vestíbulo que había junto a la sala de conferencias de los abogados. Dick salió unos quince minutos después. Le detuve antes de que se marchase pasillo adelante.
– Hola, Dick. ¿Podemos hablar unos minutos?
– Vic, ¿qué demonios estás haciendo aquí?
– Vaya, Dick, yo también me alegro de verte. ¿Qué tal estás?
Se me quedó mirando. Nunca me ha perdonado realmente por no haberle sabido apreciar en lo que vale.
– Me gustaría irme a casa. ¿Qué es lo que quieres?
– Lo mismo que tú, Dick: hacer que las ruedas de la justicia giren más suavemente. Éste es Salvatore Contreras. Uno de los chicos de tu cliente le dio en la cabeza con un tablón esta tarde.
El señor Contreras tendió una callosa mano hacia Dick, que se la estrechó sin ganas.
– Metió usted bien la pata al dejar irse a esta chiquita, joven -le informó a Dick-. Es una gran chica, de lo mejor. Si tuviese treinta años menos me casaría yo mismo con ella. Aunque sólo fueran veinte.
A Dick se le estaba petrificando la cara, señal de que estaba furioso.
– Gracias -le dije al señor Contreras-, pero ambos estamos mejor como estamos. ¿Le importaría esperarnos un momento? Quiero preguntarle algo que quizá no quiera contestar delante de gente.
El señor Contreras se alejó amablemente por el vestíbulo. Dick me miró sombrío.
– ¿Y bien? Ahora que has conseguido que el viejo me insulte, no estoy seguro de tener ganas de contestarte ninguna pregunta.
– Oh, no le hagas caso. Se ha erigido en mi padre. Puede que se ponga un poco pesado, pero no tiene mala intención… Me sorprendió verte con Dieter Monkfish.
– Ya sé que no estás de acuerdo con sus ideas, Vic, pero eso no significa que no tenga derecho a un abogado.
– No, no -dije rápidamente-. Ya sé que tienes razón. Y te respeto por aceptar defenderle. No debe ser un cliente fácil.
Se permitió sonreír con cuidado.
– No creo que le invitase a acompañarme al Club de la Union League. Pero no creo que tenga que llegar a eso; no es ese tipo de cliente.
– Me estaba preguntado qué tipo de cliente sería. Quiero decir que tú, uno de los abogados más prestigiosos de la ciudad, y él, un fanático con una organización pobre… ¿Cómo pueden permitirse pagar a Crawford & Meade?
Dick sonrió paternal.
– No es asunto tuyo, Vic. Hasta los fanáticos tienen amigos.
Lanzó una ojeada al Rolex que le lastraba la muñeca izquierda y declaró que se tenía que ir.
El señor Contreras volvió a acercarse en cuanto vio que Dick se marchaba.
– Qué mierdecilla. Sí, es un auténtico gilipollas.
Llegamos a mi pequeño Chevy justo a tiempo de ver a Dick derrapando ostentosamente en un Mercedes deportivo. Vaya, vaya, pensé, lo conseguiste, tío. Entendí el mensaje: si yo hubiese sido una buena chica, podría andar en uno de esos coches en lugar de este trasto.
Abrí las puertas y ayudé al señor Contreras a entrar. Mientras él charlaba alegremente junto a mí, yo pensaba. Así que Monkfish no se pagaba su cuenta. Dick tenía razón; no era asunto mío. Pero de todas formas, me moría de curiosidad.
XVI
La siguiente semana pasó entre montones de trabajo. Me uní a un equipo de profesionales de la medicina para arreglar el edificio de Lotty. Mientras ordenaban informes, reunían archivos, y hacían un cuidadoso inventario de drogas registradas, la señora Coltrain y yo hacíamos el trabajo manual. Quitamos los cristales, encolamos las sillas, y limpiamos las camillas con un potente desinfectante. El viernes, la compañía aseguradora mandó a un cristalero para reponer los cristales. Nos pasamos el fin de semana haciendo la limpieza final.
Tessa vino el domingo a pintar el local. La acompañaron un grupo de amigos, y la sala de espera se convirtió en un paisaje africano, con hierba, flores y manadas de animales olfateando alertas a los leones. Los consultorios se convirtieron en grutas submarinas, con colores suaves y peces alegres y amistosos.
Lotty volvió a abrir el martes. Varios periodistas rondaban a los pacientes: ¿pensaban que era seguro? ¿No les preocupaba venir con sus niños a un lugar al que habían atacado? Una mujer mexicana se irguió desde la altura de su metro cincuenta.
– Sin la señora Herschel, yo no tendría niño -dijo en un inglés con fuerte acento-. Me salvó la vida y la de mi hijo, cuando ningún médico quería atenderme porque no les podía pagar. Siempre vengo a verla a ella.
La cara me había ido cicatrizando. El doctor Pirwitz me quitó los puntos el día que volvimos a abrir la clínica de Lotty. La mejilla ya no me dolía al reírme, y volví a correr y nadar sin temor a estropearme la piel.
Seguí viendo a Peter Burgoyne, algo esporádicamente. A menudo era un compañero divertido y predecible, pero a veces se preocupaba por los detalles de un modo molesto. Friendship organizó un seminario sobre «Tratamiento de la embolia por fluido amniótico. Seguimiento en equipo». Era su oportunidad para demostrar lo que había conseguido hacer en Friendship, pero me aburrí de sus lamentaciones: acerca del documento que presentaba, o acerca de la estrategia que una secretaria competente debería seguir. Siguió preocupándose de Lotty y de Consuelo hasta un punto que yo encontré inaguantable. Aunque su preocupación por mi salud y las reparaciones de la clínica de Lotty fuesen bienintencionadas, le vi sólo una de cada dos o tres veces que me llamaba.
Seguí haciendo investigaciones sin mucho entusiasmo acerca de la muerte de Malcolm, pero no encontré nada. Una tarde le pedí sus llaves a Lotty y entré en su apartamento. No había ninguna pista visible entre el horrible desorden. Puse el contestador, que había conseguido sobrevivir a la catástrofe. Era cierto que varias personas habían llamado y colgado sin dejar mensajes, pero eso sucede todos los días. Abandoné el edificio deprimida, pero no más enterada que antes.
El detective Rawlings atrapó a Sergio el sábado siguiente, a última hora; deliberadamente, para tenerle fuera de la calle hasta que alguien encontrase a su abogado a última hora del domingo. La fianza se había fijado en cincuenta mil, con el agravante de agresión, pero Sergio salió fácilmente. Estábamos citados para juicio el 20 de octubre; la primera de una larga serie de citaciones y aplazamientos durante los cuales Sergio esperaba que se le retirasen los cargos si yo no aparecía en alguno. Rawlings me dijo que cinco Leones, incluyendo a Tatuaje, estaban dispuestos a declarar que Sergio había estado con ellos en una boda durante la noche en cuestión. Me preguntaba incómoda qué tipo de venganza podría preparar Sergio y no me marchaba nunca de casa sin el Smith & Wesson metido en la sobaquera o en el bolso, pero a medida que los días pasaban sin incidentes, pensé que preferiría esperar al juicio.
Tuve una segunda entrevista con Fabiano el miércoles de la semana en que se abrió la clínica de Lotty. Volví a encontrarle en el bar El Gallo, cerca del Santo Sepulcro. La herida de su cara se había curado, sólo quedaba un rastro descolorido. Los hombres del bar me saludaron calurosamente.
– Vaya, Fabiano, aquí vuelve tu pobre tía.
– Cuando apareció por aquí con esas marcas, supimos que la había insultado a usted demasiado a menudo.