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– Ven, tiíta, dame un besito. Aunque ése no te quiera, yo sí.

Después de sacar a Fabiano conmigo, me acerqué al Eldorado azul pálido, examinándolo ostentosamente.

– Oí que andabas conduciendo demasiado deprisa. Te rompiste la cara, ¿eh? El coche no parece muy estropeado; debe ser más duro que tu cabeza, lo que es francamente notable.

Me echó una mirada asesina.

– Sabes perfectamente lo que me pasó en la cara, puta. Tú tampoco estás muy bien. Dile a esos Alvarado que me dejen en paz o encontrarán tu cuerpo en el río. La próxima vez no va a resultarte tan fácil.

– Mira, Fabiano. Si quieres pelearte conmigo, hazlo. No vayas a llorarle a Sergio. Te pones en ridículo. Venga, hombre, ¿quieres matarme? Pues hazlo ahora. Con las manos desnudas; sin armas.

Me miró sombrío, pero no dijo nada.

– Muy bien, no quieres pelea. Vale. Ya somos dos. Todo lo que quiero de ti es información. Información acerca de si tus amigos los Leones tienen algo que ver en la muerte de Malcolm Tregiere.

La alarma apareció en su rostro.

– Oye, tía, no me vengas con eso. Para nada. Yo no estaba allí, no tuve nada que ver.

– Pero sabes quién lo hizo.

– Yo no sé nada.

Seguimos así durante cinco minutos. Yo estaba convencida, por su miedo y por sus palabras, de que sabía algo de la muerte de Malcolm. Pero no iba a hablar.

– Muy bien, chico. Supongo que voy a tener que ir a buscar al detective Rawlings y decirle que estuviste mezclado en el crimen. Te detendrá como testigo material, y veremos si te hace hablar o no.

Ni siquiera eso le conmovió. Lo que le asustaba, fuera lo que fuese, era peor que la policía. No me sorprendió: la policía podría retenerlo durante unos días, pero no le iban a romper las piernas ni el cráneo.

No era valiente físicamente. Le agarré de la camisa y le di unas cuantas tortas a ver si eso me conducía a algo, pero él sabía que yo no estaba tan chiflada como para hacerle daño de verdad. Lo dejé y le volví a mandar con su cerveza. Se fue lanzando amenazas de venganza poco entusiastas, a las que yo no hubiera dado ninguna importancia si no fuera por la asociación que tenía con Sergio.

Me detuve en el Área Seis. Rawlings estaba allí; le hablé de mi conversación con Fabiano.

– Estoy convencida de que el tipejo sabe algo acerca de la muerte de Malcolm, pero está demasiado asustado para hablar. En dos semanas es todo lo que he podido conseguir. No creo que haya una maldita cosa más que yo pueda hacer en este caso.

La pesada sonrisa de Rawlings resplandeció.

– Qué buenas noticias, Warshawski. Ahora puedo concentrarme en mi investigación sin preocuparme de que ande usted arrastrándose por alguna esquina delante de mí. Pero detendré a Hernández y veré si puedo sacarle algo.

Cené con Lotty aquella noche y le dije que había hecho lo que había podido con lo de Malcolm.

– Aparte de mis heridas y los arañazos que tiene Fabiano, diría que los resultados en este caso han sido nulos. Voy a tener que buscarme un cliente de pago bien pronto.

Ella accedió de mala gana, y la conversación giró en torno a sus esfuerzos por encontrar un sustituto para Malcolm. Cuando se fue, alrededor de las diez y media, el señor Contreras ni siquiera se asomó a la puerta. Dos semanas de inacción le habían convencido de que el lugar ya no corría peligro.

Seguía intrigada por saber cómo Dieter Monkfish había conseguido el dinero para pagar los servicios legales de Dick, pero con todo el trabajo en la clínica, no había tenido tiempo más que de telefonear a mi abogado. Freeman Carter era el socio de Crawford & Meade que llevaba los casos poco importantes de delincuencia. Le conocí cuando estaba casada con Dick y me pareció el único miembro de la firma que no se creía que les estaba haciendo, tanto al mundo como a la profesión, un favor colaborando con ellos. Dado el volumen de sus honorarios, sólo utilizaba sus servicios cuando las fuerzas de la justicia amenazaban realmente con aplastarme.

Freeman se manifestó encantado, como siempre, de saber de mí; quiso saber si necesitaba ayuda con Sergio Rodríguez, y me dijo que debería saber de sobra que no le tenía que llamar para que divulgase asuntos de otros clientes de la firma.

– Bueno, Freeman, si siempre pensase que nadie me iba a decir nada, podía irme a casa y meterme en la cama para los restos. Pensé que podía intentarlo.

Él se rió, me dijo que le llamase si cambiaba de opinión acerca de demandar a Sergio y colgó.

Durante el jueves, después de mi segunda entrevista con Fabiano, recibí una llamada de un auténtico cliente, un hombre de Downers Grove que quería ayuda para que dejasen de vender drogas en los locales de su pequeña fábrica de cajas. Antes de ir a verle decidí dar un paso más en lo que se refería a mi curiosidad por Monkfish.

La dirección de IckPiff, en el número 400 de South Wells, lo situaba cerca de la autopista Congress, la parte menos recomendable de la Circunvalación. Conduje junto a baches y restos de obras, y aparqué en la calle, a una manzana de distancia del edificio.

El dinero no sobraba en el cuartel general de IckPiff. El edificio era uno de un puñado de desolados supervivientes de los cambios urbanos, erguidos en la calle como bolos en una lúgubre bolera. Unos cuantos borrachos estaban sentados en la puerta, parpadeando al tardío sol de agosto. Pasé por encima de las piernas extendidas de uno que no podía enderezarse ni para pedir limosna, y entré en un vestíbulo fétido.

Una hoja escrita a mano, pegada a la pintura descascarillada, me informó que el cuartel general de IckPiff se encontraba en el tercer piso. Los demás inquilinos eran un agente teatral, una agencia de viajes de un pequeño país africano, y una empresa de telemarketing. El ascensor, una cajita pegada a la pared, estaba cerrado a cal y canto. Al subir las escaleras no vi a nadie, pero puede que aún fuese muy temprano para los agentes teatrales.

En el tercer piso, una débil luz brillaba a través del cristal de la puerta de IckPiff. Un póster con una foto de un borrón -presumiblemente un feto- estaba pegado a la puerta con un texto chillón que decía DETENGAN LA CARNICERÍA. Tiré del borrón hacia mí y entré.

El interior de la oficina suponía un pequeño avance con respecto a la mugre del vestíbulo y la escalera. Escritorios de metal baratos y archivadores; una larga mesa de conferencias cubierta de panfletos sobre la que los voluntarios podían preparar el correo; y una batería de teléfonos para las campañas de las elecciones nacionales y estatales ocultaba el mobiliario. La decoración la suministraban unos carteles que describían los horrores del aborto y las virtudes de la protección de los fetos.

Una mujer rolliza de pelo blanco estaba regando una planta escuálida en la ventana sucia cuando entré. Llevaba una falda de poliéster beis levantada por delante debido a su prominente estómago, que dejaba ver el festoneado borde de unas bragas. Sus piernas, hinchadas, se apretaban en unas medias de descanso y sandalias de plástico. Me pregunté con fugaz simpatía cómo se las arreglaría para enfrentarse cada mañana con las escaleras.

Me miró con ojos sombríos, medio ocultos por las fláccidas arrugas de su rostro y me preguntó qué quería.

– Estado de Illinois -dije rápidamente-. Departamento de Auditorías -le enseñé fugazmente mi licencia de detective-. Están ustedes registrados como una organización no lucrativa, ¿verdad?

– Pues, sí, sí, desde luego. En efecto -su voz tenía un fuerte deje del sur.

– Necesito echar un vistazo a sus listas de donantes. Han surgido algunas preguntas acerca de si están escondiendo algunos de sus beneficios en IckPiff en lugar de utilizarlos como auténticas donaciones de caridad.

Deseé que ella no fuese contable. La jerga sin sentido que yo estaba empleando no engañaría a nadie que tuviese el título de bachillerato.