Esperé hasta última hora de la tarde para volver a IckPiff. Preocupada por los borrachos, que pueden ser agresivos cuando han bebido y están en grupo, no me llevé el bolso, pero me coloqué el Smith & Wesson en el cinturón del vaquero y me metí la cartera en el bolsillo delantero. Perdí mis ganzúas el invierno pasado, pero metí una colección improvisada de algunas de las llaves más corrientes y una regla de plástico en el bolsillo trasero.
Mientras me dirigía a Wells, me preguntaba por qué me preocupaba tanto quién estaba pagando las cuentas de Dick. Estaba furiosa, desde luego, porque Monkfish hubiese salido libre después de la destrucción de la clínica de Lotty. ¿Pero habría estado tan empeñada en seguir la pista si algún otro abogado le hubiese representado? Odiaba pensar que pudiese estar sufriendo de una amargura residual después de todos estos años.
Aparqué en la esquina de Polk y Wells y caminé la manzana de distancia que me separaba del edificio. Después del anochecer, no es recomendable que las mujeres vayan solas por esta zona. Con el bochorno salen los merodeadores nocturnos. Sabía que podía escapar de la mayoría de esos delincuentes, y en caso de apuro podría usar el revólver, pero respiré más tranquila cuando me metí en la escalera del edificio de Monkfish sin más molestias que alguna obscenidad soltada por un mendigo.
No había luces en las escaleras. Encendí el bolígrafo-linterna de mi llavero para poder ver algo mientras subía. El sonido de carreras bajo el entarimado delataba a las inevitables ratas dándose el festín con los restos del edificio moribundo. Había un hombre tirado en el segundo descansillo. Había vomitado con generosidad; goteaba por las escaleras en grandes manchas y pisé una mientras pasaba con cuidado por encima de su cuerpo.
Me quedé unos minutos delante de la puerta de Monkfish, escuchando para ver si había signos de vida en el interior. No es que esperase realmente un comité de bienvenida; ninguna persona en su sano juicio andaría por allí después del anochecer. Aunque ni siquiera la persona mejor intencionada podría jurar que Monkfish no estuviese como una cabra.
Saqué mi colección de llaves. Sin preocuparme del ruido, jugueteé con la cerradura que estaba debajo del cartel del feto. Como deferencia hacia sus vecinos, Monkfish había instalado una cerradura doble que no cedía fácilmente. Me llevó unos diez minutos de trabajo conseguir abrirla. Una vez dentro, encendí la luz de arriba. Nadie que me hubiera visto entrar en el edificio me iba a reconocer, y mucho menos sabría qué noche había estado yo allí.
Había montones de sobres, ordenados según el código postal, sobre la mesa de conferencias. Estaban cuidadosamente escritos a mano. ¿Por qué invertir en un ordenador si se tiene a Marjorie? Además, la verdad, en aquel edificio un ordenador no iba a durar ni una semana. Marjorie era la opción más adecuada. Abrí uno de los sobres para ver a qué acción convocaba Dieter aquella semana.
«Fábrica de abortos cerrada» proclamaba la hoja escrita a máquina. «Un pequeño grupo de personas dedicadas a la VIDA arriesgaron sus vidas y fueron a la cárcel la semana pasada por intentar cerrar un campo de MUERTE más odioso que Auschwitz.» Luego, Dieter glosaba la destrucción de la clínica de Lotty. Mi estómago se revolvió; me sentí tentada de añadir incendio premeditado al allanamiento de morada en mi hoja de servicios de aquella noche.
En la habitación había" pocos lugares en los que guardar algo en lugar seguro. Encontré los libros y la lista de miembros cerrada bajo llave en el cajón del escritorio de Marjorie. La actividad de los últimos tres años parecía estar embutida en dos libros gigantescos, uno para los recibos y otro para los pagos. Era un sistema como otro cualquiera. Al menos eso pensé hasta que examiné los datos:
26-3 20 cajas de grapas 21,13 $
28-3 Pago cuenta teléfono 198,42 $
31-3 Pago cuenta luz 12,81 $
4-2 Dinero recibido por correo 212,15 $
Aparentemente, ella empezó con un sistema para anotar los gastos y los ingresos, y luego se acostumbró a anotarlos en el cuaderno que tuviese más a mano. No había desglose de los tipos de gastos.
Mordisqueé un lápiz. Necesitaría horas para revisar todos aquellos libros y no quería pasarlas allí con las ratas y los borrachos. Por supuesto, la oficina no tenía fotocopiadora. Monkfish tenía mi nombre y mi número de teléfono. Si robaba los dos libros o cortaba las últimas páginas, sabría cómo localizarme. Inevitablemente, pues acababa de ir por allí a meter las narices. Por otra parte…
Recogí los libros y puse el cajón de nombres de los donantes encima. Miré en mi cartera. Llevaba un billete de veinte y siete dólares sueltos. Hice un burullo con los billetes sueltos y lo guardé en el puño, metí dos en el bolsillo de mi camisa y puse los otros asomando por el cajón de arriba del archivador. Hecho esto, volví a bajar dejando la luz encendida y la puerta abierta. Mi amigo del descansillo seguía allí y pasar por encima de él fue más difícil con la carga que llevaba. Le rocé el pelo con el pie izquierdo, pero ni se inmutó.
Había tres hombres acampados en el vestíbulo cuando llegué al piso bajo. Me miraron suspicaces, sin hacer el menor esfuerzo para moverse. Abrí el puño y el burullo de billetes cayó al suelo. Se lanzaron a por ellos.
– ¡Eh, que son míos! -me quejé-. Los he encontrado yo. Si queréis dinero, chicos, vais a por él igual que he hecho yo.
Puse el montón de papeles en el suelo e intenté recuperar el dinero sin conseguirlo. Uno de los hombres vio los billetes de mi bolsillo y los cogió.
– Vamos, hombre, dejármelos a mí. Arriba hay mucho más. Si los queréis, id a por ellos.
Se detuvieron y se me quedaron mirando.
– ¿Lo cogiste arriba? -preguntó uno, un hombre de edad indefinida, quizá blanco.
– Hay una oficina abierta arriba -lloriqueé-. Dejaron las luces encendidas y todo. Esto lo encontré en un cajón. Había muchos más, sin cerrar ni nada. Yo no quería robar. Sólo cogí lo suficiente para una botella.
Sin dejar de mirarme con suspicacia, se pusieron a murmurar entre sí. Vieron la caja con las fichas.
– Lleva dinero ahí -anunció el orador.
Antes de que pudiese volcar el contenido, o robar la caja, la abrí y hojeé las fichas rápidamente delante de él.
– Y ahora, ¿qué hay de mi dinero?
– Olvídalo.
El orador llevaba un abrigo varias tallas demasiado grande y cinco meses demasiado pronto.
Sus compañeros habían retrocedido un poco. Ahora le apoyaban amenazantes, diciéndome que me quitara de en medio si sabía lo que era bueno. Me encogí en la puerta maloliente mientras ellos corrían escaleras arriba juntos, empujándose, riendo con obscenos cacareos.
Fuera, mientras me dirigía por Wells Street hacia mi coche, pasé junto a dos hombres que discutían. Uno llevaba un traje de tres piezas hecho para un hombre quince kilos más gordo, el otro una camiseta sin mangas y un mono.
– Y yo digo que nadie pegó mejor que Billy Williams -dijo el del traje con un tono definitivo, pegando la cara a la del de la camiseta.
– ¡Eh! -les grité-. Hay una oficina abierta en ese edificio con dinero dentro. La encontré yo y esos tipos me han echado.
Tuve que repetirlo varias veces, pero al fin comprendieron el mensaje y se precipitaron calle abajo hacia el edificio de Monkfish. Yo troté rápidamente hasta mi coche. Los azules-y-blancos vienen muchas veces por calles como ésta, y no quería que me cazasen con sus faros.
Una vez dentro del Chevy me quité mis apestosos zapatos de correr y conduje descalza hasta casa. Cuando aparqué delante de mi edificio, vi el Maxima de Peter al otro lado de la calle. Con una punzada de culpabilidad, me acordé de que habíamos quedado para cenar juntos. Mi obsesión por Monkfish y el paseo vespertino hasta Downers Grove me habían hecho olvidar la cita completamente.