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Entré en el recibidor, esperando encontrarle allí. Al no verlo, me dirigí a las escaleras. La puerta del señor Contreras se abrió tras de mí.

– Aquí estás, cielo. He estado entreteniendo al doctor mientras te esperaba.

Volví a bajar y entré en la atiborrada sala. Peter estaba sentado en el sillón color mostaza en el que el señor Contreras me había dado leche caliente la noche en que me hirieron. Estaba bebiendo un líquido claro, la horrible grappa que le gustaba al señor Contreras.

– Hola, Vic. Creí que teníamos una cita. A tu vecino le di pena y me invitó a tomar un poco de grappa. Estábamos maldiciendo acerca de la inconstancia de las mujeres desde hace ya un rato.

No se movió del sillón. No pude saber si era horror a ponerse de pie o parálisis, típicos efectos secundarios de la grappa.

– Con razón; lo siento mucho. Tenía la mosca detrás de la oreja acerca de Dieter Monkfish. No me cuadraba que pudiese pagar los honorarios de mi ex marido. Y me temo que estaba tan empeñada en buscar pruebas que olvidé la cita.

Le ofrecí saquear mi inconsistente despensa para él, pero el señor Contreras había asado chuletas en el patio y a ambos les bastaba.

– ¿Encontraste tus pruebas? ¿Es eso? -preguntó el señor Contreras.

– Espero que sí. Son los libros de IckPiff, y tuve que pelearme con borrachos para conseguirlos, así que mejor será que sirvan para algo.

Peter se enderezó, tirándose la bebida en los pantalones.

– ¿Les asaltaste, Vic?

La agudeza de su voz me irritó.

– ¿Eres de la Liga de la Decencia o algo así? Todo lo que quiero saber es quién está pagando la tremenda cuenta de Dick. El no va a decírmelo, ni Crawford & Meade tampoco. Así que lo voy a averiguar yo. Luego les devolveré los libros. Aunque crea que son malditos lunáticos cuyos papeles deberían ser quemados, no voy a borrar ni una sola cosa. Aunque podría llamar a sus auditores. Son los libros más enfollonados que he visto en mi vida.

– Pero, Vic. No puedes hacer eso. La verdad, no habrías debido hacerlo.

– Pues llama a la policía. O llévame a la iglesia mañana por la mañana.

Mientras salía de la habitación, el señor Contreras dijo en un rápido susurro:

– Vaya a pedirle perdón. No hace más que su trabajo. No lo estropee todo por un pequeño incidente como ése.

Peter pareció pensar que era un buen consejo. Me cogió cuando yo empezaba a subir las escaleras.

– Perdona, Vic. No quería criticarte. El caso es que he estado bebiendo más de lo que debiera. ¿Esos son los documentos? Bueno, déjame que te los lleve.

Me cogió los libros y me siguió escaleras arriba. Llevé mis malolientes zapatos a la cocina y empecé a echarles agua y Clorox. Estaba furiosa de verdad, tanto por sus críticas como conmigo misma por no haber contestado nada. No es buena idea dejar que las personas se enteren que has estado consiguiendo información a través de canales no muy ortodoxos. Si no hubiese estado asustada, culpable, sintiéndome a gusto con el señor Contreras y furiosa con Dick, no hubiera dicho ni una palabra. Que se fueran al circo.

Peter me dio un beso conciliador y alcohólico detrás de la oreja.

– Venga, Vic. Palabra de scout. No voy a decir nada más acerca de tus…, esto…, métodos de trabajo, ¿vale?

– Sí, vale.

Acabé de aclarar mis zapatos. Me olían las manos a Clorox, que no es tan malo como el vómito, pero que no huele bien. Me las froté con zumo de limón. No con todos los perfumes de Arabia.

– A nadie le gusta que le critiquen, Peter. Y a mí menos que a nadie. Y sobre todo, en cosas que tengan que ver con mi trabajo.

– Tienes razón. Tienes toda la razón. ¿Te he dicho alguna vez que desciendo del general Burgoyne, que les sirvió de tan poco a los ingleses en Saratoga? Sé cómo se sentiría. Los americanos lucharon con trucos sucios y él fue demasiado escrupuloso. Así que no hagas caso a mis reparos ante el atraco. Tómalo como remilgamiento. ¿Vale, general Washington?

– Vale -no pude evitar reírme-. Hecho… Necesito comer algo y no hay una maldita cosa aquí para comer. ¿Estás dispuesto a que salgamos a hacer una cena tardía o ya tienes bastante por hoy?

Me rodeó con sus brazos.

– No, claro que no. Vámonos. Puede que un paseo me despeje.

Antes de salir, llamé a la sección ciudadana del Herald Star y les dije que unos cuantos borrachos estaban revolviendo en la sede de IckPiff. Por si aquello no fuese suficiente, llamé a la policía también, no al 911, donde todas las líneas están controladas, sino al Cuartel General del Distrito Central.

Muy contenta conmigo misma, salí andando con Peter, que aún iba un poco inestable, hasta Belmont Diner, un lugar abierto durante las veinticuatro horas en donde la vieja señora Bielsen hornea sus propias tartas y cocina sopas recién hechas. El se disculpó y fue a telefonear mientras yo tomaba una sopa de tomate, llamada gazpacho en restaurantes más finos donde estaba la mitad de buena y costaba el doble, y una hamburguesa de pan integral. Estaba pagando la cuenta cuando al fin volvió Peter, con la preocupación dibujada en su fino rostro.

– ¿Malas noticias en el frente de los partos? -pregunté.

– No -sacudió la cabeza-. Un problema personal.

Se animó un poco y trató de hablar de algo ligero.

– Tengo un barco en el lago Pistakee. No es un lago grande, así que tampoco el barco lo es: siete metros de eslora. ¿Qué te parece si mañana vamos a pasar el día en el agua? No tengo que ver a ningún paciente y puedo cancelar las citas.

El tiempo seguía siendo tan caluroso que un día en el campo resultaba de lo más apetecible. Y si la fábrica de Downers Grove me contrataba, aquel podía ser mi último día libre en una temporada. Volvimos a mi apartamento de muy buen humor. Peter se esforzó con éxito en olvidarse de sus problemas. El señor Contreras sacó la cabeza por la puerta cuando entramos.

– Ah, bien. Siguió mi consejo, joven. No se arrepentirá.

Peter enrojeció y se quedó cortado. Yo misma me sentí un poco embarazada. El señor Contreras nos vio subir las escaleras juntos, muy solemnes, con las manos pegadas a los costados, y finalmente cerró la puerta cuando desaparecimos por el descansillo. Nos dio un ataque de risa culpable cuando llegamos arriba del todo.

XVIII

Pasándolo bien en un barco

El Herald Star publicó una bonita historia acerca de IckPiff titulada «VÁNDALOS DESTROZAN OFICINA DE ENEMIGOS DEL ABORTO». Me temí que pudiesen relegarlo a las páginas interiores, donde se confundiría con las violaciones, asesinatos, destrozos de coches y asuntos de drogas del día anterior, pero lo pusieron en la parte de abajo de la primera página. Dieter Monkfish atribuía la acción a las maquinaciones de los malvados asesinos de niños, como venganza por la destrucción de la clínica de Lotty, pero la policía decía que habían encontrado a cinco borrachos peleándose, abriendo los cajones y tirándose papeles unos a otros.

Habían acusado a los cinco hombres de asalto y allanamiento, conducta desordenada y vandalismo. La historia era corta y bonita, y no había sitio para que los borrachos hiciesen comentarios acerca de señoras misteriosas que pudieran haberles enviado a la oficina de IckPiff.

Fui a la tienda de la esquina a buscar el periódico y algo de comida mientras Peter seguía durmiendo la curda de la grappa. Fue tropezando hasta la cocina cuando yo terminaba mi segunda taza de café, en calzoncillos y con mi albornoz; no podía abrir los ojos. Levantó una mano y dijo patéticamente: