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– Café.

Le serví una taza.

– Espero que te encuentres mejor de lo que parece, general Burgoyne. ¿Quieres que dejemos la excursión al lago Pistakee?

– No -dijo bruscamente-. Me pondré bien. Sólo necesito acostumbrarme a la idea de que no estoy muerto. Dios mío, ¿qué diablos me dio ese tipo anoche?

Se sentó un rato en silencio, sorbiendo café y escondiendo la cara en el vapor, estremeciéndose ante la pregunta de si quería comer algo. Con la típica falta de consideración del virtuoso abstemio que se encuentra ante la resaca de un amigo, yo me comí un pan árabe con queso suizo, tomate, lechuga y mostaza. Al ver que Peter no decía nada ante la noticia de que los Cubs habían batido a los Braves en Atlanta la noche anterior, por treinta innings, le dejé acurrucado junto a la mesa de la cocina y me fui a la sala a llamar a Lotty.

– He leído lo del asalto a IckPiff en el periódico esta mañana, Lotty. Dieter el Loco cree que los monstruos pro-aborto se ensañaron con él porque destrozó tu clínica. ¿Quieres que mande a los hermanos Streeter a echar un vistazo por si decide volver una segunda vez?

Ella también había leído el artículo.

– Dame su número, por si acaso. Si aparece alguien, les llamaré. Tú no tendrás nada que ver con ese asalto, ¿verdad, Vic?

– ¿Yo, jefe? El periódico dice que cinco borrachos estaban por allí preparándose para una orgía de cintas perforadas -miré hacia el archivador de IckPiff que Peter había puesto encima de un montón de Wall Street Journal que cubrían la mesita de café.

– Sí, Vic, ya sé leer. Y además, te conozco. Gracias por llamarme; tengo que irme corriendo.

Me senté en el suelo con las piernas cruzadas y el cajón de fichas en el regazo. Por los sonidos que oía en segundo plano, deduje que Peter había decidido recobrar su vitalidad bajo la ducha. Empecé con la A. A primera vista, debía haber unos seiscientos nombres en el fichero. Si comprobaba diez cada minuto, acabaría en diez horas. Es el tipo de trabajo que prefiero, la principal razón por la que siento que el movimiento feminista empezase antes de que yo pudiera utilizar mis conocimientos para ser secretaria.

Había llegado a Attwood, Edna y Bill, que habían donado quince dólares durante los cuatro últimos años, cuando entró Peter. Estaba vestido y ya tenía más pinta de ser humano, aunque no al que yo confiaría mis problemas obstétricos.

– ¿Has sacado algo de los archivos? -me preguntó.

– Acabo de empezar. Supongo que al ritmo constante al que estoy trabajando, acabaré el día de Acción de Gracias o por ahí.

– ¿Puedes dejarlo por un rato? Son las nueve y media. Tengo que pasar por casa a cambiarme, así que serán las doce cuando lleguemos al barco si salimos ya.

– Por mí, muy bien. Seguro que esto me espera hasta mañana -me puse de pie de un salto, empujando con los cuádriceps. Aprendí a hacerlo en la guardería, y siempre he estado orgullosa de ser capaz de hacerlo. No todo el mundo puede decir lo mismo.

Aunque la línea de mi cara estaba desapareciendo, el doctor Pirwitz me había advertido de que no me diese el sol hasta pasados varios meses. Me había comprado una gorra de golf con una gran visera verde que filtraba los rayos solares. Me costó veinte dólares en una tienda para profesionales, pero mereció la pena. Ésta, unos vaqueros blancos, una camiseta blanca sin mangas y la chaqueta de los Cubs, por si hacía frío en el lago, y estaba lista.

Peter me miró débilmente.

– ¿Una chaqueta de los Cubs y una gorra verde de golf? Por favor, Vic. Se me revuelve el estómago.

También puso reparos al Smith & Wesson. Yo también me estaba preguntando si sería necesario andar cargándola todo el día. No iba a suceder nada. Si Sergio quería vengarse por la denuncia, se estaba tomando mucho más tiempo del que las bandas solían tomarse. Sopesé el revólver en la mano, prometiendo finalmente guardarlo bajo llave en la guantera durante el viaje.

Seguí al Maxima hasta su casa en Barrington Hills. Vivía en un sitio bonito. No era una casa muy grande, quizá unas ocho habitaciones, pero se alzaba sobre tres acres de terreno, con un bosquecillo y un arroyo que lo atravesaba. Los pájaros gorjeaban en el calor de la mañana. El aire era puro, sin hidrocarburos que obstruyesen los senos nasales. Tuve que admitir que sería duro dejar todo aquello por el mero placer de practicar la medicina en la ciudad.

Su perra, un sabueso de nombre Princesa Scheherazade of Du Page, pero a la que llamaba Peppy, salió dando saltos a recibirnos. Peter tenía un aparato alimentador de perros eléctrico, ya que a menudo estaba fuera de casa, ya fuese por placer o por negocios, que medía automáticamente la comida del perro a las seis todas las tardes, y la echaba en su gran perrera cubierta. Parecía muy feliz. No aparentaba resentimiento por sus largos períodos de abandono.

Yo ya había ido varias veces a casa de Peter. La perra parecía conocerme, y se alegraba tanto de verme a mí como a él. Me quedé en el jardín para jugar con ella al escondite mientras Peter entraba a cambiarse y ponerse ropa de navegación. Salió media hora más tarde con unos vaqueros desteñidos y una camiseta, llevando una nevera en la mano.

– Traigo un poco de queso y cosas para el barco -dijo-. No te importará que nos llevemos a Peppy con nosotros, ¿verdad?

No veía cómo iba a ser posible impedirle venir. Al ver a Peter de paisano, se volvió loca, moviendo la cola frenética junto al coche, haciendo un pequeño baile y jadeando. Cuando él abrió la puerta, ella se metió disparada en el asiento de atrás y se sentó con una sonrisa desafiante en el hocico.

El lago Pistakee estaba a unas dieciséis millas más al norte. Viajamos despacio por carreteras comarcales, con las ventanillas abiertas, y el suntuoso aire del verano envolviéndonos voluptuosamente. Peppy fue asomada a la ventanilla todo el tiempo, dando gruñiditos de excitación cuando nos acercábamos al agua. En cuanto nos detuvimos, saltó por la ventanilla y se lanzó al lago.

Seguí a Peter al muelle. Era día laborable; a pesar de todos los barcos que estaban allí amarrados, teníamos el lugar para nosotros solos. Su barco era pequeño pero muy bonito, de fibra de vidrio blanca bordeada de rojo, lo bastante amplio para contener a un par de adultos y un perro grande. Peppy saltó dentro delante de nosotros, entorpeciendo la botadura al correr de un lado a otro del barco mientras lo estábamos desatando.

Pasamos un día silencioso en el agua, nadando, comiendo, manteniendo el barco derecho mientras Peppy saltaba por un lateral detrás de una bandada de patos. La ciudad, con Sergio, cadáveres y Dieter Monkfish, se convirtió en un fondo borroso. Peter caía de vez en cuando en un silencio pensativo, pero fuera lo que fuese lo que le preocupaba, se lo guardó para sí.

A las siete, cuando el sol se ponía, volvimos al muelle. Estaba repleto de familias embarcándose, escapando a las obligaciones semanales. Los niños daban gritos. Vi a una niña que paseaba muy cuidadosa un cochecito lleno de una familia de muñecas por el muelle de áspero aluminio. Los yates de recreo llenaban el aire de gemidos y gasolina, y jóvenes ejecutivos pecosos se saludaban unos a otros con buenos deseos teñidos de cerveza.

Nos dirigimos hacia el campo apacible y cenamos en un lugar tranquilo de una carretera lateral. No se parecía mucho a un restaurante, era el tipo de lugar donde se puede tomar un filete mediano, o platos horribles casi franceses y vino tinto helado. Yo bebí Black Label y Peter cerveza, nos llevamos los restos de nuestros filetes para Peppy y volvimos a la casa de Peter.

Mientras hablaba con el hospital por el teléfono de su estudio, yo llamé a mi servicio de contestador por la otra línea, en la cocina. Lotty quería que la llamase; era urgente.