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– ¿Y el dictado de Malcolm; las notas que dictó después de ver a Consuelo en Friendship? ¿Tienes todavía la cinta?

Sacudió la cabeza.

– Nunca la he tenido. Cuando asaltaron su casa debieron robar el dictáfono.

– Vaya cosa más rara para robar. No se llevaron la televisión ni el contestador.

– Bueno, puede que no pudieran con la televisión -contestó Lotty sin gran interés-. Era muy grande, antigua, ¿verdad? Se la vendió de segunda mano uno de sus profesores. Para serte sincera, me había olvidado de su dictáfono con el golpe por su muerte. Supongo que podríamos ir ahora a ver si está.

– ¿Por qué no? Total, esta noche, lo único que iba a hacer era dormir.

Conduje con ella las pocas millas que nos separaban del apartamento de Malcolm.

Incluso la parte alta de la ciudad está tranquila a primeras horas de la mañana. Había algunos borrachos en la calle, y un hombre mayor paseando a su perro; los dos iban muy despacio sobre sus piernas artríticas. Pero nadie nos molestó cuando entramos en el destartalado portal y subimos los tres pisos que nos separaban del piso de Malcolm.

– Voy a tener que hacer algo con este sitio -comentó Lotty, rebuscando las llaves en su bolso-. El contrato de alquiler dura un mes más aún. Luego, supongo que tendré que vaciarlo. No sé por qué me nombró su albacea. No se me da especialmente bien este tipo de trabajo.

– Deja que Tessa lo haga -le sugerí-. Ella puede decidir lo que quiere conservar y tirar luego todo lo demás. O dejar la puerta abierta. Las cosas se evaporan bastante deprisa.

Por encima del revoltijo desagradable se sentía ahora el triste olor de las habitaciones abandonadas. En cierto modo, el olor y las capas de polvo hacían que los destrozos resultasen más soportables. Aquel no era ya un lugar en el que vivía una persona. No era más que el resto de un naufragio, algo que se podría encontrar en el fondo del lago.

Lotty, que normalmente rebosaba alegría, se quedó en la puerta mirando mientras yo buscaba. Había sufrido demasiados golpes últimamente: la muerte de Consuelo, la de Malcolm, el desavalijamiento de la clínica, y ahora una demanda por negligencia. Si no fuese una idea inverosímil, yo hubiera pensado que todos aquellos hechos habían sido organizados por alguien que tenía algo contra Lotty. Quizá Dieter Monkfish, con lo loco que estaba, la atacase en lo más vulnerable para obligarla a retirarse. Me senté sobre los talones para pensar en ello. Eso significaría que Fabiano y Monkfish estaban de acuerdo, lo cual era difícil de creer. Y que Monkfish hubiese contratado a gente para apalear a Malcolm, lo cual era absurdo.

Me levanté.

– No está aquí, Lotty. Puede que esté en alguna tienda de empeños de Clark Street, o Malcolm la dejaría en su coche. Podemos comprobarlo si tienes las llaves.

– Claro. Mi cerebro no funciona estos días. Es donde teníamos que haber mirado en primer lugar. Siempre dictaba en el coche cuando no podía acabar en el hospital.

Ni siquiera el reformista Harold Washington se interesa mucho por la parte alta. Sólo funcionaban algunas luces de la calle, y tuvimos que circular despacio calle arriba, mirando cada coche. El hombre artrítico y su perro se habían ido a casa y la mayoría de los borrachos dormían, pero una pareja discutía debajo de una de las farolas junto al extremo de la manzana. El Dodge azul de Malcolm, abollado y oxidado por los años, estaba aparcado junto a ellos. Encajaba tan bien con el vecindario que nadie se había preocupado por él. Seguía teniendo ruedas, las ventanillas estaban intactas y el maletero sin forzar.

Abrí la puerta del conductor. Las luces interiores no funcionaban. Utilicé el lápiz-linterna de mi llavero, no vi nada en el asiento ni en la guantera y tanteé debajo del asiento. Mis dedos chocaron con una caja pequeña de cuero y saqué el dictáfono de Malcolm.

Volvimos calle abajo hasta mi coche. Lotty me cogió la máquina y la abrió de golpe.

– Está vacía -dijo-. Debe haber hecho algo más con la cinta.

– O la tenía en el apartamento y sus asesinos la robaron. Se llevaron todas las cintas estéreo.

Ambas estábamos demasiado cansadas como para decir nada más. Mientras volvíamos a casa, Lotty se quedó sentada en silencio, hecha un ovillo en un rincón, con el rostro entre las manos. Eran casi las cuatro cuando llegamos a su apartamento. La ayudé a subir, calenté un poco de leche y eché en ella un buen chorro de coñac, el único alcohol que tenía en casa. El que se lo bebiera sin protestar daba idea de su agotamiento.

– Voy a llamar a la clínica -le dije-, y dejaré recado en el contestador de que llegarás tarde. Necesitas dormir más que nada.

Me miró sin expresión.

– Sí. Sí, debes tener razón. Tú también, Vic. Siento haberte tenido de pie toda la noche. Échate en la habitación libre si quieres. Voy a desconectar el teléfono.

Me deslicé por entre las finas sábanas de la habitación de invitados de Lotty, que olían a lavanda. Me dolían los huesos y estaba molida. Los acontecimientos del día, revueltos, daban vueltas y más vueltas en mi cerebro. Monkfish. La cuenta de Dick. Los archivos de IckPiff. ¿Dónde estaba la cinta de Malcolm? ¿Dónde estaba el informe de Consuelo?

Los tenía el bebé. Estaba sentada en un alto acantilado que dominaba el lago Michigan, agarrando una carpeta de papel manila con sus deditos púrpura. Yo intentaba subir por una duna para quitársela, pero resbalaba por la arena y seguía cayendo. Sudorosa y sedienta, me ponía de pie. Veía a Peter Burgoyne que se acercaba al bebé por detrás. Cogía la carpeta e intentaba quitársela, pero ella la agarraba demasiado fuerte. El dejaba la carpeta y empezaba a estrangularla. Ella no hacía el menor ruido, pero me miraba con ojos suplicantes.

Me desperté sudando y castañeteando los dientes, desorientada. Cuando me di cuenta de que no estaba en mi cama, me entró el pánico durante unos segundos hasta que me acordé de todo lo sucedido la noche anterior. Estaba en casa de Lotty. El reloj de viaje en la elegante mesilla de noche no tenía cuerda. Busqué mi reloj por entre la ropa que había dejado tirada por el suelo. Las siete y media.

Me quedé tumbada intentando relajarme, pero no pude. Me levanté y me di una larga ducha. Abrí la puerta de Lotty. Seguía durmiendo, frunciendo sus espesas cejas. Cerré la puerta con cuidado y me marché del apartamento.

Me di cuenta de que algo andaba mal en cuanto empecé a subir las escaleras de mi casa. Había papeles tirados por los escalones, y cuando llegué al descansillo del segundo piso, vi una mancha que parecía sangre seca. Saqué el revólver sin pensar y subí corriendo los dieciséis escalones que quedaban.

El señor Contreras yacía delante de mi apartamento. Habían roto la puerta con un hacha. Perdí un minuto asegurándome de que ya no había nadie, y luego me arrodillé junto al anciano. Le había sangrado mucho la cabeza por una herida que tenía en el cuero cabelludo, pero la sangre ya se había coagulado. Respiraba con un ritmo algo entrecortado, pero estaba vivo. Le dejé durante un minuto y me colé por el agujero hecho por el hacha. Llamé a una ambulancia, llamé a la policía y saqué una manta de mi apartamento para envolverle. Mientras esperaba, miré a ver cómo estaba. La herida de su cabeza parecía ser la única. Había una llave de tuercas tirada a un metro de su cuerpo encogido.

Los primeros en llegar fueron los bomberos: un joven y una mujer de mediana edad con uniformes azul oscuro, ambos muy musculosos y parcos en palabras. Escucharon lo que les conté mientras colocaban al señor Contreras en una camilla; le bajaron por las escaleras en menos de un minuto. Yo les sujeté las puertas y vi cómo le metían en una ambulancia y se dirigían hacia Beth Israel.

Unos minutos más tarde, un par de azul-y-blancos frenaron chirriando delante del edificio. Salieron tres hombres uniformados; uno se quedó en el coche utilizando la radio o haciendo informes o lo que fuera.