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– Bueno, hermana… perdone, señora Warshawski. Recemos por la recuperación de su vecino. Si ha sido Sergio, será la única manera de que podamos retenerle.

Estuve de acuerdo con él, y no sólo porque quisiera que retuviesen a Sergio. Pobre señor Contreras. No hacía más que dos días que le habían quitado los puntos en el lugar en el que le habían atizado los defensores de los fetos. Y ahora esto. Rogaba a Dios que su cabeza fuese tan dura como él decía siempre.

Cuando el equipo de investigadores acabó su tarea y yo firmé trillones de documentos y declaraciones, llamé al administrador del edificio y le encargué que clausurasen la puerta. Entraría y saldría por la parte de atrás hasta que me instalaran una nueva.

Podía haber llamado a Lotty, pero ya tenía ella bastantes problemas por ahora. No necesitaba los míos. En lugar de eso, me puse a vagar tristemente por la casa. No es que el desastre fuese irreparable. Habían cortado algunas de las cuerdas del piano, pero el instrumento no sufría daños. Todo lo que estaba por el suelo se podía volver a poner en su sitio. No era como en casa de Malcolm, donde todo estaba hecho pedazos. Pero no dejaba de ser un asalto violento, y eso impresiona. Si hubiese estado aquí… El ruido de la puerta al romperse me hubiera despertado. Puede que hubiese podido dispararles. Qué pena no haber estado en casa.

Volví a la cama, demasiado deprimida como para ponerme a limpiar. Demasiado afectada por todos los asaltos de las últimas semanas como para hacer nada. Estaba tumbada, pero no pude volver a dormir por las vueltas que me daba la cabeza.

Digamos que el viejo Dieter descubriera, en la hecatombe general de su oficina, que el fichero había desaparecido. Y que pensara, según dijo en el Herald Star, que habían sido los malditos abortistas. Y que contratase a alguien -digamos, por ejemplo, a los colegiales tan monos que había visto tirando piedras a la clínica de Lotty- para romperme la puerta y crear una confusión, para recuperar los libros y el fichero pero haciéndolo aparecer como un robo. O sólo para quedar en paz.

Era plausible. Incluso posible. Pero para eso tenían que haber supuesto que yo tenía los ficheros; y no lo sabían con seguridad. La única persona que lo sabía sin lugar a dudas era Peter Burgoyne.

¿A quién había telefoneado desde el hospital? Había dicho que era personal. Puede que tuviese a una ex esposa encerrada en un ático en alguna parte. Y me había sacado a pasar el día fuera de la ciudad. Pero si él estaba detrás del asalto, ¿por qué? ¿Y cómo pudo organizar algo así sobre la marcha?

Le di vueltas y más vueltas, con el cerebro exhausto, el cuerpo roto, y las pequeñas cicatrices de la cara y el cuello doliéndome a causa de la tensión. Podría llamarle, claro. Mejor aún, ir a verlo. Puede que por teléfono lo negase todo, pero tenía un rostro tan expresivo que creo que sabría si estaba mintiendo sólo con mirarle.

Podía llamar a Dick. Comprobar si había alguna razón para que Friendship o Peter Burgoyne no quisieran que yo viese los archivos de IckPiff. Puede que Dick representase a Friendship. Pero, ¿por qué iban ellos a preocuparse de un pobre lunático como Dieter Monkfish? Me imaginaba la recepción que me dispensaría Dick además.

Acción. Es lo que necesitan los detectives. Me levanté y llamé a casa de Peter. Me pareció que se ponía un poco nervioso al oír mi voz.

– ¿Estás bien?

– Claro. Claro que estoy bien. ¿Por qué lo preguntas? -le pregunté agresiva.

– Pareces nerviosa. ¿Le ha pasado algo a la doctora Herschel? ¿Algo de la demanda?

– Ninguna novedad. ¿Puedo acercarme hoy a Barrington a recoger una copia del informe para ella? Ya sabes, la carpeta de Consuelo del hospital.

– Vic, por favor, ya te dije que la buscaría el lunes. Incluso aunque convenciese a los del hospital de que me la diesen hoy, ella no iba a poder hacer nada este fin de semana.

Intenté quedar con él el fin de semana, pero me dijo que no tendría tiempo libre hasta que acabase la conferencia. Se había tomado el viernes libre y era la última posibilidad que le quedaba antes del próximo fin de semana.

– Bueno, no te olvides de lo del informe para Lotty. Ya sé que no es tan importante como tu conferencia, o que te demanden a ti, pero a ella le importa mucho.

– Oh, Vic, por amor de Dios. Creo que ya lo discutimos bastante la otra noche. Lo primero que haré el lunes por la mañana es conseguir ese maldito informe -colgó enfadado.

De pronto me sentí incómoda con mis sospechas y mi mala educación, y sentí el impulso de llamar a Peter y disculparme. Como no estaba de humor para limpiar, ni conseguí dormir, pensé en pasarme por Beth Israel y ver qué tal estaba el señor Contreras.

Me estaba vistiendo para ir al hospital cuando sonó el teléfono; era Dick, anticipándose a mis pensamientos. Cuando se ha ido con una persona a la facultad de Derecho hace unos mil años, una llamada suya puede hacer que el corazón dé un vuelco. Ahora, lo que se me revolvió fue el estómago.

– ¡Dick! ¡Qué sorpresa! ¿Sabe Stephanie que me has llamado?

– Maldita sea, Vic, se llama Terri. Juraría por Dios que la llamas Stephanie sólo por molestarme.

– No, no Dick. Nunca haría nada sólo por molestarte. Tiene que haber alguna razón más. Es una pequeña norma que me impuse mientras estábamos casados. ¿Quieres alguna cosa? ¿Me he retrasado en el pago de la pensión?

Dijo rígidamente:

– Entraron en la oficina de mi cliente hace dos noches.

– ¿Qué cliente? ¿O es que sólo tienes uno?

– Dieter Monkfish -escupió el nombre-. La policía dice que los borrachos de la zona la asaltaron. Pero la puerta no estaba rota. Habían forzado la cerradura.

– Puede que olvidase cerrarla. A veces pasa.

Ignoró mi sugerencia.

– Le faltan algunas cosas. Un fichero de miembros y los libros contables. Me dijo que tú habías ido el jueves a buscarlos y que te echó. Cree que los tienes tú.

– Y cree que le he forzado la cerradura y lo demás. Bueno, pues no tengo nada que pertenezca a Dieter Monkfish. Ni sus libros ni nada de nada. Te juro por mi honor de ex scout que si consigues una autorización y rebuscas en mi casa, en mi oficina o en las casas de mis amigos más íntimos o lejanos, no encontrarás escondido ni un pelo ni ningún papel perteneciente a Dieter Monkfish ni a sus chiflados compinches. ¿Vale?

– Supongo que sí -dijo de mala gana, no muy convencido de si creerme o no.

– Y ahora que me has llamado y me has acusado de robo, lo cual es calumnioso y perseguible, déjame preguntarte algo: ¿cuál de tus clientes paga las cuentas de Monkfish?

Me colgó. Los modales de Dick son siempre tan bruscos que no sé cómo le seleccionaron para trabajar con una firma que pone tanto énfasis en las relaciones públicas. Sacudí la cabeza y me fui a Beth Israel.

La policía no se había molestado en poner un guardia. Pensaban que el señor Contreras había sido sorprendido por los asaltantes en el acto y le habían dado un golpe como efecto secundario. Nadie iba a por él personalmente. Yo estaba de acuerdo, pero pensaba que estaría bien que alguien se encontrase junto a él cuando se recobrase por si podía identificar a los merodeadores.

En el hospital me dijeron que seguía inconsciente, en cuidados intensivos, pero con buenas constantes vitales. En la pequeña sala de espera de la unidad de vigilancia intensiva, el médico de guardia me informó que las heridas en la cabeza son traicioneras. Podía despertarse en cualquier momento o permanecer inconsciente durante algún tiempo. Y no, no podía verle, las únicas personas a las que se les permitía entrar en cuidados intensivos eran a los familiares, de uno en uno y quince minutos cada dos horas.