Había discutido cientos de veces con Lotty acerca de estas normas. Cuando tu vida está en peligro, lo que más necesitas es una presencia cálida y tranquilizadora a tu lado. Puede que la tecnología pueda salvar tu cuerpo, pero no tu espíritu. Si no conseguí convencer a Lotty, que es una inconformista en lo que se refiere a la mayoría de los temas médicos, menos iba a poder hacerlo con aquel médico, que tenía toda la Medicina Institucionalizada en que apoyarse. Terminó con mis protestas marchándose por las puertas que me separaban del señor Contreras.
Estaba a punto de irme cuando una mujer demasiado maquillada de cuarenta y tantos entró. Pesaba unos quince kilos de más, lo que le hacía parecer una muñeca de goma inflada. La seguían dos chicos remolones, uno de unos doce años y el otro un poco mayor. Llevaban vaqueros limpios y zapatillas deportivas gastadas: el modo en que los padres uniforman hoy día a los niños para las ocasiones señaladas.
– Soy la señora Marcano -anunció con el áspero acento nasal del sur-. ¿Dónde está mi padre?
Claro, la hija del señor Contreras, Ruthie. Había oído su voz muchas veces en la escalera pero no había tenido ocasión de conocer a la señora.
– Está por ahí -tendí una mano en dirección a la puerta que llevaba al puesto de enfermeras de la UCI -. La recepcionista puede llamar al médico para que hable con usted.
– ¿Quién es usted? -preguntó. Había heredado los grandes ojos oscuros del señor Contreras, pero no su calidez.
– V. I. Warshawski. Su vecina de arriba. Yo le encontré esta mañana.
– ¿Así que es usted la señora que le busca tantos problemas? Tenía que haberlo adivinado. Le partieron la cabeza por culpa suya hace dos semanas, ¿no? Pero no era suficiente, ¿verdad? Tuvo usted que intentar que le matasen, ¿eh?
– Mamá, por favor -el mayor de los dos niños estaba lleno de la vergüenza que sólo un adolescente puede sentir cuando sus padres hacen el tonto en público-. Ella no intentó matar al abuelo. El detective dijo que le salvó la vida. Ya lo sabes.
– ¿Vas a creer a un poli antes que a mí? -volvió a prestarme atención-. Es un hombre mayor. Tendría que estar viviendo conmigo. Tengo una buena casa. En un vecindario seguro, no como el sitio ése, donde le van a atacar cada vez que ponga un pie fuera de la puerta.
»Sólo soy su hija, ¿verdad? Pero tiene que estar siempre siguiéndola a usted como si fuera una oveja. Cada vez que voy a verle, es la señorita Warshawski esto, la señorita Warshawski aquello, hasta que me harto de oír su nombre. Si te gusta tanto, cásate con ella, eso es lo que le dije yo. Por el modo en que hablas es como si no tuvieses familia, eso es lo que le dije. De repente, Joe y yo ya no valemos tanto como esa abogada de colegio caro, ¿no? ¿Mamá no era lo bastante para ti? ¿Es eso lo que estás intentando decirnos?
Su hijo no dejaba de repetir:
– Mamá, por favor.
Él y su hermano se encogieron lo más atrás que pudieron, mirando a su alrededor con la expresión confusa que suele tener la gente en los hospitales.
A mí me estaba entrando el vértigo bajo su torrente de palabras. Sin duda, había heredado la capacidad de oratoria de su padre.
– No me dejan verle, pero si le dice usted a la recepcionista que es su hija, irá a buscar al médico para que la acompañe. Encantada de conocerla.
Salí corriendo del hospital, medio riendo, pero por desgracia ella había expresado con palabras la culpabilidad que yo sentía. ¿Por qué diablos el anciano no se habría ocupado de sus propios asuntos? ¿Por qué tenía que haber subido las escaleras para que le rompiesen la cabeza? Le habían herido al tratar de protegerme. Estupendo. Eso también quería decir que yo tenía que encontrar como fuese al que entró en mi casa. Lo que significaba competir con la policía en una labor para la que ellos tenían medios. Lo único que yo sabía de todo esto y ellos no era lo de los archivos de IckPiff desaparecidos. Tenía que averiguar por todos los medios quién estaba pagando las cuentas de Dick.
Si no fuese por lo bien que me conocían todos los socios de Crawford & Meade, hubiese intentado que me contratasen como secretaria. Tal como estaban las cosas, no creía que pudiese sobornar a ninguno de los miembros del personal. La mayoría me conocía de vista: si empezaba a hacer preguntas, irían derechos a Dick.
Me encaminé a la parte trasera de mi edificio y subí las escaleras de la cocina. Mi apartamento me resultaba tristísimo. No era sólo el destrozo; sin el señor Contreras sacando la cabeza por la puerta, el edificio parecía vacío, sin vida. Me quedé en el porche trasero, viendo jugar a la pelota a los niños coreanos. Corrían entre los tomates ahora que no los vigilaba nadie. Cogí el trozo de madera rota que había sido mi puerta y lo llevé al jardincillo. Mientras los niños me miraban con ojos solemnes, construí una valla improvisada delante de las plantas.
– Ahora, os vais a jugar fuera de la valla, ¿vale?
Asintieron sin hablar. Subí las escaleras, sintiéndome mejor por haber hecho algo, por haber puesto un poco de orden en la vida. Volví a ponerme a pensar.
XXI
El señor Contreras recobró la consciencia a última hora del domingo. Como iban a mantenerle en cuidados intensivos durante veinticuatro horas más, no podía verle, pero Lotty me dijo que no se acordaba del accidente. Recordaba haber hecho la cena y leído línea a línea los resultados de las carreras en el periódico -su ritual nocturno-, pero no podía acordarse de haber subido las escaleras de mi apartamento.
Ni ella, ni el neurólogo que trajo para que le examinase podían darle a la policía esperanzas de que fuese a recordar nunca a sus asaltantes. Aquel tipo de episodio traumático quedaba a menudo bloqueado en la mente. El detective Rawlings, con el que me tropecé al entrar en el hospital, estaba molesto. Yo me sentía agradecida de que el anciano se fuese a recuperar.
El lunes por la mañana, mi amigo de la fábrica de cajas de Downers Grove decidió que estaba dispuesto a pagar mis tarifas; alguien había estrellado una carretilla elevadora contra el costado del edificio el sábado por la mañana, causando daños por valor de cinco mil dólares. Se suponía que el conductor estaba bajo los efectos del crack. El dueño protestó cuando supo que yo no podría ir personalmente hasta dentro de una semana, pero acabó accediendo a que empezasen los hermanos Streeter. Ellos estaban libres para ir a Downers Grove al día siguiente.
Ahora que tenía un cliente fijo de pago, me concentré en mis propios problemas. Las sospechas acerca de Peter me molestaban, y al acordarme de la última conversación telefónica, me estremecía un poco. Pero no iría muy lejos con mis dudas. Necesitaba demostrarme claramente a mí misma que él no tenía nada que ver con el robo de los archivos de IckPiff de mi sala de estar.
La secretaria de Dick. Me tumbé en el suelo de la sala, en medio de los discos y los libros, y cerré los ojos. Andaba por los cuarenta. Casada. Esbelta, educada, eficiente, ojos castaños. ¿Regina? No, Regner. Harriet Regner.
A las nueve, marqué el número de Friendship en Schaumburg y pregunté por Alan Humphries, el administrador. Contestó una voz femenina que me anunció que hablaba con la oficina del señor Humphries.
– Buenos días -dije con lo que suponía que era una voz agradable, eficaz y ocupada-. Soy Harriet Regner, la secretaria del señor Yarborough, de Crawford & Meade.
– Oh, hola, Harriet. Soy Jackie. ¿Pasaste un buen fin de semana? Tienes la voz un poco tomada.
– No es más que la alergia, Jackie. Ya sabes, es la época -me puse un pañuelo en la nariz para parecer aún más acatarrada-. El señor Yarborough necesita que el señor Humphries le proporcione una pequeña información… No, no hace falta que me pongas con él, seguramente puedes decírmelo tú misma. No estamos seguros de si la cuenta del señor Monkfish debe ir a la cuenta de Friendship o si tenemos que hacer una factura aparte y mandársela directamente al señor Burgoyne.