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– Pues te vas andando a casa -soltó Paul-. A lo mejor tenemos suerte y te atropella un camión.

– No se preocupe, señor Hernández. Creo que podremos suministrarle un medio de transporte cuando hayamos hablado.

Aquel era Humphries, conciliador. Paul y yo vimos cómo acompañaba a Fabiano muy solícito a su despacho.

– ¿Pero qué mierda está pasando ahora? -preguntó Paul.

– Humphries le va a comprar. Se imagina que puede conseguir que Fabiano le firme un descargo por un par de miles y tal vez así pueda ahorrarle al hospital una buena cantidad en procedimientos legales.

– ¿Pero por qué iba a poner una demanda? -Paul frunció las cejas mientras volvíamos sobre nuestros pasos-. Sabemos que hicieron lo que pudieron por Consuelo y su niña.

Yo pensaba en los desagradables comentarios de la señora Kirkland aquella tarde, y no estaba muy segura, pero no lo dije. No molestes a las molestias y las molestias no te molestarán, solía decirme Gabriela, consejo que yo a veces seguía.

– Sí, mi inocente y joven amigo. Cuando hay una muerte de un niño, siempre se puede hacer una demanda. A nadie, ni siquiera a Fabiano, le gusta ver morir a un niño. Y una demanda de ese tipo puede costarle al hospital varios cientos de miles de dólares, incluso aunque sean menos culpables que… que tú.

Por eso se habrá quedado Humphries hasta tan tarde. Estará preocupado por las responsabilidades, me dije a mí misma.

Me despedí de Paul dándole un beso en la puerta de la sala de espera. Carol y Diego se acercaron a mí.

– Dios mío, Vic, con todo lo que has hecho hoy por nosotros… y que ese canalla te haya insultado de ese modo… Me disculpo una y mil veces -dijo ella.

– No te preocupes -le di un ligero beso-. Tú no lo creaste. En cualquier caso, me alegro de haber estado aquí para ayudar. Me voy a casa, pero no dejaré de pensar en vosotros durante toda la noche.

Los tres me acompañaron hasta la salida lateral. Les dejé en la puerta: una tribu desesperada pero valiente.

IV

Las noticias de las diez

El hospital, con su aire acondicionado tan fuerte que mis brazos desnudos tenían la carne de gallina, no había sido muy agradable. Pero el pesado aire exterior no era mucho mejor. Me envolvió como un calcetín; tenía que hacer esfuerzos conscientes para mover los músculos, para que los pulmones se llenasen y vaciasen de aire. Empujando y convenciendo a mi cuerpo -vamos, cuádriceps; poneros en marcha, tendones- llegué al Chevy.

Durante un momento me quedé tumbada sobre el volante. Los acontecimientos del día me habían molido el cerebro hasta convertirlo en polvillo. Conducir cuarenta millas en la oscuridad me parecía una tarea superior a mis posibilidades. Finalmente, muy despacio, puse el coche en marcha y me fui a través de la noche.

Nunca me pierdo conduciendo por Chicago. Si no puedo encontrar el lago o la torre Sears, me orientan los caminos L, y si todo eso falla, las coordenadas de las calles me orientan en seguida. Pero por aquí no había indicaciones. El terreno del hospital estaba sembrado de luces, pero, una vez en la carretera, la oscuridad era total. No había delincuencia en los barrios del norte, así que no era necesario iluminar brillantemente las calles. No había mirado los nombres dé las calles en mi loca carrera hacia el hospital, y en la oscuridad, los pequeños callejones sin salida, los paseos y las tiendas de coches no me daban ninguna pista. No sabía a dónde iba, y una angustia que nunca había sentido en medio del tráfico de Chicago me golpeó en el estómago.

No había visto a Consuelo desde que se la llevaron por las puertas dobles de acero hacía seis horas. Me la imaginaba como a mi madre cuando la vi por última vez, pequeña, frágil, abrumada por la maquinaria de una tecnología indiferente. No podía evitar representarme a la niña, una pequeña V. I., incapaz de respirar, yaciendo allí con una masa de pelo negro, perdida en el laberinto médico.

Tenía las manos húmedas, agarradas al volante, cuando pasé junto a una señal que me daba la bienvenida a Glendale Heights. Agradecida al ver la señal, me detuve en el lateral de la carretera y consulté el mapa de Chicago. Parecía que iba más o menos por el buen camino. Otros diez minutos de dar vueltas me llevaron a la autopista Norte-Sur, que mandaba un montón de tráfico hacia la autovía principal que iba hacia el este. El ruido, la velocidad y las luces restablecieron mi equilibrio. En Austin Avenue lancé un saludo hacia la ciudad.

Una vez de vuelta a mi propio terreno, las imágenes desagradables acerca de Consuelo cesaron. Iba a ponerse bien. Era sólo el calor y la fatiga, y la esterilidad antinatural lo que me habían puesto nerviosa.

Mi pisito en Racine, al norte de Belmont, me dio la bienvenida con montones de papeles y una fina capa de polvo veraniego. La realidad. Una larga ducha borró la negrura del día que había pasado. Con un generoso trago de Black Label y un sandwich de mantequilla de cacahuetes, acabé por recuperarme. Vi un viejo episodio de Kojak que reponían y dormí el sueño de los justos.

En mi sueño intentaba encontrar el origen de un lamento angustioso. Subía por las escaleras de la vieja casa de mis padres y encontraba a mi ex marido sollozando fuertemente. Le sacudía.

– Por Dios, Richard, despiértate. Vas a levantar a los muertos con el ruido que haces.

Pero cuando se levantaba el ruido seguía, y yo me daba cuenta de que procedía de un bebé que yacía en el suelo junto a la cama. Yo intentaba consolarle, pero gemía y gemía. Era la pequeña Victoria, que no dejaba de llorar porque no podía respirar.

Me desperté bañada en sudor, con el corazón golpeándome el pecho. El ruido continuaba. Después de unos segundos de desorientación, me di cuenta de que era el timbre de la puerta. Las cifras naranjas del reloj me decían que eran las seis y media. Muy temprano para visitas.

Me tambaleé hasta el telefonillo.

– ¿Quién es? -pregunté con voz espesa.

– Vic, soy Lotty. Déjame pasar.

Apreté el botón, dejé la puerta abierta y volví al dormitorio a buscar algo de ropa. Tenía quince años la última vez que usé un camisón. Tras la muerte de mi madre, no hubo nadie capaz de obligarme a usar uno. Encontré un par de pantalones cortos de felpa en un montón de ropa usada que había junto a mi cama. Lotty entró en la habitación mientras yo sacaba la cabeza de una camiseta de los Cubs.

– Pensé que no ibas a despertarte nunca, Victoria. Estaba deseando tener tus conocimientos para forzar cerraduras.

Las palabras eran alegres, pero el rostro de Lotty estaba sombrío como la máscara de una pietà.

– Consuelo ha muerto -dije.

Ella asintió.

– Acabo de volver de Schaumburg. Llamaron a las tres. Su presión sanguínea había vuelto a bajar y no podían elevarla. Fui hasta allí, pero era demasiado tarde. La señora Alvarado estaba fatal, Vic. No me hizo ningún reproche, pero su silencio fue un reproche en sí mismo.

– Jodida víctima -dije sin darme cuenta.

– ¡Vic! Su hija ha muerto, ha muerto trágicamente.

– Ya lo sé. Perdona. Pero es una condenada mujer pasiva que conduce su autobús lleno de culpa por encima del primer transeúnte que pase. No creo que Consuelo se hubiese quedado embarazada si no hubiese estado harta de oír «menos mal que tu padre murió en lugar de haber vivido para verte hacer esto o lo otro». Por el amor de Dios, no dejes que te envuelva en su trampa. No puede ser la primera madre desconsolada que veas.

La ira brilló en los ojos de Lotty.

– Carol Alvarado es algo más que mi enfermera. Es una buena amiga y una inapreciable colaboradora. Y ésa es su madre, no un pariente desconsolado.

Me froté la cara fatigada con las manos.