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Yo aprovechaba aquellos desayunos para desahogarme con Rosa Cabarcas y le pedía favores mínimos para el bienestar y el buen ver de Delgadina. Me los concedía sin pensarlo con una picardía de colegiala. ¡Qué risa!, me dijo por aquellos días. Me siento como si me estuvieras pidiendo su mano. Y a propósito, se le ocurrió, ¿por qué no te casas con ella? Me quedé de una pieza. En serio, insistió, te sale más barato. Al fin y al cabo, el problema a tu edad es servir o no servir, pero ya me dijiste que lo tienes resuelto. Le salí al paso: El sexo es el consuelo que uno tiene cuando no le alcanza el amor.

Ella soltó la risa: Ay, mi sabio, siempre supe que eres muy hombre, que siempre lo fuiste, y me alegra que lo sigas siendo mientras tus enemigos entregan las armas. Con razón se habla tanto de ti. ¿Oíste a Marcos Pérez? Todo el mundo lo oye, le dije, para cortar el tema. Pero ella insistió: También el profesor Camacho y Cano, en La hora de todo un poco, dijo ayer que el mundo ya no es lo que era porque no quedan muchos hombres como tú.

Aquel fin de semana encontré a Delgadina con fiebre y tos. Desperté a Rosa Cabarcas para que me diera algún remedio casero, y me llevó al cuarto un botiquín de primeros auxilios. Dos días después Delgadina seguía postrada, y no había podido volver a su rutina de pegar botones. El médico le había prescrito un tratamiento casero para una gripa común que cedería en una semana, pero se alarmó por su estado general de desnutrición. Dejé de verla, y sentí que me hacía falta, y aproveché para arreglar el cuarto sin ella.

Llevé también un dibujo a pluma de Cecilia Porras para Todos estábamos a la espera, el libro de cuentos de Alvaro Cepeda. Llevé los seis tomos de Juan Cristóbal, de Romain Rolland, para pastorear mis vigilias. De modo que cuando Delgadina pudo volver a la habitación la encontró digna de una felicidad sedentaria: el aire purificado con un insecticida aromático, paredes color de rosa, lámparas matizadas, flores nuevas en los floreros, mis libros favoritos, los buenos cuadros de mi madre colgados de otro modo, según los gustos de hoy. Había cambiado el viejo radio por uno de onda corta que mantenía sintonizado en un programa de música culta, para que Delgadina aprendiera a dormir con los cuartetos de Mozart, pero una noche lo encontré en una estación especializada en boleros de moda. Era el gusto de ella, sin duda, y lo asumí sin dolor, pues también yo lo había cultivado con el corazón en mis mejores días. Antes de volver a casa al día siguiente escribí en el espejo con el lápiz de labios: Niña mía, estamos solos en el mundo.

Por esa época tuve la rara impresión de que se estaba volviendo mayor antes de tiempo. Se lo comenté a Rosa Cabarcas, y a ella le pareció natural. Cumple quince años el cinco de diciembre, me dijo. Una Sagitario perfecta. Me inquietó que fuera tan real como para cumplir años. ¿Qué podría regalarle? Una bicicleta, dijo Rosa Cabarcas. Tiene que atravesar la ciudad dos veces al día para ir a pegar botones. Me mostró en la trastienda la bicicleta que usaba, y de verdad me pareció un cacharro indigno de una mujer tan bien amada. Sin embargo, me conmovió como la prueba tangible de que Delgadina existía en la vida real.

Cuando fui a comprar la mejor bicicleta para ella no pude resistir la tentación de probarla y di algunas vueltas casuales en la rampa del almacén. Al vendedor que me preguntó la edad le contesté con la coquetería de la vejez: Voy a cumplir noventa y uno. El empleado dijo justo lo que yo quería: Pues representa veinte menos. Yo mismo no entendía cómo conservaba la práctica del colegio, y me sentí colmado por un gozo radiante. Empecé a cantar. Primero para mí mismo, en voz baja, y después a todo pecho con ínfulas del gran Caruso, por entre los bazares abigarrados y el tráfico demente del mercado público. La gente me miraba divertida, me gritaban, me incitaban a participar en la Vuelta a Colombia en silla de ruedas. Yo les hacía con la mano un saludo de navegante feliz sin interrumpir la canción. Esa semana, en homenaje a diciembre, escribí otra nota atrevida: Cómo ser feliz en bicicleta a los noventa años.

La noche de su cumpleaños le canté a Delgadina la canción completa, y la besé por todo el cuerpo hasta quedarme sin aliento: la espina dorsal, vértebra por vértebra, hasta las nalgas lánguidas, el costado del lunar, el de su corazón inagotable. A medida que la besaba aumentaba el calor de su cuerpo y exhalaba una fragancia montuna. Ella me respondió con vibraciones nuevas en cada pulgada de su piel, y en cada una encontré un calor distinto, un sabor propio, un gemido nuevo, y toda ella resonó por dentro con un arpegio y sus pezones se abrieron en flor sin tocarlos. Empezaba a adormecerme en la madrugada cuando sentí como un rumor de muchedumbres en el mar y un pánico de los árboles que me atravesaron el corazón. Entonces fui al baño y escribí en el espejo: Delgadina de mi vida, llegaron las brisas de Navidad.

Uno de mis recuerdos más felices fue un trastorno que sentí una mañana como aquélla al salir de la escuela. ¿Qué me pasa? La maestra me dijo alelada: Ay, niño, ¿no ves que son las brisas? Ochenta años después volví a sentirlo cuando me desperté en la cama de Delgadina, y era el mismo diciembre que volvía puntual con sus cielos diáfanos, las tormentas de arena, los torbellinos callejeros que Desentechaban casas y les alzaban las faldas a las colegialas. La ciudad adquiría por entonces una resonancia fantasmal. En noches de brisa podían escucharse los gritos del mercado público hasta en los barrios más altos, como si estuvieran a la vuelta de la esquina. No era raro entonces que las ráfagas de diciembre nos permitieran encontrar por sus voces a los amigos desperdigados en burdeles remotos.

Sin embargo, también con las brisas me llegó la mala noticia de que Delgadina no podía pasar las navidades conmigo sino con su familia. Si algo detesto en este mundo son las fiestas obligatorias en que la gente llora porque está alegre, los fuegos de artificio, los villancicos lelos, las guirnaldas de papel crespón que nada tienen que ver con un niño que nació hace dos mil quinientos años en una caballeriza indigente. Sin embargo, cuando llegó la noche no pude resistir la nostalgia y me fui al cuarto sin ella. Dormí bien, y desperté junto a un oso de peluche que caminaba en dos patas como si fuer polar, y una tarjeta que decía: Para el papá feo. Rosa Cabarcas me había dicho que Delgadina estaba aprendiendo a leer con mis clases escritas en el espejo, y su buena letra me pareció admirable. Pero ella misma me defraudó con la noticia peor de que el oso era un regalo suyo, así que la noche de Año Nuevo me quedé en mi casa y en mi cama desde las ocho, y me dormí sin amarguras. Fui feliz, porque al toque de las doce, entre los repiques furiosos de las campanas, las sirenas de fábricas y bomberos, los lamentos de los buques, las descargas de pólvora, los cohetes, sentí que Delgadina entró en punta de pies, se acostó a mi lado, y me dio un beso. Tan real, que me quedó en la boca su olor de regaliz.

4

A principios del nuevo año empezábamos a conocernos como si viviéramos juntos y despiertos, pues yo había encontrado un tono de voz cauteloso que ella oía sin despertar, y me contestaba con un lenguaje natural del cuerpo. Sus estados de ánimo se le notaban en el modo de dormir. De exhausta y montaraz que había sido al principio, fue haciéndose a una paz interior que embellecía su rostro y enriquecía su sueño. Le contaba mi vida, le leía al oído los borradores de mis notas dominicales en las que estaba ella sin decirlo, y sólo ella.