En el sofá, Jill sintió que la tensión entre los dos hombre se volvía de repente eléctrica y apasionada. Sus propios pensamientos la acosaban con violencia y, por lo tanto, cuando Gideon volvió a hablar, no comprendió el significado.
– ¡Fuiste tú! -exclamó-. ¡Oh, Dios mío! ¡La mataste! Habías hablado con ella. Le pediste que confirmara tus mentiras sobre Sonia, pero ella no estaba dispuesta a hacerlo, ¿no es verdad? En consecuencia, tenía que morir.
– ¡Por el amor de Dios, Gideon! ¡No sabes lo que estás diciendo!
– Sí que lo sé. Por primera vez en mi vida, lo sé. Ella iba a decirme la verdad, ¿no es así? No pensabas que fuera a hacerlo, estabas convencido de que aprobaría cualquier cosa que planearas, porque en un pasado lo había hecho. Pero ella no era así y ¿qué demonios te hizo pensar que habría podido cambiar? Nos había abandonado, papá. No podía vivir una mentira ni vivir con nosotros; así pues, se marchó. El hecho de que supiera que íbamos a mandar a Katja a la cárcel fue demasiado para ella.
– Katja aceptó ir. Estaba al corriente de todo.
– Pero una condena de veinte años, no -repuso Gideon-. Katja Wolff nunca habría aceptado una condena de veinte años. Cinco, quizá sí. Cinco años y cien mil libras, de acuerdo. Pero ¿veinte años? Nadie lo habría esperado. Y mamá no podía aceptarlo, ¿no es verdad? En consecuencia, nos abandonó y no habría aparecido nunca más si yo no hubiera perdido mi música en Wigmore Hall.
– Debes dejar de pensar que Wigmore Hall guarda relación con cualquier cosa que no sea el edificio en sí. He estado insistiendo desde el principio.
– Porque tú lo querías creer -contestó Gideon-. Pero la verdad es que mi madre iba a confirmarme que mis recuerdos no me engañaban, ¿no es verdad, papá? Sabía que yo maté a Sonia. Sabía que lo hice yo solo.
– No lo hiciste. Ya te lo he explicado. Te conté lo que sucedió.
– Entonces, cuéntamelo otra vez delante de Jill.
Richard no dijo nada, aunque miró a Jill. Ella deseaba considerarla una mirada que suplicara su ayuda y su comprensión. Pero en ella sólo vio una mirada calculadora.
– Gideon, dejémoslo -sugirió Richard-. Ya hablaremos más tarde.
– Hablaremos ahora. Como mínimo, lo hará uno de nosotros. ¿Quieres que sea yo? Maté a mi propia hermana, Jill. La ahogué en la bañera. Era como una losa que todos llevábamos encima…
– ¡Gideon! ¡Basta ya!
– … especialmente yo. Se interponía en mi carrera musical. Vi que el mundo giraba a su alrededor, y como no podía soportarlo, la maté.
– ¡No! -gritó Richard.
– Papá quiere que piense…
– ¡No! -repitió Richard.
– … que lo hizo él, que cuando esa noche entró en el cuarto de baño y la vio debajo del agua en la bañera, la sostuvo allí y remató el trabajo. Pero me miente, porque cree que si sigo pensando que la maté yo, hay muchas posibilidades de que nunca vuelva a coger el violín.
– Eso no es lo que sucedió -repuso Richard.
– ¿A qué parte te refieres?
Richard no dijo nada durante un momento, y luego sólo exclamó:
– ¡Por favor!
Jill se percató de que estaba atrapado entre las dos elecciones que las acusaciones de Gideon le planteaban. Pero no importaba cuál eligiera, porque, al fin y al cabo, ambas elecciones venían a ser lo mismo: o mató a su hija o mató a su hijo.
Parece ser que Gideon vio la respuesta que esperaba en el silencio de su padre.
– Sí. Entonces, de acuerdo -dijo, y dejó caer la fotografía de su hermana al suelo.
Avanzó a grandes pasos hacia la puerta. La abrió de golpe.
– ¡Por el amor de Dios! ¡Lo hice yo! -gritó Richard-. ¡Gideon! ¡Detente! ¡Escúchame! ¡Créeme! Aún estaba viva cuando la dejaste. Fui yo quien la sostuvo bajo el agua. Fui yo quien ahogó a Sonia.
Jill no pudo evitar un gemido de dolor. Todo era demasiado lógico. Lo sabía. Lo veía. Richard estaba hablando con su hijo, pero estaba haciendo algo más: por fin le estaba explicando a Jill por qué no había querido casarse.
– Todo eso es mentira -repuso Gideon mientras empezaba a marcharse.
Richard comenzó a ir tras él, impedido por sus lesiones. Jill hizo un esfuerzo por ponerse en pie y exclamó:
– ¡Todas son hijas! Es eso, ¿no es verdad? Virginia, Sonia y ahora Catherine.
Richard se tropezó contra la puerta y se apoyó en la jamba. Bramaba:
– ¡Gideon! ¡Maldita sea! ¡Escúchame! -Se lanzó al pasillo.
Jill le siguió como pudo y gritó:
– ¡No querías casarte porque será una niña!
Jill le asió del brazo. Iba cojeando hacia las escaleras y, a pesar de lo que Jill pesaba, la arrastraba con él. Oía cómo Gideon bajaba a toda prisa. Sus pisadas resonaban por la embaldosada entrada.
– ¡Gideon! -gritaba Richard-. ¡Espera!
– Tienes miedo de que sea como las otras dos, ¿no es verdad? -gritaba Jill, sin soltar a Richard del brazo-. Engendraste a Virginia. Engendraste a Sonia, y crees que nuestra hija también será deficiente. Ésa es la razón por la que no has querido casarte conmigo, ¿no es verdad?
Se abrió la puerta de la calle. Richard y Jill llegaron a la escalera. Richard vociferó:
– ¡Gideon! ¡Haz el favor de escucharme!
– Ya te he escuchado bastante -fue su respuesta. Entonces la puerta delantera se cerró de golpe. Richard se estremeció como si le hubieran dado un puñetazo en el pecho. Empezó a bajar.
Jill, que seguía aferrada a su brazo, añadió:
– Era eso, ¿verdad? Querías esperar a ver que la niña fuera normal antes de…
La hizo a un lado. Ella le cogió de nuevo.
– ¡Aléjate! -gritó-. ¡Suéltame! ¡Vete! ¿No te das cuenta de que tengo que detenerle?
– Contéstame. Dímelo. Pensabas que algo debía andar mal, ya que es una niña, y que si nos casábamos estarías atrapado para siempre. Conmigo. Con ella. Como antes.
– No sabes lo que estás diciendo.
– Entonces dime que estoy equivocada.
– ¡Gideon! -gritó-. ¡Maldita sea, Jill! Soy su padre. Me necesita. No sabes… Suéltame.
– No, antes debes decirme…
– Te… acabo… de… decir… que… -Tenía los dientes apretados y el rostro rígido. Jill sintió cómo la mano de Richard, la sana, le subía por el pecho y la empujaba con violencia.
Se agarró a él con más fuerza, gritando:
– ¡No! ¿Qué estás haciendo? ¡Háblame!
Jill le atrajo hacia ella, pero él se dio la vuelta. Se soltó con violencia, y mientras lo hacía, sus posiciones cambiaron precariamente. Ahora él estaba más arriba que ella. Jill estaba más abajo. Por lo tanto, ella le bloqueaba el paso, el paso hacia Gideon y hacia la reentrada en una vida que Jill no alcanzaba a comprender.
Ambos jadeaban. El olor de su sudor impregnaba el aire.
– Ésa es la razón, ¿verdad? -inquirió Jill-. Quiero que me lo digas tú, Richard.
Pero en vez de responderle, profirió un grito inarticulado. Antes de que ella pudiera ponerse en un lugar seguro, él ya estaba intentando pasar por delante de ella. La empujó en el pecho con el brazo sano. Ella cayó hacia atrás. Perdió el equilibrio. En menos de un instante ya estaba rodando escaleras abajo.
Capítulo 28
Richard sólo oyó la respiración en sus oídos. Jill cayó hacia abajo, y él oyó el crujido de la barandilla al romperse. Además, el enorme peso de su cuerpo aumentaba su velocidad; en consecuencia, en la única oportunidad que habría tenido de aterrizar -ese escalón ligeramente más ancho que Jill tanto odiaba-siguió rodando hacia el suelo.
No sucedió en un segundo. Pasó en un período de tiempo tan largo que para siempre parecería inadecuado. Y cada segundo que pasaba era un segundo en el que Gideon, un Gideon ágil y que no llevaba la pierna recubierta de escayola desde la rodilla hasta el pie, se alejaba cada vez más de su padre. Pero no sólo ganaba distancia, sino también seguridad. Y eso no lo podía permitir.