«Estamos esperando un hijo -se corrigió a sí mismo-, un hijo al que nunca le pasará nada malo.» El hecho de discutir el daño que había padecido otro niño le parecía tentar a la suerte. O, como mínimo, eso era lo que Lynley se repetía a sí mismo mientras se vestía.
En la cama, Helen se dio la vuelta y se puso de espaldas a él, con las piernas levantadas y con un almohadón junto al estómago.
– ¡Dios! -se lamentó.
Lynley se le acercó, se sentó en el borde de la cama y le acarició el pelo castaño.
– Ni siquiera has probado el té. ¿Te gustaría que te trajera otra cosa?
– Lo que de verdad me gustaría es encontrarme bien.
– ¿Qué dice la doctora?
– En ese aspecto es un pozo de sabiduría: «Me pasé los cuatro primeros meses de cada embarazo pegada a la taza del váter. Se le pasará, señora Lynley. Así son las cosas».
– ¿Y hasta entonces?
– Supongo que tendré que resignarme y no pensar en comida.
Lynley la observó con cariño: la curva de la mejilla y la forma de la oreja se asemejaban a un caparazón. Sin embargo, tenía la piel de un ligero color verdoso, y la forma de asir la almohada parecía indicar que estaba a punto de sentirse mareada otra vez.
– Ojalá pudiera ponerme en tu lugar, Helen.
Se rió tenuemente y replicó:
– Ése es el típico comentario que hacen los hombres cuando se sienten culpables y cuando tienen la certeza de que lo último que desearían hacer en esta vida sería traer un bebé al mundo. -Alargó la mano para acariciarle la suya-. Sin embargo, te agradezco la intención. ¿Ya te vas? Desayunarás, ¿verdad, Tommy?
Le aseguró que comería algo. De hecho, sabía que no tenía escapatoria. Si Helen no insistía lo bastante para que comiera, entonces Charlie Denton -criado, mayordomo, cocinero, asistente, aspirante a actor, seductor impenitente, o cualquier otra cosa que eligiera llamarse ese día en concreto-atrancaría la puerta hasta que Lynley hubiera devorado un plato de cualquier cosa.
– ¿Y tú? -le preguntó a su esposa-. ¿Qué planes tienes? ¿Vas a ir a trabajar?
– Francamente, preferiría no ir; de hecho, me gustaría permanecer quieta durante las próximas treinta y dos semanas.
– ¿Quieres que llame a Simon?
– No. Tiene que resolver el asunto ese de la acrilamida. Necesitan los resultados de aquí a dos días.
– Ya lo entiendo. Pero ¿le eres indispensable?
Simon Allcourt-St. James era médico forense, un experto cuya especialidad le llevaba con regularidad a la tribuna de los testigos para confirmar las pruebas del Fiscal del Estado o para reforzar la postura de la defensa. En este ejemplo en particular, estaba trabajando en un caso civil en el que el pleito implicaba determinar qué cantidad de acrilamida absorbida a través de la piel podía considerarse una dosis tóxica.
– Me gustaría pensar que sí -respondió-. Pero, de todos modos… -Se la quedó mirando mientras esbozaba una sonrisa-. Me gustaría contarle la noticia. A propósito, ayer por la noche se lo dije a Barbara.
– ¡Ah!
– ¡Ah, Tommy! ¿Qué se supone que quieres decir con eso?
Lynley se levantó de la cama. Se dirigió hacia el armario, donde el espejo de la puerta le mostró lo mal que se había anudado la corbata. Deshizo el nudo y empezó de nuevo.
– Le dijiste a Barbara que no lo sabe nadie más, ¿verdad, Helen?
Hizo todo lo que pudo por incorporarse. No obstante, le costaba un gran esfuerzo y se tumbó de nuevo.
– Sí, se lo dije. Y como ella ya lo sabe, pensaba que también podríamos…
– Preferiría no hacerlo todavía.
El nudo de la corbata estaba peor que la primera vez. Lynley desistió en el intento, echó la culpa al tejido y se fue a buscar otra. Sabía que Helen le estaba observando y que esperaba que le diera una explicación lógica que justificara su decisión.
– Ya sé que es pura superstición, cariño. Pero si guardamos el secreto, habrá menos probabilidades de que ocurra algo malo. Ya sé que es una estupidez. Sin embargo, es lo que creo. Había pensado no decir nada a nadie hasta que… bien, hasta que se notara.
– Hasta que se notara -repitió la frase pensativamente-. ¿Estás preocupado?
– Sí. Preocupado. Asustado. Nervioso. Inquieto. Y a menudo, confundido. Sí, creo que eso define cómo me siento.
– Te quiero, cariño -le dijo con una sonrisa.
Esa sonrisa requería una confesión. Se la debía.
– Has de pensar en Deborah. Simon será capaz de hacer frente a esa noticia, pero Deborah se sentirá muy mal cuando se entere de que estás embarazada.
Deborah era la esposa de Simon, una mujer joven que había sufrido tantos abortos que parecía un acto deliberado de crueldad mencionar un embarazo sin complicaciones delante de ella. No es que no fuera a mostrar su alegría por la pareja. Y en cierto modo seguro que se alegraría, pero en lo más profundo de su ser, allí donde abrigaba sus propias esperanzas, sentiría cómo el hierro candente del fracaso le abrasaba la piel de sus sueños, y esa piel ya había sido quemada demasiadas veces.
– Tommy -dijo Helen con dulzura-. Deborah se enterará tarde o temprano. ¿No crees que le dolerá cuando de repente me vea llevando ropa de embarazada sin que nosotros le hayamos contado que estamos esperando un hijo? En ese momento sabrá por qué no se lo hemos contado. ¿No crees que eso le dolerá aún más?
– No estoy diciendo que lo mantengamos en secreto mucho tiempo -replicó Lynley-. Sólo una temporadita, Helen. Para que tengamos suerte, más que por Deborah. ¿Harías eso por mí?
Helen lo observó del mismo modo que él la había estado observando a ella. Notaba cómo se impacientaba mientras ella lo estudiaba, pero no se movió, a la espera de una respuesta.
– ¿Estás contento de que vayamos a tener un hijo, cariño? ¿Te hace realmente feliz?
– Helen, estoy encantado.
Sin embargo, incluso cuando pronunciaba esas palabras, Lynley se preguntaba por qué no se sentía así. Se preguntaba por qué tenía la sensación de que estaba cumpliendo con una obligación que ya había pospuesto durante mucho tiempo.
Capítulo 4
Cuando Richard entró en el piso, Jill Foster estaba gruñendo a causa de la última serie de ejercicios pélvicos que su instructora prenatal le había mandado hacer. Tenía un aspecto más ojeroso de lo que ella se había imaginado, y no le gustó la sensación que eso le provocó. Hacía dieciséis años que Richard se había divorciado de Eugenie. Jill creía que la identificación del cadáver de su ex mujer debería ser considerado como una actividad molesta que un buen ciudadano lleva a cabo para intentar ayudar a la policía.
Gladys, la instructora prenatal, a la que Jill veía como una mezcla de atleta olímpica y de nazi deportiva, le decía:
– ¡Diez más, Jill! ¡Venga, sigue! Cuando estés dando a luz me lo agradecerás, cariño.
– No puedo -protestó Jill.
– ¡Tonterías! Olvídate de que estás cansada. Piensa en el vestido. Al final me darás las gracias. ¡Venga, diez más!
El vestido en cuestión era un traje de boda, un diseño de Knightsbridge que había costado una pequeña fortuna y que colgaba de la puerta de la sala de estar. Jill lo había colgado allí para sentirse inspirada cada vez que le entraran ganas de comer o cuando la nazi deportiva la hiciera sentir sudorosa, desgraciada e incómoda. «Te voy a mandar a Gladys Smiley, querida -le había dicho la madre de Jill tan pronto como se había enterado de que iba a tener un nieto-. Es la mejor instructora prenatal de todo el sur de Inglaterra, Londres incluido, no creas. Casi siempre está ocupada, pero conseguiré que te haga un hueco. El ejercicio es vital. El ejercicio y la dieta, evidentemente.»
Jill había decidido cooperar con su madre, no porque Dora Foster fuera su madre, sino porque había traído al mundo sin ningún problema quinientos bebés que habían nacido en casa. Por lo tanto, sabía de qué hablaba.