– Por lo tanto, ¿lo reconocerían en el restaurante o en el hotel? -le preguntó Leach.
Pitchley sintió cierta tristeza al admitir que eso podría representar un pequeño problema. Los camareros de The Vailey of Kings eran extranjeros. El recepcionista nocturno del Comfort Inn también lo era. Y los extranjeros a menudo tenían ciertas dificultades para recordar una cara inglesa, ¿no era verdad? Porque los extranjeros…
– Dos terceras partes de los habitantes de Londres son extranjeros -le interrumpió Leach-. Si no nos propone algo más convincente que lo que nos ha estado contando hasta ahora, señor Pitchley, todo esto será una pérdida de tiempo.
– Me gustaría recordarle, comisario Leach, que el señor Pitchley ha venido a la comisaría por voluntad propia -recalcó Jake Azoff a esas alturas de la conversación. Él había sido el que se había pedido el zumo de naranja, y Leach se percató de que un trozo de pulpa le colgaba del bigote cual excremento de pájaro mal teñido-. Quizá si mostrara un poco más de educación, mi cliente se mostraría más dispuesto a colaborar.
– Supongo que el señor Pitchley ha venido hasta la comisaría porque tiene algo que contarme que no me explicó ayer por la noche -replicó Leach-. De momento, lo único que estamos haciendo es darle vueltas a lo mismo, y lo que está consiguiendo es complicar aún más la ya embarullada situación de su cliente.
– No comprendo cómo puede haber llegado a esa conclusión -respondió Azoff, ofendido por la implicación.
– ¿No lo entiende? Permítame que se lo explique. A no ser que haya estado soñando, el señor Pitchley nos ha informado de que su pasatiempo favorito consiste en usar Internet para ponerse en contacto con mujeres mayores de cincuenta años; es decir, para ligárselas y conseguir llevárselas a la cama. También nos ha contado que ha tenido mucho éxito en este campo, tanto que ni siquiera es capaz de recordar cuántas mujeres han disfrutado de sus talentos eróticos. ¿Me equivoco, señor Pitchley?
Pitchley cambió de posición en la silla y tomó un trago de agua. Aún tenía la cara sonrojada, y el pelo -del color del polvo y con una raya en medio que hacía que se le formaran dos especies de alas a cada lado-le cubría la cara cada vez que asentía. Mantenía la cabeza baja. Porque se sentía violento o arrepentido, porque estaba turbado… ¿Quién demonios lo podía saber?
– Bien. Continuemos. Tenemos a una mujer mayor que ha sido atropellada por un vehículo en la calle del señor Pitchley, a unas cuantas casas de distancia de la suya. Va y resulta que esa mujer tiene apuntada la dirección del señor Pitchley. ¿Eso qué le sugiere?
– Yo no sacaría ninguna conclusión -contestó Azoff.
– Es normal, pero mi trabajo consiste en llegar a conclusiones. Y la conclusión a la que llego es que esa mujer se dirigía hacia la casa del señor Pitchley.
– Nunca hemos reconocido que el señor Pitchley conociera a la mujer en cuestión o que estuviera esperándola.
– Y si en verdad iba a verle, el señor Pitchley nos ha dado una razón excelente con sus propias palabras. -Leach hizo hincapié en su argumento inclinándose hacia delante para poder ver mejor a Pitchley bajo su mata de cabello-. Tenía más o menos la edad de las mujeres que le gustan: sesenta y dos años. Tenía un bonito cuerpo, eso es, claro está, antes de que el coche la destrozara; estaba divorciada y no se había vuelto a casar. No tenía hijos en casa. Me pregunto si se había comprado un ordenador. Algo que le sirviera para pasar el rato en las noches que se encontrara sola en Henley.
– ¡Eso es imposible! -exclamó Pitchley-. Nunca saben dónde vivo. Nunca saben dónde encontrarme después de… una vez que hemos… bien, después que nos hayamos marchado de Cromwell Road.
– Simplemente se las folla y se marcha -sentenció Leach-. Eso está muy bien. Sin embargo, ¿qué sucedería si una de ellas decidiera que no le gustaba ese plan? ¿Qué pasaría si una de ellas le hubiera seguido hasta casa? No ayer por la noche, evidentemente, sino cualquier otro día. ¿Si le hubiera seguido, se hubiera apuntado dónde vivía y hubiera esperado el momento propicio en que usted hubiera dejado de llamarla?
– No lo hizo. Es imposible.
– ¿Por qué no?
– Porque nunca voy directamente a casa. Cuando salimos del hotel, doy vueltas en coche durante media hora como mínimo, a veces durante una hora, para asegurarme de que no… -Se detuvo y consiguió tener una expresión relativamente abatida por la confesión que estaba haciendo-… doy vueltas en coche para tener la certeza de que… no me siguen.
– Muy inteligente de su parte -comentó Leach con ironía.
– Ya sé lo mal que suena. Ya sé que me hace quedar como una mierda. Y si eso es lo que soy, lo acepto. Pero no soy el tipo de hombre que atropellaría a una mujer en medio de la calle, y lo debe de saber muy bien si ha examinado mi coche y ha aprovechado la oportunidad para darse una vuelta por Londres sin mi permiso. Me gustaría que me devolvieran el coche, inspector Leach.
– ¿Es eso lo que le gustaría?
– Pues sí. Usted quería información y yo se la he dado. Le he dicho dónde estaba ayer por la noche, por qué y con quién.
– Con Bragas Cremosas.
– De acuerdo. Me volveré a poner en contacto con ella. La convenceré para que venga a comisaría, si es eso lo que quiere.
– Puede hacerlo y lo hará -asintió Leach-. Sin embargo, creo que debe saber que eso no será de mucha ayuda.
– ¿Por qué no? ¡No puedo haber estado en dos lugares a la vez!
– Cierto. Pero aunque la señorita Bragas Cremosas, o quizá sea la señora Bragas Cremosas -Leach no pudo ocultar su sonrisa y tampoco hizo nada por intentarlo-, corrobore su historia, hay una parte en la que no puede serle de ayuda, ¿no es verdad? No podrá decirnos dónde estuvo durante esa hora o esa media hora después de haberse despedido de ella. Y si está a punto de decirme que quizá se dedicara a seguirle, entonces volverá a estar en terreno peligroso. Porque si le siguió, existe la posibilidad de que Eugenie Davies, después de un revolcón similar en Cromwell Road, hiciera lo mismo.
Pitchley se apartó con brusquedad de la mesa, y lo hizo con tanta fuerza que la silla chirrió cual sirena al caer al suelo.
– ¿Quién? -Tenía la voz ronca, como si fuera un trozo de papel de lija que intentara hablar-. ¿Quién ha dicho que era?
– La mujer muerta se llamaba Eugenie Davies. -Incluso al pronunciar esas palabras, el comisario Leach se percató de la nueva realidad que expresaba el rostro de Pitchley-. ¿La conoce? ¿La conoce por ese nombre? ¿La conoce, señor Pitchley?
– ¡Oh, Dios mío! ¡Por todos los santos! -gimió Pitchley.
En un instante, Azoff le preguntó a su cliente:
– ¿Necesitas cinco minutos?
El sospechoso ni siquiera tuvo que responder, porque alguien llamó a la puerta de la sala de interrogatorios. Una agente de policía asomó la cabeza y le dijo a Leach:
– El inspector Lynley al teléfono, señor. ¿Se lo paso ahora o un poco más tarde?
– Volveré dentro de cinco minutos -dijo secamente a Pitchley y a Azoff. Cogió sus papeles y les dejó solos.
Aunque lo pareciera, la vida no era un continuo de acontecimientos. De hecho, era un tiovivo. En la niñez, uno se montaba en un caballito galopante y comenzaba un viaje durante el cual se suponía que las circunstancias irían cambiando a medida que avanzara el viaje. Pero la verdad de la vida era que consistía en una repetición interminable de lo que uno ya había experimentado… dando vueltas y más vueltas sobre ese caballito. Y a no ser que uno hiciera frente a los retos que uno deseara superar a lo largo del camino, esos retos aparecían una y otra vez de una forma u otra hasta el fin de nuestros días. Si J.W. Pitchley aún no había suscrito esa opinión, ahora se había convertido en su más fiel partidario.