Eclipsaron aquella inolvidable representación del cuerpo herido por la muerte como una ciudad cuyos suburbios y plazas se vacían gradualmente, como después de una rebelión aplastada. Incluso eclipsaban aquella manifestación de la época:
…poetry makes nothing happen…
«… la poesía no hace que ocurra nada…»
Aquellos ocho versos en tetrámetro que conseguían que esa tercera parte del poema sonara como un cruce entre un himno del Ejército de Salvación, un canto fúnebre y una nana para dormir a los niños, decían lo siguiente:
«Tiempo que es intolerante / con los bravos e inocentes, / e indiferente en una semana / a un físico hermoso, / adora al lenguaje y perdona / a todo junto al cual viva; / perdona la cobardía y la vanidad, / deposita honores a sus pies.»
Me recuerdo a mí mismo, sentado en la pequeña barraca de madera, atisbando desde la cuadrada ventana cuyo tamaño era el de una tronera, la húmeda y fangosa carretera sin asfaltar, recorrida por unas cuantas gallinas dispersas, medio creyendo lo que acababa de leer y medio preguntándome si mis nociones de inglés no me estarían gastando una broma. Tenía allí un diccionario inglés-ruso que era un verdadero mamotreto, y recorrí sus páginas una y otra vez, verificando cada palabra y cada alusión, con la esperanza de que pudieran evitarme el significado que me miraba fijamente desde la página. Supongo que simplemente me negaba a creer que en un lejano 1939 un poeta inglés hubiese dicho: «Time… worships language», y que el mundo en derredor se encontrara todavía donde estaba.
Pero por una vez el diccionario no me derrotó. Auden había dicho esa vez que «time (no "the time") worships language», y el tren de pensamiento que esta afirmación puso en marcha en mí todavía sigue rodando hoy. Y es que worship, «adoración», es una actitud del inferior frente al superior. Si «tiempo adora al lenguaje», ello significa que el lenguaje es superior, o más antiguo que el tiempo, el cual es, a su vez, más antiguo y mayor que el espacio. Así me lo enseñaron, y efectivamente así lo admitía yo. Por lo tanto, si el tiempo -que es sinónimo de la deidad… no, que incluso absorbe a la deidad- adora al lenguaje, ¿de dónde procede entonces éste? Pues el donativo es siempre más pequeño que el donante. Y además, ¿no es el lenguaje un depósito de tiempo? ¿Y no es ésta la razón de que el tiempo lo adore? ¿Y no es una canción, o un poema, o incluso un discurso, con sus cesuras, pausas, espondeos, etcétera, un juego que el lenguaje practica para reestructurar el tiempo? ¿Y no son aquellos junto a los cuales «vive» el lenguaje los mismos junto a los cuales vive también el tiempo? Y si el tiempo les «perdona», ¿lo hace por generosidad o por necesidad? ¿Y no es, por otra parte, una necesidad la generosidad?
Por cortos y horizontales que fuesen estos versos, a mí me parecieron increíblemente verticales. Eran también muy improvisados, casi elementales: metafísica disfrazada de sentido común, sentido común disfrazado de pareados de nana infantil. Por sí solas, estas capas de disfraz me decían a mí lo que es el lenguaje, y comprendí que estaba leyendo a un poeta que decía la verdad…, o a través del cual la verdad se hacía oír. Al menos, aquello se acercaba más a la verdad que cualquier otra cosa que yo lograra sacar de aquella antología. Y tal vez diera esta sensación precisamente por el toque de irrelevancia que yo notaba en la entonación declinante de «forgives / Everyone by whom it lives; / Pardons cowardice, conceit, / Lays its honours at their feet». Estas palabras estaban allí, pensé, simplemente para equilibrar la ascendente gravedad de «Time… worships language».
Podría seguir extendiéndome acerca de estos versos, pero sólo podría hacerlo ahora. Entonces y allí quedé simplemente estupefacto. Entre otras cosas, lo que me resultaba claro era que convenía estar ojo avizor al hacer Auden sus agudos comentarios y observaciones, manteniendo la vista fija en la civilización cualquiera que sea el tema inmediato (o condición) de él. Pensé habérmelas con una nueva especie de poeta metafísico, un hombre de asombrosas dotes líricas, que se disfrazaba como observador de costumbres públicas. Y mi sospecha era la de que esta elección de máscara, la elección de este idioma, tenía menos que ver con cuestiones de estilo y tradición que con la humildad personal que le era impuesta, no tanto por un credo particular como por su sentido de la naturaleza del lenguaje. La humildad nunca es elegida.
Todavía tenía que leer mucho de Auden. No obstante, después de In Memory of W. B. Yeats, sabía que me encontraba ante un autor más humilde que Yeats o Eliot, con un alma menos petulante que cualquiera de los dos, y al propio tiempo -me temía- no menos trágica. Con la ayuda de la percepción retroactiva, puedo decir ahora que yo no andaba del todo equivocado, y que si alguna vez hubo drama en la voz de Auden, no fue su propio drama personal, sino un drama público o existencial. El jamás se había situado en el centro del cuadro trágico; como máximo, reconocía su presencia en la escena. Todavía tenía yo que oír de su propia boca que «J. S. Bach fue enormemente afortunado. Cuando quería alabar al Señor, escribía una coral o una cantata dirigiéndose al Todopoderoso directamente. Hoy, si un poeta desea hacer lo mismo, ha de emplear un discurso indirecto». Lo mismo, presumiblemente, se aplicaría a la plegaría.
3
Mientras escribo estas notas, advierto que la primera persona del singular asoma su fea cabeza con alarmante frecuencia. Pero un hombre es lo que lee; en otras palabras, al atisbar este pronombre, detecto a Auden más que a cualquier otro: la aberración refleja simplemente la proporción de mi lectura de este poeta. Los perros viejos, desde luego, no aprenden trucos nuevos, pero los amos de perros acaban por parecerse a sus canes. Los críticos, y en especial los biógrafos, de escritores con un estilo distintivo adoptan con frecuencia, por más que sea inconscientemente, la modalidad de expresión de sus sujetos. Para exponerlo con sencillez, a uno le cambia lo que ama, hasta el punto de perder toda su identidad. No trato de decir que esto fue lo que me ocurrió a mí; lo único que pretendo sugerir es que esos por otra parte chillones «yo» y «mí» son, a su vez, formas de un discurso indirecto cuyo objeto es Auden.
Para aquellos de mi generación a los que les interesaba la poesía en inglés -y no puedo decir que fueran muchos- los sesenta fueron la era de las antologías. Al regresar a sus casas, los estudiantes y eruditos extranjeros que venían a Rusia a través de programas de intercambio académico trataban lógicamente de desprenderse de peso adicional, y los libros de poesía eran los primeros en desaparecer. Los vendían, casi por nada, a librerías de ocasión, que después pedían por ellos cantidades extraordinarias si uno quería comprarlos. La razón oculta tras estos precios era bien sencilla: disuadir a la población local de adquirir estos artículos occidentales; en cuanto al extranjero en sí, éste se había marchado ya, claro, y no podía observar esta disparidad.
Sin embargo, si uno conocía a un vendedor o vendedora, como le ocurre inevitablemente a todo el que frecuenta una tienda, es posible conseguir el tipo de acuerdo con el que todo cazador de libros está familiarizado: cambiar una cosa por otra, o dos o tres libros por uno, o comprar un libro, leerlo, devolverlo a la tienda y recuperar el dinero. Además, cuando me soltaron y regresé a mi ciudad natal, yo ya me había creado una cierta reputación y en varias librerías me trataron con gran amabilidad. Debido a esta reputación, a veces me visitaban estudiantes de los programas de intercambio y, como se supone que uno no debe cruzar el umbral de un extraño con las manos vacías, me traían libros. Con algunos de estos visitantes establecí estrechas amistades, a consecuencia de las cuales mis estanterías para libros se ampliaron considerablemente.