Me gustaban mucho esas antologías, y no sólo por su contenido, sino también por el olor dulzón de sus encuadernaciones y por los cantos amarillos de sus páginas. Tenían un aspecto muy americano y eran además de tamaño de bolsillo. Uno podía sacarlas del bolsillo en un tranvía o en un jardín público, y aunque sólo una mitad o un tercio de su texto resultara comprensible, borraban al instante la realidad local. Mis predilectas, sin embargo, eran las de Louis Untermeyer y de Osear Williams…, porque contenían fotos de sus participantes que excitaban la imaginación tanto como los propios versos. Durante horas seguidas, me dedicaba a escrutar un recuadro más bien pequeño, en blanco y negro, con las facciones de tal o cual poeta, tratando de imaginar qué clase de persona era, tratando de animarlo, de hacer coincidir la cara con sus versos entendidos sólo a medias o en una tercera parte. Más tarde, en compañía de amigos, intercambiábamos nuestras aventuradas suposiciones y los retazos de habladurías que de vez en cuando llegaban hasta nosotros y, tras haber sentado un denominador común, pronunciábamos nuestro veredicto. De nuevo con el beneficio de mirar hacia atrás, debo decir que, con frecuencia, nuestras suposiciones no quedaban demasiado lejanas de la realidad.
Así fue como vi por primera vez el rostro de Auden. Era una fotografía tremendamente reducida, un tanto estudiada y con un manejo de la sombra excesivamente didáctico; decía más acerca del fotógrafo que de su modelo. A juzgar por aquella foto, había que concluir que el primero era un esteta ingenuo o bien que las facciones del segundo eran demasiado neutras para su profesión. Preferí la segunda versión, en parte porque la neutralidad del tono era una característica muy sobresaliente en la poesía de Auden, y en parte porque la postura antiheroica era la idee fixe de nuestra generación. La idea consistía en ofrecer el aspecto de todos los demás: zapatos sencillos, gorra de obrero, chaqueta y corbata, preferiblemente grises, y ausencia de barbas y bigotes. Wystan era identificable.
Tan identificables hasta el punto de causar escalofríos eran los versos de September 1, 1939, que explicaban ostensiblemente los orígenes de la guerra que había acunado a mi generación, pero que en realidad describían igualmente nuestras propias personas, como pudiera hacerlo una instantánea en blanco y negro.
I and the public know
What all schoolchildren learn,
Those to whom evil is done
Do evil in return
«Yo y el público sabemos / Lo que todo escolar aprende, / Aquellos a quien se hace daño / Hacen daño a cambio.»
De hecho, esta cuarteta se salía del contexto, al igualar a los vencedores con las víctimas, y creo que el gobierno federal debería hacerla tatuar en el pecho de cada recién nacido, no a causa del mensaje en sí, sino debido a su entonación. El único argumento aceptable contra semejante procedimiento sería el de que hay mejores versos de Auden. ¿Qué haría el lector con éstos?
«Caras a lo largo del bar / se aferran a su día promedio: / las luces nunca deben apagarse, / la música siempre ha de sonar, / todas las convenciones conspiran / para que esta fortaleza asuma / el mobiliario de un hogar; / no fuera que viéramos donde estamos, / perdidos en un bosque encantado / niños temerosos de la noche / que nunca han sido felices o buenos.»
O si cree que esto es demasiado Nueva York, demasiado norteamericano, veamos qué le parece este pareado de The Shield of Achules, que, al menos para mí, suena un tanto como un epitafio dantesco para varias naciones de la Europa orientaclass="underline"
«… perdieron su orgullo / y murieron como hombres antes de morir sus cuerpos.»
O, si uno está todavía en contra de semejante barbaridad, si quiere ahorrar esta herida a la tierna piel, hay otros siete versos en el mismo poema que deberían grabarse en las puertas de todo estado existente, y de hecho en las puertas de todo nuestro mundo:
«Un andrajoso golfillo, sin objetivo y solo, / vagaba por aquel lugar vacío; un ave / voló a resguardarse de su bien apuntada piedra: / que las muchachas sean violadas, que dos muchachos apuñalen a un tercero, / eran axiomas para él, que jamás había oído / hablar de ningún mundo en el que las promesas se cumplieran, / o en el que uno pudiera sollozar porque sollozara otra persona.»
De este modo, el recién llegado no se engañaría en cuanto a la naturaleza de este mundo; de este modo, el residente en el mundo no tomaría a los demagogos por semidioses.
No es necesario ser gitano ni un Lombroso para creer en la relación entre la apariencia de un individuo y sus actos, pues al fin y al cabo en esto se basa nuestro sentido de la belleza. No obstante, cabe preguntarse cuál sería el aspecto de un poeta que escribiera:
«Juntos y por doquier, vastos / rebaños de renos avanzan a través / de millas y millas de musgo dorado, / en silencio y con gran rapidez.»
¿Qué aspecto tendría un hombre tan aficionado a traducir verdades metafísicas a lo más vulgar del sentido común, como a detectar las primeras en el segundo? ¿Qué aspecto tendría el que, profundizando concienzudamente en la creación, le hable a uno más del Creador que cualquier atleta en busca de atajos a través de las esferas? ¿No debería una sensibilidad única en su combinación de sinceridad, desprendimiento clínico y lirismo controlado dar como resultado, si no una distribución única de los rasgos faciales, sí al menos una expresión específica, no común? ¿Y podrían tales facciones o esta expresión ser captadas por un pincel? ¿Registradas por una cámara?