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Mi avión de regreso salía a las cuatro de la tarde, y las tribulaciones me asediaban. Me sentía como quien acaba de firmar un pacto en principio ventajoso y a la larga terrible con Belcebú, el de fétido aliento. Pero, en eso, de la mano antojadiza de la providencia, cuando estaba cerrando la maleta para salir, sonó el teléfono: «Compadre, ¿cómo va todo?».

Cité a Sam en el aeropuerto. Me dijo que le resultaba imposible, porque estaba allá en la quinta chingada, y yo, en contrapartida, le informé de que daba por deshecho nuestro trato. Se alarmó. Protestó. Se hartó de llamarme pinche güey, que había sumado a su colección de coletillas. Y se fue para el aeropuerto, porque las cosas sólo son imposibles hasta cierto punto.

De todas formas me extrañó esa docilidad repentina de Sam, que siempre ha sido muy rebelde con respecto al deber.

«¿Ya estás contento, güey? ¿Te pone cachondito que tu compadre cruce El Cairo de punta a rabo para sonarte los mocos?» Sudaba mucho, y se le veía agitado. Le pedí que me contase todo, a pesar de que sé de sobra que nadie está dispuesto a contar todo, al menos en esta profesión: guardamos ases en la manga, y comodines de bufones sonrientes, e incluso una baraja entera de recambio, por lo que pueda terciarse.

Le referí el relato de Alif el cuentacuentos, la muerte de la turista sonrosada, la vigilancia a la que me sometió el camarero, la entrevista con Abdel Bari y la oferta del báculo. Sam insistía en que no me preocupase más de lo prudente, ya que se trataba de un trabajo como cualquier otro, y entonces pasó a halagarme: «Pensé en ti para traspasarte el encargo porque eres un águila, güey. Así que déjate de chingaderas». Le di unas gracias irónicas, porque en esto nadie es bueno ni malo: bueno y malo son apaños retóricos, conceptos de esencia movediza. Un buen profesional puede estar muerto o en la cárcel, o en la ruina, con fama incluso de gafe. Un chapuzas, en cambio, puede tener dos golpes de suerte y ganarse una reputación de eminencia. En esto, ya digo, hay veces en que las cosas salen bien y veces en que las cosas salen mal. A una operación perfecta puede seguir un desastre absoluto, porque jugamos con imponderables… en el caso de que no sean los imponderables los que juegan con nosotros. Nuestra jerarquía funciona, en definitiva, al antojo del viento, y nadie es el mejor, porque nadie manda en el viento, y yo menos que nadie.

«Sólo te pido que me digas una cosa. ¿Qué pinta en esto Abdel Bari?» Sam hizo un gesto despreciativo con la mano. «Mira, cuate, ese Abdel Bari vive todavía en los tiempos de Simbad el Marino y le gusta darse ínfulas de nigromante y de herborista, pero no es más que un gordo maricón hijo de la gran chingada que no sabe ni por dónde mea.» Le repliqué que al menos una cosa sí sabía: nuestro trato. Sam dudó por un instante. «Se lo dije yo.» No hace falta ni sugerir que estaba mintiéndome. «Se lo dije porque nos interesa que se sepa, güey, y ese gordo es un chismoso que presume por ahí de conocer secretos. Está convencido de que los poseedores de secretos son seres privilegiados, cuando todo el mundo sabe que nadie es dueño de un secreto, sino que todos somos esclavos de los secretos.» Le pregunté entonces qué motivo había para que resultase beneficioso el hecho de que se divulgara nuestro trato, sólo por calibrar hasta dónde llegaba su capacidad de improvisación con el embuste. «Sería muy largo de explicar.» Nos quedamos entonces en silencio, Sam rumiando nuevas mentiras y yo alimentando viejas suspicacias. «Intentaré averiguar cosas, güey, y te digo, ¿va?» Y volvimos a quedarnos en silencio.

«Este asunto no me gusta», le dije al cabo de un rato. Empezó a darme razones enredadas y lo atajé con un faroclass="underline" «Me gusta tan poco, que vas a tener que duplicar la cifra convenida», y Sam se puso como un derviche sobre ascuas, girando sobre sí, loco de atarlo, aunque curiosamente muerto de risa, quizá -pensé- como secuela de algún narcótico que se había metido, porque él siempre ha sido de la cofradía de los encantados. Cuando se tranquilizó, me dijo que aquello era imposible, pero ya saben ustedes lo que me atrevo a opinar de las cosas imposibles. «Te gusta más la lana que a tu padre, güey.»

Al final, conseguí pactar con Sam una cifra que no era el doble de la ya apalabrada, como es lógico, pero que convertía aquella cifra importante en una cifra un poco más importante, lo que, lejos de darme alegría, me sumió en inquietudes muy difusas, porque esa subida de honorarios significaba que el asunto era peor de lo que había imaginado, a pesar de haberlo imaginado a través de la lente de aumento del pesimismo, que es la lente que nos prescribe la experiencia de las cosas del mundo.

3

El argentino de oro.

Conjeturas de tía Corina.

Y un intento de transacción.

Gracias a una rara ventura (overbooking en clase turista), el trayecto de vuelta lo hice en esa otra clase que algún ingenioso bautizó como business, él sabrá por qué. Al lado me tocó un argentino de Rosario, más o menos de mi edad, que venía decepcionado de su excursión a causa del deterioro que había apreciado en las pirámides, de lo angustioso del acceso a su interior, de la aridez y el vacío de aquellos recintos milenarios y de la falta de imaginación de las autoridades egipcias, a las que no se les había ocurrido montar ni siquiera un restaurante panorámico en aquellos yermos repletos a diario de turistas sudorosos y con la garganta reseca, pero deslumbrado en cambio por las refulgencias del tesoro de Tutankamón, según correspondía al nuevo rico que era.

«Vos sabes con certeza que el tesoro de Tutankamón no es falso, ¿verdad?» Y es que un amigo suyo, no sé si ignorante o bromista, le había asegurado que todo aquello tenía cuatro semanas. «Puedo asegurárselo. Otras cosas no. Pero aquello es auténtico», y el hombre respiró.

Se llamaba Alfredo Casares, tenía el brazo derecho un tercio más corto que el izquierdo, se le notaba al cuarto whisky que le gustaba mucho el whisky y era dueño de una fortuna rápida y, por lo que deduje, inmensa.

Abrió su bolsa de mano y se entretuvo en exhibirme sus adquisiciones: bibelots de colores rabiosos, una esfinge de marmolina, bisutería del montón y platería impura. «En las valijas llevo muchísimo más.» (Enhorabuena.)

Hablamos luego de la afición de los potentados egipcios a momificar sus perros, sus cabras e incluso sus serpientes y luego meterlos en sarcófagos dorados, y llegamos a la conclusión de que hay que sentir respeto por una civilización que alcanza esos extremos de arrogancia ante la muerte, porque todas las actitudes de rebeldía ante la nada siempre son pocas, por delirantes que resulten.

«Igual yo momifico mi caballo…»

Me regaló un bolígrafo con el logotipo de una de sus empresas y, por corresponderle, me eché mano al bolsillo y le regalé el frasco de agua mágica que me dio Abdel Bari -sin dejar de referirle, en clave de ironía grandilocuente, sus excelencias contra todo tipo de trastorno melancólico- para que lo sumara a su colección de chirimbolos ecuménicos, pues se tenía pateado aquel argentino un tercio del mundo. De paso, le comenté que tenía algunas piezas egipcias antiguas, correspondientes a distintas dinastías, y que estaban a la venta, de modo que, en la espiral de la euforia mutua, quedé en llamar a Casares a un hotel de Córdoba, ciudad en la que se disponía a renovar los asombros exóticos antes de proseguir ruta, en busca de lo mismo, por Sevilla, Cádiz, Málaga, Granada y Barcelona, desde donde regresaría a su tierra para seguir amasando plata a lo grande, hasta que la codicia le diese un respiro y viajara a alguna otra región del universo en que hubiera bazares en los que poder comprar chilabas, budas de alabastro, camellos de ébano o lo que fuese.