f) a estas alturas, queda claro que, cuando algo puede ser muchas cosas, lo más probable es que no sea nada, pero sigamos;
g) parece ser que los magos fueron ascendidos a reyes porque la palabra «mago» tenía connotaciones antipáticas para la Iglesia -en pugna constante con las corrientes mistéricas y gnósticas-, sobre todo a causa de sus desavenencias con Simón el Mago, que dio nombre al pecado de simonía y que, al parecer, se elevó sobre el cielo de Roma gracias a las artes del Príncipe de las Tinieblas, hasta que las oraciones de san Pedro y san Pablo lo hicieron desplomarse, quedando descalabrado y medio muerto, circunstancia en la que algunos quieren ver un ensayo de lo que le sucederá al Anticristo en el caso de que se anime a entrar en acción;
h) en cuanto al número de esos reyes o magos, las cifras enloquecen: la tradición siria, por ejemplo, dio por bueno que eran doce, ellos sabrían por qué (tal vez por ser doce las tribus de Israel); en algunos sectores coptos fueron más optimistas y elevaron ese número a sesenta (sobrecoge y abruma el solo hecho de imaginar esa multitud de monarcas, perdidos por desiertos y por valles tórridos, vigilando el rumbo de una estrella paranormal en los cielos nocturnos, anhelantes por llegar a un destino ignorado); en el llamado Evangelio armenio de la Infancia -que se supone redactado en el siglo V- los reyes son tres y hermanos; por su parte, en el Evangelio árabe que se conserva en la Biblioteca Laurenziana de Florencia el número de reyes oscila entre tres, diez y doce. Y así sucesivamente. Parece ser que el primero que estableció la terna fue el alejandrino Orígenes, pero acabó siendo el papa san León, en el siglo V, quien, en un intento de poner orden en los cálculos hiperbólicos, fijó su número en tres; por lo demás, en un sermón atribuido a san Agustín se supone que la historia de los magos representa la unidad de la sustancia divina y la distinción de las personas en la Trinidad. (Tía Corina, que lee en este instante por detrás de mí esto que escribo, me sugiere que les recomiende la lectura del libro Los Reyes Magos. Historia y leyenda, del profesor Franco Cardini, no sin avisarles de que se trata de un estudio árido y un poco desordenado.)
i) aquellas entelequias itinerantes tuvieron nombres diversos: en griego, Malgalat, Galgalat y Sarathin; en hebreo, Appellius, Amerius y Damascus; en sirio, Larvandad, Hormisdas y Gushnasaph; en armenio, Kagba, Badalima y no sé qué, etcétera (y con grafías oscilantes, claro está). En el llamado Libro de la Caverna de los Tesoros, que se supone compuesto en Mesopotamia entre los siglos V y VI, se atribuye a los magos un origen caldeo y se les identifica con Hormizd de Makhodzi, rey de Persia; con Jazdegerd, rey de Sabá, y con Perod, rey de Seba; en un manuscrito datado entre los siglos VII y VIII, a los reyes se les denomina Bithisarea, Melichior y Gathaspa, y así hasta que ustedes quieran;
j) hay quien marea la hipótesis de que los tres reyes representarían a las tres familias descendientes de Noé, custodio del zoológico flotante;
k) son varias las ciudades que se arrogan el privilegio de haber sido el punto de partida de los magos. (Marco Polo, por ejemplo, cuenta que la expedición partió de Sabá, donde aseguraba haber visto los sepulcros de los Reyes Magos, cuyos cadáveres estaban «todavía enteros, con cabello y barba».) Si, según el evangelio de san Mateo, los reyes venían «de Oriente», tía Corina y yo, después de ponderar diversas fuentes documentales, nos arriesgamos a deducir que por fuerza debían de proceder de Persia, Media, Asiría o Babilonia, que eran los únicos reinos orientales en que estaba instituido un sacerdocio de magos en el momento en que nació Jesucristo; su ruta, por tanto, debió de ser más o menos la siguiente, si no calculamos mal ni interpretamos mal lo que leímos, que todo puede ser, porque teníamos en el aire demasiadas pelotas de malabarista: cruzaron el desierto de Siria, llegaron a Alepo (también llamada Beroea o Halab, según fuesen sus invasores de turno) o bien a Palmira (la maltratada Palmira, cuyas ruinas describió con asombro sombrío el inquieto conde de Volney), de allí debieron de encaminarse a Damasco, para proseguir rumbo al sur por la actual ruta de la Meca, bordearon por el oeste el mar de Galilea y el río Jordán, llegaron a Jericó y de allí al pesebre belenita, lo que supone un recorrido de unos mil ochocientos o dos mil kilómetros;
l) como resulta fácil apreciar, tía Corina y yo, a esas alturas de escudriñamiento, habíamos dado ya corporeidad a ese trío de fantasmas mágicos o de fantasmas regios o de fantasmas astrólogos, como lo hizo, a su modo, el pseudo Beda, que fue quien los caracterizó con profusión de detalles, incluido el color de los zapatos de cada rey. (En el siglo XIII, el arzobispo genovés Giacopo da Varaggio -conocido en España por el nombre imponente de Jacobo de Vorágine- se afanó también en establecer el nombre de los reyes, su origen, la naturaleza de la estrella y el simbolismo de las ofrendas.) Eran ya muñecos automáticos para nosotros, pequeñas figuras articuladas que avanzaban por tierras ásperas y ajenas, con el pelo terroso, a lomos de cabalgaduras sudadas. Aquellos nómadas alunados tenían ya huesos, y un corazón palpitante, y unos ojos fijos en el celaje anochecido;
m) el asunto de la estrella: un tópico. Entre los antiguos era una superstición generalizada el asociar el nacimiento de un dios, de un mesías o de un gran hombre con la aparición de una estrena insólita. (Fueron los casos de Abraham, de Julio César, de Pitágoras, de Zoroastro y de Krishna, por ejemplo.) (Aparte de eso, en el año 60 a. de C, el estro de Virgilio dispone que Eneas sea guiado por una estrella en un viaje a Troya, por ejemplo.) Santo Tomás de Aquino quiso ver en la estrella que guió a los magos de Oriente una manifestación del Espíritu Santo. Las modernas teorías de los modernos ociosos barajan infinitud de conjeturas sobre la estrella en cuestión: ¿una conjunción de Júpiter y Saturno?, ¿un cometa?, ¿una cambiante stella nova?
n) En ese batiburrillo que se conoce por el nombre de Opus imperfectum in Matthaeum se reproduce la siguiente leyenda, cuyo origen está en el Liber nomine Seth (también conocido como Revelación de Adán a su hijo Seth): existía un pueblo costero en Extremo Oriente cuyos habitantes estaban convencidos del advenimiento de una estrella que habría de conducirles hasta el Mesías. Movidos por la esperanza de aquel prodigio, eligieron a doce de los vecinos más versados en los arcanos de la astrología para que vigilasen la aparición de aquella señal. Cuando moría alguno de los doce sabios elegidos para espiar los cielos, su hijo o su pariente más próximo lo reemplazaba. Año tras año, después de recolectar las cosechas, subían los doce vigilantes celestes a un monte y allí se pasaban tres días rezando. Así generación tras generación. Hasta que un día se estampó en el cielo la estrella ansiada, que resultó tener forma de niño y sobre la cual se apreciaba una cruz de contornos difusos. De modo que pusieron rumbo a Judea, en una peregrinación que duró dos años. (Una historia muy similar la encontramos en el ya referido Libro de la Caverna de los Tesoros);
ñ) y muchísimas cosas que omito y otras muchísimas que jamás conoceré, porque, a estas alturas de civilización, harían falta al menos tres vidas consecutivas para abordar la bibliografía existente sobre cualquier particular, por nimio y extravagante que sea, o quizá por serlo. (En un manuscrito del siglo XIII, pongamos por caso, se da por hecho que un remedio eficaz para la epilepsia consiste en murmurar al oído del afectado una jaculatoria en la que se repitan, como un mantra, los nombres de los tres magos y sus tres ofrendas.) (Y más aún: Roberto de Torigny, autor de la Crónica Universal, asegura que los tres cuerpos que san Eustorgio llevó a Milán estaban enteros y aparentaban tener quince, treinta y sesenta años de edad.) (Y así.)