Tía Corina me sugirió que llamase a Sam Benítez y que le exigiera más datos sobre el entramado oculto de la operación, porque todas las alarmas de nuestra suspicacia habían saltado. No es que aquel trabajo entrañase un grado mayor de absurdidad que cualquier otro (todos son absurdos, todos se resisten al análisis de la razón: haces un trabajo sin comprender para qué lo haces). No, ya digo. Era sólo una cuestión de instinto, y el instinto nos había avisado de algo. «¿De qué?» No podría yo especificarlo: el instinto no entra en detalles.
El problema era que Sam debía de andar ya por Tailandia, entre monjes y putillas, convertido en el diablo mexicano de Bangkok, con horario de loco. Varias veces le llamé, y todas ellas para nada.
«¿Por qué no llamamos a Vassil?»,me preguntó tía Corina, y me pareció bien.
Vassil Dimitrov fue médico antes que anticuario. Escapó de la URSS de Kruchov en cuanto vislumbró una rendija y vagó durante años por Europa y América, hasta que se instaló en Frankfurt, dedicado a vender antiguallas y cosas que lo parecieran y a dar cobijo en su caja fuerte a mercancías de origen delicado. «Llámalo y pregúntale si no le importa darse una vuelta por Colonia para inspeccionar la catedral», y así lo hice. Descolgó una mujer. Como sólo parecía conocer el idioma alemán, que yo no domino, le pasé el teléfono a tía Corina, que intercambió con ella apenas un par de frases antes de colgar. «Vassil está muerto», me informó, con la mirada un poco ida. «Murió hace más de cuatro años», y cerró los ojos, supongo que para reconstruir la imagen de Vassil en su memoria. «A este paso, va a hacernos más falta un médium que un teléfono.»
Volví a llamar a Sam. Tampoco.
«Pues tú decides, ¿seguimos o lo dejamos?» Pensé en el anticipo: una pequeña fortuna en forma de cheque sin cobrar, que alegraría nuestras finanzas. Pensé en el negocio fallido con el argentino Casares. Pensé en lo breve y estrafalaria que puede ser la vida y en lo complicado que resulta subsistir sin sobresaltos ni tribulaciones. Pensé en la vejez galopante de tía Corina y pensé también en mi vejez, que canturreaba ya a la vuelta de la esquina próxima, pintarrajeada, con los tacones desmochados, con el bolso atestado de medicinas contra el dolor. «Por mí, adelante», le dije, porque hay ocasiones en que la sensatez se pone temeraria. De manera que, saltándonos a la garrocha la exigencia de Sam de trabajar con quien él nos indicase, empezamos a ponderar las cualidades de los distintos profesionales del gremio, a la búsqueda del personal idóneo.
«¿A la búsqueda del personal idóneo?», es posible que se pregunten ustedes. Y aquí se impone una explicación, a saber: tía Corina y yo, como en su día lo fue mi padre, somos gestores y organizadores de operaciones diversas, pero jamás sus ejecutores. Quiero decir que es más que probable que ustedes se mueran sin habernos visto trepar por los contrafuertes volantes de una catedral, romper una vidriera, descender por una cuerda hasta la nave, descerrajar el sagrario y salir de allí con un cáliz de oro del siglo XIV incrustado de zafiros, esmeraldas y amatistas, por ejemplo. No es esa nuestra tarea en este mundo. Nosotros, si recibimos un encargo de ese tipo, estudiamos, in situ y en planos, la estructura de la catedral en cuestión, hacemos un informe sobre su sistema de seguridad, su horario de apertura al público, etcétera; nos documentamos -por simple gusto, por mera curiosidad en la mayoría de los casos- sobre el cáliz del siglo XIV, pensamos en la persona adecuada para llevar a cabo la operación, le hacemos una oferta, le sugerimos un plan de actuación acorde con la información acumulada, le recogemos la mercancía lo antes posible y se la entregamos a quien corresponda en el lugar y hora que nos haya indicado. No es lo que se dice una epopeya, pero, aun así, les aseguro que resulta más cómodo relatar el proceso que llevarlo a cabo.
Con arreglo al escalafón y a la jerga del gremio, tía Corina y yo estamos en la categoría de los denominados «cobardes», aunque espíritus más amables se refieren a nosotros como «la retaguardia». La nuestra es, en definitiva, una labor de corretaje de mercadurías en las almonedas de un hampa de guante blanco, con un margen de beneficio que suele rondar el cuarenta por ciento del monto acordado por la operación. Ahora bien, si el cálculo de la estrategia degenera en un azar incontrolable, la cosa acaba en déficit, de lo que se resienten no sólo el bolsillo y el ánimo, sino también -y sobre todo- el prestigio: no sólo pierdes dinero, sino también la posibilidad de ganarlo, porque las noticias de las pifias las divulga la estafeta del viento, que siempre va con sellos de urgencia, y cuesta mucho borrarse el estigma de perdedor.
Por si acaso les interesa, les diré que entre los riesgos principales de nuestra profesión se cuentan los llamados «mensajeros falsos»: infiltrados policiales dedicados a tramar operaciones ficticias para intentar echarnos el guante, como es lógico, pero también para crearnos un clima de desconfianza, ya que se trata de una estrategia de eficacia sobre todo psicológica: no puedes fiarte de cualquier desconocido que te llegue con un ábrete-sésamo, lo que constituye un método muy astuto para reducir nuestro ámbito de operatividad y para condenar el gremio a la endogamia, por así decir, y más de cuatro andan penando a causa de su candidez o de su codicia, que siempre es ciega, o tuerta como poco.
Por otro lado, si algún factótum acaba entre rejas, el asunto se complica, ya que en el trato verbal suele contemplarse la cláusula de que el llamado cobarde tiene la obligación de asumir todos los gastos procesales que acarree esa contrariedad y de pasarle una pensión mensual al desventurado mientras cumpla condena, lo que es ya la ruina. En caso de incumplimiento por parte del cobarde, el factótum encarcelado (al que en la jerga de la profesión se conoce por el nombre genérico de «conde de Montecristo») adquiere el derecho moral de poder delatarlo sin que ello le reporte entre los del gremio una fama de confidente, que es fama mala en cualquier gremio, incluido el de los confidentes.
Una moral, en suma, un tanto asquerosilla, como casi todas, pero al fin y al cabo inevitable: la jacarandaina también necesita vivir atemorizada por sus propias leyes.
Tía Corina, mi padre y yo tuvimos una vez en la cárcel a Teo Friber, que conoció la prosperidad gracias a uno de esos golpes estelares de la suerte: estaba él en 1971 en Leningrado, atento a algún trapicheo cuya índole desconozco, cuando por casualidad se topó con un borrachín nativo que, tras muchos tanteos de desconfianza, le confesó, entre vaso y vaso, que tenía algo que podría interesarle, ya que Teo le había revelado su condición de marchante artístico. En esos casos, lo frecuente es que el tipo acabe enseñándote unos cuadros post-impresionistas que pintó su abuelo o una cacerola abollada que él imagina prehistórica. De todas formas, por respeto a la ley del por si acaso, se subió Teo de paquete a la motocicleta de aquel sujeto, que puso rumbo a las afueras de la ciudad. Cuando llegaron a una dacha ruinosa, el ruso le abrió un baúl repleto de iconos antiguos. Más de treinta. Un par de ellos del siglo XV, media docena del XVI y los restantes del XVIII y del XIX. Por lo visto, había encontrado aquel baúl bajo tierra hacía cosa de un año, cuando cavaba una fosa para enterrar un caballo de unos parientes suyos que murió de una anemia infecciosa o de algo parecido a eso. Con arreglo a la hipótesis del ruso, un grupo de terratenientes asustadizos, ante el temor de que los revolucionarios de Octubre se dedicaran a mandar a los creyentes junto a su dios por el camino más corto, habrían decidido enterrar los iconos heredados de una larga cadena de antepasados devotos, con la esperanza de poder recuperarlos una vez que los bolcheviques se calmasen. El hecho de que los iconos siguieran bajo tierra en 1970 sólo podía significar una cosa: que ninguno de sus propietarios logró sobrevivir a aquella confabulación de malentendidos escabrosos que propició la Revolución, hasta convertir Rusia en un matadero a escala industrial en los tiempos de Stalin, que tan mal hizo en nacer.