Simone recogía cuanto papel tiraba o desechaba el príncipe, ya fuesen borradores, anotaciones triviales, cartas ajenas o incluso facturas y cajetillas vacías de tabaco, lo que le permitió hacerse con un archivo intrascendente, aunque curioso, de aquel noble que, al final de su vida, tocó con dedos de mago taciturno el arte milenario de la ficción.
En mitad de una mala racha, el Falso Príncipe le encomendó a mi padre aquel archivo casual de bagatelas -muchas de ellas consistentes en papeles rotos y luego pegados con cinta adhesiva- para que lo colocase en el mercado, y mi padre consiguió al final un buen dinero gracias al entusiasmo fetichista de un erudito inglés que pujó por él -contra clientes simulados- en una subasta de la casa Putman y que al poco escribió una biografía del príncipe siciliano en la que no menciona a Simone, cosa que a Simone le dolió más que una mala muela.
Con el paso del tiempo, a Simone se le disiparon sus humos nobiliarios, aunque jamás renegó de su apodo, cuyo uso él mismo alienta todavía y por el que se le conoce en la profesión, en la que ingresó a mediados de los setenta con el sonado golpe de las alhajas austriacas, aunque pocos años más tarde, cuando se le manifestaron sus problemas de hipertensión y de vista, se limitó a asumir el papel de asesor de dudosos, pues siempre ha sido hombre de muy buen sentido, al margen de sus ventoleras principescas de juventud.
Hubo un tiempo en que el Falso Príncipe estaba al tanto de todo y ofrecía soluciones razonables para asuntos enconados, y buscaba intermediarios fiables, y la gente le confiaba la elaboración de planes dificultosos y arriesgados, pero eso ya pasó, y recurrir hoy por hoy a él viene a ser algo así como aplicar una sangría con sanguijuelas a alguien que padece un cáncer de pulmón, que fue precisamente por donde le entró la guadaña a Lampedusa.
«Tenemos que ir a ver sin falta al Falso Príncipe. Él sabrá sacarnos de este embrollo», insistía tía Corma, que en el fondo es muy ancien régime.
8
El Penumbra a las claras.
Un chagall multiplicado.
Sam Benítez no paraba de llamar. Cristi Cuaresma, en cambio, no contestaba ni uno solo de los muchos mensajes que le dejaba en el contestador, detalle que me resultaba menos irritante que sorprendente, dado su ímpetu por ponerse a la tarea.
«A mí ese putito me gusta menos que a ti. Pero si ella está emperrada en trabajar con él, ¿qué carajo podemos hacer nosotros, compadre? Está borrachita de amor la tía loca», me razonó Sam desde Savanna-la-Mar, allá en Jamaica, adonde había saltado después de sembrar el pánico de sus libertinajes en tierras tailandesas. Le repliqué que lo sensato sería prescindir de los dos. «¿Y a quién buscamos, güey? El gallinero está bien chingado», y en ese punto tuve que callarme, porque era cierto. «Llama a Gerald Hall, que lo sabe todo. Él te ayudará segurito a localizar al Penumbra», me sugirió, aunque era un recurso que tenía yo previsto, porque Gerald, aparte de ser verdad que está al tanto de todo lo que se mueve en el submundo londinense, tuvo empleado durante un tiempo al Penumbra en la casa Putman y era probable que supiera darme norte de él.
Supongo que para infundirme tranquilidad, Sam Benítez me comunicó que, una vez que estuviésemos en Colonia, se incorporaría a la operación, aunque sin cobrar nada por sus servicios, Tarmo Dakauskas. «¿Quién?» Era la primera vez que oía ese nombre, un nombre que, según el relato precipitado de Sam, correspondía a un estonio de habilidades múltiples, ya que había sido espía al servicio de la URSS, soldado de fortuna durante la guerra de los Balcanes, instructor militar en diversos frentes y mediador en operaciones de canje de prisioneros en Irak. «Con él estaréis seguros», me aseguró, a pesar de que, de entrada, el tal Tarmo Dakauskas presentaba un perfil inquietante incluso como aliado. «Pero tienes que darte prisa, ¿va?»
«Hay que ir a ver enseguida al Falso Príncipe», insistía, por su parte, tía Corina.
Y yo estaba hecho una madeja, debatiendo conmigo las opciones, entre las que parecía imponerse la que me resultaba menos apetecible: localizar al Penumbra y llegar a un arreglo con él.
Se supone que el Penumbra debía de estar en Londres, que es su paradero habitual, a pesar de haber tenido que pasarse una temporada deambulando por las dos cuartas partes del mundo para esquivar el afán de venganza de un coleccionista de arte venezolano que controla la red de prostitución de elite de Caracas.
El caso es -o al menos eso se cuenta- que aquel venezolano exquisito le encargó al Penumbra que robase del Museo Judío de Nueva York el cuadro de Chagall titulado Estudio para una pintura sobre Vitebsk, valorado en casi un millón de dólares, que se exhibía en el citado museo como pieza de una exposición temporal. Así que el mismo día en que se inauguraba la muestra, el apodado Penumbra, con la colaboración del aborigen Terry Shaw y del mexicano Marcos Montenegro, descolgó aquel cuadro de la pared y se lo llevó. «Aquello fue como robar una cereza en una lonja de fruta», según Montenegro, que fue quien divulgó los detalles del caso, al parecer como venganza por no haber visto ni un dólar, detalle que embetunó aún más la reputación del hijo de Honza Manethová.
Una vez en posesión de aquel cuadro, el Penumbra no tuvo mejor ocurrencia que encargar una copia urgente a Leo Bruzt, el maestro falsificador de Filadelfia que logró colocar media docena de piezas de primer orden al magnate Frick, por ejemplo. Acostumbrado a remedar las ondulaciones de la mano de tipos como Vermeer o Rembrandt, Leo debió de emplear apenas diez minutos en copiar al detalle las marañas oníricas del ruso. Y aquella copia fue la que el Penumbra entregó al venezolano, convencido -a fuerza de candidez e inexperiencia- de que el cliente no estaría interesado en implicar en el asunto a ningún experto, alentado tal vez el hijo de Honza por la falsa premisa de que en tales casos conviene reducir lo más posible el ámbito de popularidad, al no poder confiar uno ni en la discreción de los ciegos sordomudos que acaban de morir. Pero, contra aquel pronóstico imprudente, y según era lógico, el venezolano requirió la asistencia de un tasador, que no tardó en certificar la falsedad del cuadro. Y el venezolano se sintió, en fin, como se sentiría cualquiera: presa de un arrebato mixto de humillación y de estafa, sobre todo si se tiene en cuenta que ya le había satisfecho al Penumbra el total de los honorarios acordados.
A esas alturas, el Penumbra -siempre según la versión de Montenegro- había volado con el chagall auténtico a Londres, dispuesto a colocarlo a través de un profesional de solvencia reconocida, pues nadie calculaba que el ámbito de acción del talento del Penumbra llegase a mucho más que a concebir la ocurrencia de montar un tenderete en el mercadillo de Portobello y poner a la venta el chagall junto a quemadores de incienso hindúes, efigies de Bob Marley y ceniceros en forma de calavera.
Cuando el venezolano localizó al Penumbra, le expuso la siguiente disyuntiva: el cuadro y el dinero o matarile. La cosa podría haberse arreglado sin llegar a mayores, pero el caso era que el Penumbra seguía teniendo el cuadro, aunque al parecer se había fundido el dinero en pagar deudas peligrosas y en habilitar la sede de una sociedad dedicada a la predicación de las doctrinas del Lado Oscuro.
En beneficio del enredo, el Penumbra le perjuró al venezolano que el cuadro que le había entregado era el que descolgó del Museo Judío y que si los responsables de los museos se dedicaban a exhibir falsificaciones, él no tenía la culpa de aquella desvergüenza. Según era previsible, tampoco desechó el argumento de que el tasador podía haberse equivocado. Pero el venezolano no era, al parecer, de carácter voluble: «Escucha, carajito: el cuadro y el dinero o matarile», y ahí se cerró en banda. «El cuadro», se rindió al final el Penumbra. «Y el dinero», añadió el venezolano, porque se ve que aquello había derivado en una cuestión de orgullo.