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Fuese lo que fuese lo que me echó el Penumbra en el café, no me libró de sueños inquietos. Me desperté cansado y turbio, con el pensamiento enmarañado de visiones inquietantes (viajes a la nada a través de la nada, difuntos, animales de bestiario) y además con la espalda dolorida.

En el cuarto de baño había dos pequeños acrílicos de Hopper -uno de tema doméstico y una vista brumosa del puente de Brooklyn-, una bañera romana sostenida por cuatro patas de fauno de bronce, una imitación dieciochesca -calculé- del torso de algún dios griego decapitado y una butaca Luis XVI tapizada en crudo. Fui luego a la cocina para prepararme un café, pero no logré descifrar el mecanismo de la cafetera, de modo que tuve que prepararme un té, que a mí siempre me ha sabido a lechuga hervida con melaza. En la cocina, por cierto, colgaba un bodegón de Jean Arp, con frutas ondulantes; un collage de Cernigoj, varios bocetos de figurines firmados por el futurista Enrico Prampolini (con el sello del Museo Národní de Praga, lo que despejaba cualquier duda sobre los azares que los llevaron a la cocina londinense del Penumbra) y un móvil calderiano que, visto lo visto, podía ser de Calder. No estaba mal, desde luego, para un muchacho que, pocos años antes, cargaba y descargaba furgonetas a la puerta de Putman.

Me bebí el té con la nariz tapada, como quien dice, y me disponía a irme cuando salió de su dormitorio el señor de la casa, envuelto en un albornoz de fantasías helicoidales que parecía diseñado por el ya citado Prampolini, apologista de la velocidad y del dominio del aire como reconstituyentes de los valores emocionales y de las posibilidades estéticas. «Buenos días.» Aún no eran las nueve de la mañana, y aquello echaba por tierra la leyenda del noctambulismo impenitente de mi anfitrión. «Siéntate. No hay prisa. ¿Un café?», y le dije que sí, pero que sin aditivos. Sonrió. «Es que a veces conviene dormir bien para tener la cabeza en su sitio a la mañana siguiente.» La situación presentaba el viso, no sé por qué, de un pequeño secuestro.

«Me doy una ducha y enseguida estoy contigo. Te pongo las noticias», y encendió el televisor.

Al principio no entendí de qué se trataba. Coches policiales. Gente confundida que corría. Gente ensangrentada. Charlistas y analistas conjeturando conjeturas. Al poco, monté el rompecabezas: varios atentados en el metro y en un autobús. Muertos, centenares de heridos. Y esa armonía caótica de los desastres, con su clima de realidad en desbandada.

El Penumbra salió del cuarto de baño. «Como ves, no era un buen día para andar por ahí. Aquí estabas más seguro.»

Londres era una ciudad paralizada. Desde la terraza veía calles desiertas, y ya saben lo que eso significa para mí: miedo. Mi miedo subconsciente. Mi miedo sin porqué. Mi miedo en vano.

A lo lejos, el grito circular de las sirenas.

«¿Cómo sabías que hoy…?» El Penumbra se encogió de hombros: «Lo sabía. A veces sabes cosas que no quisieras saber, pero que te conviene saber cuanto antes».

El hijo de Honza había resultado ser no ya una caja de sorpresas, sino más bien una caja de sobresaltos.

«¿Quieres que hablemos de lo de Colonia?», y le contesté que sí, porque, a esas alturas, tenía asumido que con el Penumbra había que hablar en serio: no sabía yo con exactitud si era bufón o monarca, pero, en el peor de los casos, podía ser el bufón que conoce los secretos de algún rey.

«Pues bien, lo de Colonia es una operación fracaso. Ya sabes: te han contratado para que la cagues, ¿me explico?»

En la jerga gremial, utilizamos para ese tipo de operaciones -por fortuna infrecuentes- el falso latinismo corpus vile: el objeto de un experimento, al margen de la suerte que corra el objeto en cuestión. (Un corpus vile puede ser una rata o puedes ser tú.)

«El caso es que nadie sabe qué hay en ese relicario, aunque todo el mundo sabe que no son los restos de los Reyes Magos, por supuesto. No sé si me explico: la tumba de Mickey Mouse tiene que estar por fuerza vacía», prosiguió. «Hay quien dice que allí están las reliquias de Simón el Mago, del falso Smerdis y de Caín. Una bomba de malicia.» Y asentí. «Pero eso sería demasiado bonito, ¿verdad?» Y de nuevo asentí, porque la verdad es que se pasa uno media vida asintiendo a cosas con las que no puede estar de acuerdo ni por mera cortesía. «¿No te parece?» Y asentí.

De Simón el Mago creo haber hablado ya. De todas formas, demos un repaso a ese trío para refrescarnos un poco la memoria, que es una facultad del alma demasiado inestable.

Simón el Mago logró encantar a los habitantes de Samaría con sus artes truculentas, hasta el punto de ser tenido por la fuerza de Dios en nuestro mundo. Fue seguidor de Felipe el Diácono, de cuyos milagros se maravillaba, hasta que los apóstoles Pedro y Juan se olieron las intenciones hipócritas de Simón y lo reprendieron duramente por querer comprarles el don de impartir la gracia del Espíritu mediante la imposición de manos, sacramento que sólo los obispos podían conferir. Hasta aquí el relato bíblico. Algunos padres de la Iglesia como san Ireneo, Tertuliano y Teodoreto nos proporcionan datos sobre las andanzas posteriores del gran impostor, así como de su evolución ideológica.

Al entender de Simón, las tropas angélicas, por ejemplo, se habían rebelado contra Dios para hacerse con el dominio del universo y, si bien su ambición no se había colmado, gozaban de una amplia potestad, de modo que había que apaciguarlos mediante sacrificios, a fin de que no trastornasen nuestros designios terrenales ni acelerasen nuestra muerte. Simón abominaba del Antiguo Testamento por creerlo inspirado por los ángeles, negaba además el libre albedrío, fue pionero de la propagación de la herejía gnóstica y formó dúo con Elena, putilla de Tiro, a la que ascendió a rango de deidad. (En sus juegos trascendentales, Simón llegó a asumir la identidad de Júpiter y de otorgar a Elena la de Minerva, que ya en una reencarnación anterior había sido Helena de Troya.) Tras unos años de peregrinaje, Simón llegó a Roma, donde se dio a conocer con el nombre de Faustus (el afortunado, el próspero), y no tardó en congeniar con el emperador Nerón, predispuesto por naturaleza a cualquier tipo de entretenimiento. Al parecer, el mago prometió al emperador elevarse en el aire, propulsado por ángeles, para remedar de ese modo la ascensión de Cristo. Según dicen, el voletío paródico de Simón iba bien hasta que aparecieron por allí san Pedro y san Pablo, que, con la fuerza magnética de sus oraciones, hicieron que el Faustus infatuado se desplomara, cayendo a tierra muy maltrecho de cuerpo y de espíritu «y muriendo a los pocos días de rabia y de despecho», según nos cuenta el reverendo Alban Butler en su Vida de los santos.

La historia de Smerdis es la de otra gran impostura. Aprovechando que Cambises II, rey de Persia, se hallaba en Egipto amargándole la vida a Samético III, un sacerdote medo llamado Gaumata se hizo pasar por Smerdis, hermano menor del rey. (Estamos, por cierto, en las postrimerías del 500 a. de C, si no me equivoco.) Hay quien supone que detrás de aquella estratagema se escudaba una sublevación de la casta de los magos de Media, de la que Gaumata era jefe, ya que Ciro II el Grande, padre de Cambises II, fue el aniquilador del imperio meda, y a nadie le gusta que le aniquilen el imperio.

Cambises sabía de sobra que Smerdis no podía haberse sentado en su trono, ya que él mismo había ordenado matar a su hermano antes de su partida para evitar que se encaprichara de repente con el poder y tramase alguna traición. Proclamó Cambises -a quien Heródoto nos pinta como sacrílego, iracundo e inhumano- la falsa identidad de aquel Smerdis, aunque intentó mantener en secreto el asesinato de su hermano, pero el caso es que Cambises no tardó en reunirse con el verdadero Smerdis, ya que murió, por causas no precisadas, en el camino de regreso a su palacio usurpado. (Hay quien baraja la posibilidad del suicidio, quien conjetura un mero accidente y quien sospecha un magnicidio alentado por el mago usurpador.) Las tropas póstumamente leales a Cambises dieron muerte al final al Smerdis apócrifo, que reinó durante unos siete años, y entronizaron a Darío I.