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Aquella tarde, tía Corina propuso que fuésemos a ver F for Fake, la película de Orson Welles, híbrido de documental y fantasía, como ustedes saben. La echaban en la Casa de la Cultura, en versión original, con cine forum posterior, a la manera de los viejos tiempos, cuando la gente confiaba en el intercambio enriquecedor de las opiniones peregrinas. Tía Corina tenía interés en volver a verla porque conoció mucho al protagonista principaclass="underline" aquel falsificador húngaro que se hacía llamar Elmyr d'Hory cuando no se hacía llamar Joseph Dory, Elmyr Herzog o Louis Cassou, entre otros pseudónimos, que salen gratis, y que pasó en Ibiza los últimos años de su vida en rosa, reclamado por tribunales de varios países, hasta que el gobierno francés obtuvo una orden de extradición en 1976 y, según se dice, Elmyr, ante la perspectiva cierta del encarcelamiento, se suicidó. «¿Cómo iba a suicidarse Elmyr?», se preguntaba tía Corina. «Elmyr es muy blando de carácter, y coquetea con el suicidio por la misma razón por la que coquetea con todos los hombres menores de cincuenta años que se le ponen por delante. Es decir, sencillamente porque es un coqueto. Pero ¿suicidarse? ¿Elmyr? No. Aquello fue una farsa, su penúltimo fraude. Seguro que Elmyr anda por ahí bajo quién sabe qué nombre, vendiendo a los marchantes sin escrúpulos esas falsificaciones tan horribles que hace de Modigliani, de Matisse y de Picasso, organizando fiestas y persiguiendo pantalones.» Lo que tía Corina no se paraba a considerar ni por un instante era el detalle de que Elmyr había nacido en 1906 (si el coqueto no se quitaba años), así que, de estar vivo, rozaba el siglo, que es ya una edad difícil para casi todo, incluido el vivir. Pero, bueno, al fin y al cabo, a partir de cierta edad tendemos a dar por sentado que nuestros contemporáneos son vagamente inmortales, por la cuenta que nos trae.

Le dije a tía Corina que fuese ella con el primo Walter, porque prefería quedarme en casa. Pensando. Pensando seriamente en lo que, sin más demora posible, se nos venía encima. Y eso fue lo que hice hasta que, a fuerza de pensar, me quedé en blanco. En blanco y abatido, como debió de sentirse el pobre Elmyr d'Hory cuando se enteró de que los franceses habían invadido su país de ilusionismo por vía burocrática y cuando se dio cuenta -ay- de que la mayor falsificación imaginable es la propia realidad: el espejismo de un espejismo de un espejismo reflejado en el espejo hundido en el fondo de un lago transparente.

(Ah, por cierto: y Narciso, con gafas de miope, escrutando su reflejo en ese espejo náufrago y preguntándose: «¿Quién será ese monstruo?».) (Y no sé si me explico.)

14

Otra aparición familiar.

Incidente en el Club Pink 2.

El zapatero esoterista.

Preparativos para el viaje.

La contrariedad forma aludes. La araña teje su tela en torno a sí misma. Los búfalos van en manada. Los intrusos vienen siempre en cadena. Etcétera.

Digo esto porque por casa apareció de repente, sin avisar, como una epifanía pesarosa, Neculai, el hermano pequeño de tía Corina, que jamás había puesto un pie más allá de Bacau y que había sentido una curiosidad repentina por echarle un vistazo a otros lugares del mundo, para no irse de él sin disfrutar de los placeres contradictorios de un viaje, pues quiere la superstición moderna que quien no viaja no es más que un desdichado, y eso parece regir incluso en Rumania.

Neculai había escrito para anunciar su visita, pero el caso es que la carta llegó cinco o seis días después que su autor. Tía Corina y él no se veían desde hacía más de veinte años, cuando ella, camino de Estambul, pasó por la hacienda cercana a Bacau para reencontrarse con aquellos extraños que eran sangre de su sangre y comprobó que aquel vínculo no podía diluirlo del todo la distancia, pero quedaba basado en una aberración temporaclass="underline" la familia de tía Corina vivía un siglo por detrás de ella, como si fuesen sus antepasados, entre animales y aperos, entre fango y nieve, con resignación del destino al calor de una estufa de leña en su cabaña sombría y musitando leyendas de espíritus repetidas noche tras noche para matar el aburrimiento.

Rústico, sesentón, soltero y taciturno con aspecto -no sé- de orinar ceniza, Neculai había visto un mismo paisaje durante demasiado tiempo, hasta reducir su compresión de la realidad a ese paisaje inalterable y sentirlo suyo del mismo modo en que alguien siente suyo el cáncer que le carcome: el dragón que está ahí, el dragón al que alertas.

Después de pasarse más de medio siglo ejerciendo de mago con el terruño (la semilla arrojada, brote frágil, el fruto en sazón), Neculai había decidido asirse a la vida, a la extraña vida que sucedía fuera de los Cárpatos, dispuesto a asombrarse de todo y a la vez de nada, porque el curso natural del vivir suele anular la capacidad de sorprenderse desde la inocencia, y sin inocencia no hay auténtica novedad posible, según sabe todo el mundo salvo los inocentes, así que Neculai se dedicaba a mirar todo con estupor y con el rabillo del ojo, con la desconfianza propia del intruso.

Tuvimos que acomodarlo en la biblioteca, en un colchón hinchable, porque la casa se nos había quedado pequeña con aquel dúo de parientes imprevistos, y para nada fue buena idea, porque observaba aquellos rimeros de volúmenes con sobrecogimiento, empequeñecido de alma ante la materialización de una sabiduría para él inabarcable, y no me extrañaría que padeciese pesadillas de trama bibliográfica con libros vivientes que se le metían dentro de la cabeza, al estilo de la habilidad que practicaba aquel personaje torturante de Canetti.

Tía Corina y su hermano se pasaban horas hablando de sus asuntos, imagino que mareando almanaques, entre sonrisas de ella y encogimientos de hombros de él, a quien se le notaba el ánimo muy raso. Me costaba trabajo aceptar que aquellos dos seres hubieran salido de un mismo vientre: tan vivaz tía Corina, tan sepulcral Neculai. El primo Walter, mientras tanto, seguía con lo suyo; es decir, trayendo a muchachas y filosofando en torno al eje bamboleante de su ingenio, que empezaba a cansarme: «¿Sabes una cosa, primo? Cada vez que deseamos a una mujer y no la conseguimos, se produce en nuestro cerebro una conmoción importante. Bummm. Millones de neuronas medio muertas. Grandes vertidos tóxicos que contaminan los canales venecianos de la mente. Y allá va Sigmund Freud, vestido de gondolero, remando a toda mecha, susurrando "Hostias, qué lío. Yo me largo de aquí". Porque ni siquiera Sigmund conoce un remedio para eso, ¿me explico?».

La casa se nos había convertido, ya ven, en un asilo de almas perdidas, refugio de parientes desnortados. Walter se despedía del mundo y Neculai procuraba descubrirlo. Y Sam Benítez no paraba de llamar. Y Cristi Cuaresma no paraba de llamar.

«¿Te importaría pasar por lo de Andrade y recoger unos zapatos que le dejé allí la semana pasada?», me preguntó tía Corina cuando salí a comprar el periódico. La pregunta era sencilla, pero la respuesta no. Porque sí me importaba pasar por el cubil de Andrade, zapatero remendón y, a la vez, la persona más pretenciosa y perturbada de cuantas conozco, aun habiendo dedicado gran parte de mi vida a bregar con gente de ese talante. «Los necesitaría para Colonia. Son unos zapatos muy cómodos», y le dije que por supuesto, aunque se me puso el ánimo de sacrificio.

Andrade es hijo de exiliados y pasó la niñez en Francia, hasta que sus padres murieron y unos parientes de aquí, con mano en la oficialidad, lo adoptaron en mala hora, porque en Francia los chiflados tienen al menos algún porvenir como poetas vanguardistas. Y así, entre tumbo contrario y tumbo adverso, tras defraudar la aspiración familiar de verlo convertido como poco en abogado, Andrade acabó, ya digo, de zapatero remendón, oficio que practica con buen arte, pues rejuvenece cuanto zapato pasa por sus manos, a pesar de ser los zapatos uno de los objetos más vulnerables al envejecimiento prematuro, más incluso que nuestra cara.