En su negocio se mezclan los zapatos desportillados y los libros sobre cualquier asunto que no tenga nada que ver con la realidad, y lee Andrade mientras no faena, y mientras faena rumia lo leído, y así va intoxicándose la razón.
Siempre y cuando no se manifieste como una patología dolorosa, la locura ajena puede constituir un espectáculo ameno, no digo yo que no, sobre todo cuando te importa poco quien la exhibe, ya que la locura de puertas para adentro representa otro cantar, bastante menos melódico. Hay a quienes divierte la camaradería ocasional con la raza de los trastornados: algo así como tratar de cerca a un duende huido del país en que los árboles vuelan y los peces comen gatos, por esa maña que tienen los majaras de aplicar a la realidad una lógica circense y de convertir el pensamiento en una broma. Pero, aparte de que no le encuentro ninguna diversión a la locura, Andrade no tiene ni gracia: la suya es la locura del pelmazo. Hablas dos minutos con él y es lo mismo que si te leyeras de cabo a rabo el archivo de un psiquiatra a punto de jubilarse, porque la suya es una especie de locura intensiva, y cada palabra que pronuncia parece pesar lo que mil para su oyente.
Para redondear la peculiaridad de su perfil, Andrade es devoto del ocultismo y no hay factor mistérico que deje sin palpar con su ingenio tarumba, en el que tiene un altar el doctor Nostradamus, a quien algunos de sus contemporáneos atribuyeron la voz de Satán en la Tierra y a quien otros -como Rabelais, por ejemplo- tomaron a pura chirigota. El zapatero Andrade anda empeñado en interpretar las profecías aún incumplidas del vidente provenzal, y en eso emplea buena parte de sus tramos de ocio, lo que no parece tarea idónea para un desequilibrado, ya que mejor haría en ocuparlas en faenas intelectuales un poco más balsámicas para el entendimiento. Por contagio, Andrade anda empeñado en formular adivinanzas muy retorcidas que no hay quien resuelva, aunque cabe decir en su favor que no le ha dado por redactar profecías rimadas a la manera de su maestro: él se conforma con torturar a sus clientes con charadas y acertijos que ni siquiera riman, porque se ve que tampoco goza del favor de Erato, musa de la poesía de vuelo lírico.
Supongo que, para un loco, la buena suerte consiste en ver confirmado el fundamento de su locura. Y Andrade tuvo un gran golpe de suerte…
Andaba buscando un local para su negocio, por tener que desalojar el que entonces ocupaba, y alquiló un cuchitril medio en ruinas en lo que fueron las caballerizas del palacio del conde de Huéjar, a dos pasos de nuestra casa. Durante las obras de acondicionamiento, el albañil que llevaba a cabo la faena dio con un portillo tapiado al picar la pared. Resultó que aquel portillo conducía a un sótano sostenido por cuatro columnas cuyos capiteles representan escenas grotescas: un monje que devoraba a un niño, un demonio que sodomizaba a una monja con cara de salamandra, un murciélago con genitales de hombre y tocado con la tiara papal y un ángel empalado. Las paredes eran de ladrillo visto, y una de ellas se adornaba con una pintura mural de tema báquico y de trazo tosco, con faunos, sátiros, ninfas libertinas y ese tipo de gente.
Tiempo le faltó a Andrade para descender allí y dar carta blanca a los ensueños, que no serían poca cosa, y le indicó al albañil que por nada del mundo recegara aquel portillo que daba acceso a su cueva particular de Montesinos, y así quedó la cosa.
El suelo de aquello está siempre con un dedo de agua, por las filtraciones, y una bombilla pelada ilumina el subterráneo repleto de insectos de humedad, con tufo a mundo muerto. Andrade, en sus desvaríos, está convencido de que aquello fue la cripta sacrificial de alguna secta, por más que los técnicos del Ayuntamiento le aseguren que se trata de una bodega que mandó construir en la década de los sesenta el llamado conde Albertito, que murió soltero y sin gran cosa hará unos quince años, después de una vida marcada por las estupideces, entre las que se contó la de edificar aquel sótano de vocación más o menos sacrílega para reunirse allí con sus amistades, que según dicen eran de pronóstico. Aun así, Andrade le muestra con orgullo la bodega a quien se deja e incluso a quien no, y por propiedad suya la tiene, aunque parece ser que está en marcha un expediente de expropiación y un proyecto de rehabilitación integral del palacio para darle uso como dependencias municipales, en buena parte por presión vecinal, ya que aquello se ha convertido en urinario y en refugio de ratas, de manera que Andrade no sólo va a quedarse sin cripta, sino también sin local. Pero, mientras sí y mientras no, se permite elaborar leyendas libres en torno al recinto, leyendas que él mismo acaba por creerse, según es habilidad de muchos locos: «Aquí, justo en el centro, se colocaba a la víctima y, entonces, los caballeros, con sus cuchillos, uno por uno, iban…». Y así.
«Vengo por los zapatos de mi tía», le dije a Andrade, que andaba absorto en sus remiendos y en sus cavilaciones difíciles. Me miró y, sin decir palabra, cogió los zapatos de una estantería, los metió en una bolsa y los puso encima del mostrador. «Diez euros.» Por un instante, creí que iba a librarme de sus peroratas habituales, esperanzado de que la medicación lo mantuviera en estado neutro, pero la vida es un asunto duro: «Oiga, mire usted. A ver si es capaz de resolver esto», y me soltó la siguiente adivinanza:
Si lo pides en Bretaña,
podrás escribir con él
el pan que habrán de darte
si lo pides en Francia,
a la vez que nombrarás allí
a un Anticristo de pacotilla.
Me quedé como acaban de quedarse ustedes. «Le doy cinco minutos para encontrar la solución. En caso contrario, me sentiré con derecho a dudar de su inteligencia y a proclamar su ignorancia a los cuatro vientos», que es la fórmula retadora que aplica a todo el mundo. «Tengo prisa», me disculpé. Pero él contraatacó: «Prisa no, lo que usted tiene es vergüenza. Vergüenza de su incultura».
Por no sé qué razón, a tía Corina le inspira lástima este lunático, y hasta da la impresión de que está deseando que se le gasten las suelas para darle labor, pero a mí Andrade me inspira cualquier cosa menos lástima.
«De acuerdo. Lo que usted quiera, Andrade.» Recogí los zapatos y me di media vuelta. «Espere, cobarde. Le concedo diez minutos.» Pero seguí mi camino, aunque les confieso que buscando la solución de la adivinanza, ya que el pensamiento es un artilugio de arranque automático, no siempre para bien.
Detrás de mí oía los gritos de Andrade: «¡Pajillero, ignorante, cabrón de la puta cabra!», porque a él se le dispara la coprolalia en el pico de las crisis. «¡El Anticristo de pacotilla es Le Pen! ¡Maricón, indocto! ¡Si pides pen en Gran Bretaña, te darán un bolígrafo y si lo pides en Francia te darán pan, pedazo de sieso!» Y cambió los gritos por las carcajadas.
Enigma despejado, en definitiva, al margen de escrúpulos fonéticos, ya que el acertijo resultaba defectuoso por ese flanco.
El bolígrafo, el pan, Le Pen.
El universo de Andrade, como quien dice.
Y todos pertenecientes a una misma especie animal.
«Pasead un poco a mi pobre Neculai», nos pidió tía Corina a Walter y a mí, porque la verdad era que aquel aventurero tardío no estaba conociendo más mundo que el que se divisaba desde las ventanas de la casa, de modo que tía Corina lo vistió de gala, al menos en la medida de lo posible, y nos lo llevamos a dar una vuelta por la zona noble de la ciudad, procurando entendernos con él por señas, aunque era reservado Neculai incluso para mover las manos.