Hay quienes dan por hecho que Fulcanelli fue un heterónimo colectivo, una especie de Golem al que insuflaron el don de la vida un trío de fascinados: el alsaciano Rene Schwaller de Lubicz (egiptólogo heterodoxo, alumno del pintor Matisse y autor de numerosos libros, entre otras muchas disposiciones y habilidades), Pierre Dujols (helenista entusiasta, en cuya Librería del Maravilloso se reunían aficionados a las ciencias ocultas) y Jean-Julien Champagne (pintor tentado por los grandes secretos y tremendo borrachín).
Pero se puede seguir tirando del hilo: Champagne, después de abandonar a su esposa, acogió a Canseliet como discípulo cuando este era apenas un adolescente, y con él compartió domicilio en París. Según el parecer de tía Corina, la hipótesis más sujeta a fundamento es que, una vez muerto Dujols, Champagne se apoderó de sus escritos inéditos y, con textos de otros autores -incluido Schawller de Lubicz, con quien Champagne llevó a cabo experimentos alquímicos- montó el collage que hoy conocemos como El misterio de las catedrales. «Que es un libro ridículo, aunque muy entretenido, a pesar de lo que pudiera parecer a primera vista», precisó tía Corina. «Y el pobre Canseliet tuvo que apechugar con el peso de toda aquella mixtificación. El conejito blanco del ilusionista convertido en el ilusionista que saca de su chistera el cadáver de un gran conejo.»
Según tía Corina, un estudioso francés había dilucidado las claves que ideó Champagne para que la posteridad lograra identificarlo con Fulcanelli. Un rutinario problema, en fin, de vanidad: fabricar una máscara con tu propio rostro. Según parece, la única firma autógrafa que se conoce de Fulcanelli va precedida de las iniciales A.H.S. Pues bien, en la lápida sepulcral de Champagne, debajo de su nombre, se lee (o se leía más bien, porque la lápida no se conserva) la inscripción siguiente: APOSTOLICUS HERMETICAE SCIENTIAE. Además de eso, en la última página de la primera edición de El misterio de las catedrales aparece un escudo. Y si nos fijamos, Fulcanelli es un anagrama imperfecto -ya que le falta una ele- de «l'écu final», el escudo final. Un escudo en el que se aprecia la leyenda UBER CAMPA AGNA. Y da la casualidad de que el nombre completo de Champagne era Jean-Julien Hubert Champagne.
Y en esas divagaciones y entuertos se nos vino encima la noche.
«¿Y por qué nos ha contado este tipo todas estas pamplinas?», se preguntarán ustedes. Pues porque el azar es muy travieso, y la sombra de todo este laberinto de imposturas se proyectará sobre los sucesos que habrán de clausurar este relato.
Nos levantamos muy temprano y nos fuimos a la catedral Insisto: era la operación más importante que teníamos entre manos desde la muerte de mi padre y la que más habíamos descuidado, dejando correr el reloj y limitándonos a recopilar leyendas ociosas sobre los magos nómadas jugando a las erudiciones indolentes en vez de estudiar un plan viable, como hubiera sido nuestra obligación. Apenas habíamos echado un vistazo al plano del recinto y a la guía turística de Colonia que teníamos en casa: lo suficiente para desalentarnos aún más, si he de serles sincero, porque casi nadie llega a una catedral con las manos vacías y sale de allí con un saco lleno de objetos de oro y con una talla románica bajo el brazo que le queda libre, aunque nuestro botín potencial era más extravagante y más liviano: huesos, cenizas. Huesos y cenizas de quién sabe quiénes. Pero al cabo lo mismo: una basurilla con rango de tesoro. Un puñado de polvo y astillas vigilado como si de verdad fuese un tesoro.
Ante una operación como aquella, mi padre hubiese desplegado toda su profesionalidad, todo su ingenio, que no era poco, y hubiera logrado implicar a los mejores operarios para asegurarse el laurel. Bien es verdad que la profesión ha cambiado mucho en los últimos tiempos: los sistemas de seguridad son más complejos y menos fáciles de burlar, los grandes peristas están más vigilados que los grandes criminales, las policías de todo el mundo están más conectadas que nunca gracias a la red informática, casi todos los que se incorporan a la profesión prefieren trabajar sin intermediarios, la trama de confidentes es cada día más inmensa y efectiva: un monstruo hecho de orejas… Por lo demás, el más insignificante de los museos provincianos es un recinto casi inexpugnable, debido a esa superstición moderna que otorga valor a cualquier chatarra prestigiada por el deterioro y a cualquier pintamonería arropada por conceptos astutos. De todas formas, ya digo, mi padre hubiese salido con bien de una operación como aquella. Eso seguro. Pero el caso es que mi padre estaba muerto.
Y allí nos encontrábamos nosotros, frente a la catedral sobrecogedora, monumento a la vanidad humana transferido a la vanidad divina.
Lamento confesarles -si no lo he hecho ya- que las catedrales no me gustan. Me impresionan las que son impresionantes, por supuesto, porque para eso están, pero no me gustan. «¿Por qué?» Pues por la misma razón por la que no me gustaría irme a la cama con una mujer que midiera nueve metros y que pesara seiscientos kilos: porque la belleza desproporcionada sobrepasa los límites de nuestras facultades emocionales y sensoriales. Puede hechizarnos el funcionamiento de una linterna mágica, pero no el del sol. Puede conmovernos más el trino discontinuo de un pájaro en una mañana gélida de invierno que una coral de quinientas voces acordadas. Puede admirarnos la organización social de un hormiguero, pero no el organigrama de una multinacional. Puede dolemos más una muela que una muerte. Y así. Todo es cuestión de escala: la insignificancia vive alzada en rebeldía contra la grandiosidad. (Un grano en la nariz de Miss Mundo, por ejemplo, vuelve cómica su corona: una corona para un grano, un grano convertido en el centro de gravedad de toda la euritmia triunfante de Miss Mundo.)
Pero ahora permítanme, por favor, una de esas apreciaciones sociológicas de brocha gorda que pusieron en boga los viajeros decimonónicos y que luego han explotado los viajeros posmodernos, a saber: me da la impresión de que a los propios colonienses no les gusta demasiado su catedral vanidosa, y por eso la tienen asediada por todos los flancos. Parece como si pretendieran sepultarla, no sé. Humillar su imponencia. Ponerle biombos: por un lado, la estación ferroviaria, indiscutiblemente espantosa; por otro, el museo Ludwig, que parece una nave industrial; por otro, el cubo de hormigón del museo Romisch-Germanisches. Cristal, metal y cemento contra la piedra tallada, contra la piedra delirante. La fealdad moderna contra la fealdad histórica.
Aun así, hay que reconocer que la catedral de Colonia tiene un factor descabellado que remueve el ánimo, no sé si para bien o para maclass="underline" una mera sensación contradictoria, de tantas. Te sorprende su grandeza, pero también te humilla. Admiras el talento humano para la materialización de lo inútil, pero también te sobrecoge el hecho de pensar que en una mente humana pueda concebirse aquella aberración. Admiras los vitrales, los pórticos, los suelos de mosaico ideados para que nuestros pies se sientan importantes pisando maravillas minuciosas, los retablos y las tuberías del órgano que habla con la voz hueca de la gloria ultraterrena, pero, al contemplarlos, no puedes dejar de pensar en el tedio de los artesanos mientras daban forma a todas aquellas diabluras, porque más parecen diabluras que regalos a Dios: el diablo está siempre a favor de la voluta, de la espiral, del escorzo y del pan de oro, mientras que Dios es -si algo es- un vacío blanco. (Las cosas, en fin, de las catedrales, ya saben.)