Nos quedamos un rato en silencio ante el relicario de los magos, que parece el joyero bizantino de una giganta. Consideraciones estéticas al margen, los dos llegamos a una conclusión: aquello iba a resultar imposible.
El sarcófago, según me había adelantado Sam, estaba protegido con una urna de cristal blindado de unos cinco centímetros de grosor. («Para esto haría falta el ejército», bromeó tía Corina.) No vimos cámaras de seguridad, lo que no quiere decir que no las hubiera. Sí apreciamos que en la cubierta de la urna había un aparato con aspecto de sensor. («O la banda de Al Capone con tanques.»)
Pero estábamos tan desesperados que no podíamos desesperar.
Dimos una vuelta por la nave, mirando con ojos distraídos -porque nuestra atención iba hacia adentro- aquella parafernalia mística, aquel divino teatro de variedades: la piedra hecha nervio, el oro convertido en filigrana, la madera tallada para formar bosques de simetrías ondulantes, el cristal tintado para jugar con la luz… (Y aquel fondo musical de órgano tétrico, y los monumentos funerarios de los arzobispos fatuos, ansiosos de perpetuidad mundana, y la piedra triste…)
Nos detuvimos ante el retablo que alberga la imagen de la llamada Virgen de las Joyas, diminuta y rubia, tenida por imagen milagrosa para aliviar penas de amores, a la que los fieles más sugestionables ofrendan piedras preciosas y ornamentos de precio, de los que está recargada la imagen. «Esa enana vale su peso en oro, y nunca mejor dicho», comentó tía Corina, que no estaba de buen humor. «Eso sí podría robarse con una pistolita de agua, ¿verdad? Sería como entrar en una tienda de juguetes y llevarse la muñeca princesa.»
Los curiosos y los fieles merodeaban por el recinto con la admiración o el sobrecogimiento estampado en los ojos, perpetuando así el efecto de sugestión pretendido por quienes se empeñaron en alzar aquella tramoya a lo largo de más de seiscientos años: el circo germánico de Dios.
«Si hubiésemos dedicado un poco de tiempo a preparar esto…», le comenté a tía Corina. «Es que ya estamos de más. Deberíamos retirarnos. Yo por lo menos me jubilo», y les confieso que me sorprendió oírle aquello, aquella claudicación, que supuse pasajera, ya que debía de haberse contagiado del virus que flota en todas las catedrales, ese virus que hace que la gente se sienta insignificante y fugaz, teselas del mosaico infinito de un universo gobernado a perpetuidad por un mago ciclotímico.
Según me había anticipado Sam Benítez, comprobé que el acceso al altar mayor estaba vedado al público, y ahí cobró sentido lo del pasadizo, que en un principio me sonó a novelería, de modo que nos fuimos hacia el grupo escultórico de la entrada, bajo la torre sur. Enfrente de él había, en efecto, un arcón en el que podrían caber con holgura media docena de adultos y un par de chiquillos. Vi el guantelete en el cuarterón de la peana. Vi la figura de santa Bárbara, sujetando su torre en miniatura. Bien. Sólo había dos obstáculos: una especie de monaguillo sesentón que se paseaba por allí vestido con una túnica roja y con una hucha colgada al cuello, a la espera de donativos, y otro sesentón que les rezaba a los santos muñecos, haciendo catálogo de peticiones o de clemencias urgentes, pues con mucha vivacidad movía los labios. Nos sentamos en un banco y simulamos recogimiento, a la espera de que aquellos dos impertinentes cambiasen de rumbo, cosa que hicieron al poco rato y casi a la vez. Retiré entonces uno de los lampadarios que hacían de parapeto al grupo escultórico, me agaché, coloqué la mano sobre el guantelete y lo presioné durante varios segundos. Miré a tía Corina, que negó con la cabeza para darme a entender que la torre de santa Bárbara seguía inmóvil. Presioné de nuevo el guantelete y tía Corina volvió a hacer un gesto de negación. «Sal de ahí, que viene el monaguillo», me susurró cuando yo estaba ya en fase de aporrear el guantelete. Me senté junto a ella, con el pensamiento muy confuso. Una vez que el monaguillo -o lo que fuese- prosiguió su ruta, tía Corina se dirigió al arcón, lo observó y levantó la tapa. «Está abierto.» Comprobamos que no era la entrada de ningún pasadizo, sino un simple arcón en el que se apilaban algunos fajos de folletos turísticos y de hojas parroquiales. «Tal vez si lo moviésemos…», sugerí, por si acaso el pasadizo se abría bajo el arcón, pero tía Corina me miró como se mira al niño que asegura que hay una bruja debajo de su cama. «Sam Benítez es un chiflado y nosotros somos dos.» Y salimos de la catedral.
«Bien, ¿qué plan les proponemos a esos? ¿Que se casen y funden una familia?», me preguntó tía Corina, en referencia a Cristi y al Penumbra, porque la verdad es que algún plan teníamos que brindarles, siquiera fuese como mera cortesía y por respeto a las tradiciones. Le dije que lo único que se me ocurría era que se ocultaran en el arcón poco antes de la hora del cierre de puertas, que llevaran a cabo la faena durante la noche y que esperasen a que abriesen la catedral de nuevo por la mañana, a pesar de la indicación explícita de Sam Benítez de iniciar la operación a mediodía, pues qué más daba eso al fin y al cabo. «¿Hablas en serio?» Y no supe qué contestarle, pues comprendí que una respuesta afirmativa no podía ser seria. «Mira, llama a Sam y dile que nos volvemos a casa. Tampoco se trata de mandar al matadero a esas dos pobres criaturas, por muy bien que estuvieran en el matadero.» De modo que llamé a Sam con mi flamante teléfono móvil.
Su reacción no hace falta que se la detalle a ustedes, porque calculo que, a estas alturas, se la imaginan sobradamente. (Muchas mentadas de madre, mucho cabrón, mucho güey, muchas más mentadas de madre…) Después de un laborioso tira y afloja, quedamos en que me llamaría en torno a la una, cuando todos los implicados estuviésemos reunidos en el restaurante, para proponernos alguna solución. «¿Vendrá Tarmo Dakauskas?», le pregunté, y la respuesta fue difusa, de lo que deduje que no podríamos contar con el apoyo logístico de aquella entelequia, a pesar de que todo apoyo sería bienvenido.
Tía Corina y yo nos sentamos en una terraza para hacer tiempo y luego nos fuimos dando un paseo hasta el restaurante.
Cuando llegamos, ya estaba allí, acodada en la barra, Cristi Cuaresma, ansiosa de actividad y de Penumbra. Se había teñido el pelo de azul ultramar, con mechas amarillas, no sé para qué. Tenía los párpados pintados de negro, con motas del color de la plata. Una camiseta de tirantes dejaba ver la maraña de tatuajes de su hombro derecho. Tía Corina la saludó con una media sonrisa que yo sabía muy bien lo que significaba, y mantuvo esa media sonrisa mientras Cristi hablaba sin ton ni son, sin quitar la vista de la puerta, anhelante del reencuentro con el hijo de Honza Manethová, que parecía haber heredado de su padre el secreto de un conjuro infalible para esclavizar el corazón de las mujeres trastornadas, que fue lo que en gran parte perdió al buen Honza, célebre por pagar a precio de oro la ganga sentimental, pues todas sus amantes andaban a malas con algún aspecto de la cordura, según se condolían sus íntimos -aunque no me cabe la menor duda de que todos ellos hubiesen cambiado su vida por la de aquel alegre libertino que decidió hacer de su biografía un programa interminable de festejos, porque los rigores morales se aplican mejor de puertas para afuera.
«¿Y mi dinero?», me preguntó Cristi. Saqué un sobre y se lo puse delante. «¿Está todo?», me preguntó con una ceja enarcada, sopesando el sobre. «La mitad. La otra mitad cuando terminemos, ¿de acuerdo? Si no te fías, puedo firmarte un pagaré o incluso sacarme un ojo y dejártelo como garantía.» Y se dio por satisfecha, o al menos lo simuló, y se guardó el sobre en el bolso.