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Así que, a mis años, me vi persiguiendo por las calles de Colonia a un joven empresario de la industria satánica, circunstancia que lastima muy en lo hondo la dignidad de cualquiera, según puedo asegurarles, porque te invade el mismo nerviosismo que a los maricas de urinario, a los que siempre parece faltarles ojos.

El problema principal de perseguir a alguien -aparte de la persecución en sí- es que siempre te sientes más ridículo que la persona a la que persigues, por ridícula que sea esa persona, ya que toda persecución implica una vía cómica de conocimiento: vas a invadir una realidad ajena que no sabrás interpretar. Visto desde fuera, cualquier movimiento rutinario se convierte instantáneamente en síntoma: una ojeada al reloj, una llamada telefónica, una parada ante una papelera… Todo perseguidor es siempre un paranoico. (Tan paranoico, en suma, como quien se cree perseguido, esté perseguido o no.) Perseguir a alguien entraña el riesgo de leer la realidad al pie de la letra cuando debe ser leída en sentido figurado, y al revés, ya que el escrutinio atento de cualquier transeúnte seleccionado de forma aleatoria nos lleva de forma inevitable a la conclusión de que se trata de un asesino -con los puños de la camisa salpicados de sangre- que intenta pasar desapercibido entre la multitud. (Hagan la prueba.) Bueno, de un asesino o de un demente predispuesto a convertirse en asesino. De algo desfavorable para la reputación, en cualquier caso.

Por suerte, el Penumbra no cogió un taxi, ya que el factor tráfico me hubiese complicado la tarea. Anduve detrás de él durante más de un cuarto de hora, y prefiero no imaginar las conclusiones a las que hubiese llegado cualquiera de haber decidido perseguirme durante mi persecución: un tipo que de pronto se para, que de pronto se da la vuelta, que entra en un portal y sale al instante, que se detiene en una esquina y que espera cinco segundos antes de doblarla, que decide de repente dar marcha atrás y se pone a mirar el escaparate de una ferretería o de una pastelería o de una tienda de colchones, mesándose el pelo de la sien para ocultarse la cara con la mano…

Para mi sorpresa, el Penumbra entró en un hotel llamado Dorint, a dos pasos de la catedral y de apariencia lujosa, en versión más o menos japonesa. Barajé la posibilidad de que fuera a reunirse con alguien, aunque me incliné por la posibilidad de que me hubiese mentido al decirme que se alojaba en casa de unos amigos, como había dado por hecho Sam Benítez. A través de la cristalera, vi que se dirigía al mostrador de recepción, donde le entregaron un sobre. Lo desgarró, sacó un papel y se encaminó, leyéndolo, hacia los ascensores. Se abrieron las puertas mágicas. Las cruzó. Se cerraron las puertas mágicas. Entré en el vestíbulo y me quedé observando la pantalla que señala el piso por el que flotan los ascensores. Se detuvo en la planta tercera. Le pedí una tarjeta al recepcionista, salí de allí a toda prisa, me subí a un taxi y llamé a Sam: «Está en el hotel Dorint. Plaza Kart-Hackenberg. Planta tercera. El número de habitación no lo sé… Oye, Sam, creo que me debes algún tipo de explicación, aunque sea falsa…». Pero me dijo que ya hablaríamos.

Antes de llegar a mi hotel, recibí una llamada de Sam: «Oye, güey, ¿cómo carajo se llama de verdad ese puto Penumbra?».

«Empieza a hablar y no pares hasta que no veas que asiento y pongo cara de entender todo.» Tía Corina estaba en la cafetería de nuestro hotel, con un libro entre las manos.

Cuando por fin puso cara de entender todo, dentro de lo que cabe, pidió otro gintonic. «Lo entiendo, pero no entiendo nada.» Le dije que yo tampoco. «¿Qué estás leyendo?» Y me mostró la cubierta del libro: Colonienses célebres, una especie de guía turística de celebridades locales que había comprado en la tienda del hotel. «¿Sabes quién fue Enrico Cornelio Agrippa?», me preguntó, tendiéndome el libro. Le respondí que lo que suele uno saber de ese tipo de gente. «Pues lee esto», y lo que leí fue lo que sigue: «Médico, mago y alquimista. Nacido en Colonia en 1486 y muerto en Grenoble en 1535. Padeció una fama de brujo maléfico, y como tal fue perseguido. Se cuenta que un alumno suyo cayó muerto de repente mientras leía un libro de conjuros peligrosos y que el maestro, ante el temor de que lo acusaran de ser el responsable de aquella desgracia, convenció con sus artes mágicas al diablo para que entrase en el cuerpo del cadáver y diese varias vueltas a una plaza, a la vista de todos, antes de salir de él. Accedió el diablo y el discípulo, tras dar unas vueltas a la plaza, se desplomó muerto ante testigos, con lo cual la inocencia del maestro no podía ponerse en duda. Quiere la leyenda que pagaba con moneda auténtica, pero que, al poco tiempo, todo el dinero que salía de su bolsa se transformaba en cuero, en madera o en huesos de animales».

Miré a tía Corina con expresión interrogante. «¿No te suena de nada lo último?», me preguntó. «La verdad es que no.» Se abrió de manos: «Es lo mismo que nos ha hecho Sam Benítez: pagarnos con moneda falsa. El dinero que nos anticipó va a convertirse en humo y el dinero que nos prometió es ya humo». Vista así la cosa, me temo que llevaba buena parte de razón, ya que, entre lo que le había dado y lo que me quedaba por darle al Penumbra, lo que le había dado y lo que me quedaba por darle a Cristi Cuaresma y los gastos generales, se nos había esfumado casi el total de lo que Sam me adelantó en El Cairo, y estaba por ver que cobrásemos algo más y que al final no perdiésemos dinero, visto el rumbo de la embarcación. «Humo. Vamos a ganar con esto una hebra de humo.» La verdad es que nunca había visto a tía Corina tan nerviosa como aquella tarde. Yo, nervioso también, no paraba de llamar a Sam, pero tenía el teléfono desconectado.

Poco antes de las ocho, me encaminé a la cafetería en que me había citado con el Penumbra. A las nueve, como no había aparecido, recogí a tía Corina en el hotel y nos fuimos a un restaurante turco, más por distraernos que por cenar, pues los dos teníamos un nudo en el estómago. Y allí estábamos, a la luz de unos candelabros, mecidos por melodías de tambores y maglamas, cuando sonó mi teléfono. «¿Señor Jacob? Mi nombre es Tarmo Dakauskas. Imagino que ya sabe quién soy.» Me hablaba en francés, con acento anómalo. «Le espero en la habitación 317 del hotel Dorint dentro de media hora. Venga solo. Y traiga el dinero del Penumbra.»

Tarmo Dakauskas. Hotel Dorint. Habitación 317.

El jeroglífico.

16

Sorpresa en el Dorint.

La cara y las revelaciones de Tarmo Dakauskas.

La hamburguesería peligrosa.

Y un problema de identidades.

«En determinadas circunstancias, todos podemos convertirnos en un asesino. Y el verdadero asesino no necesita ni siquiera circunstancias, ¿comprendes?» Tía Corina me insistió en que no acudiese a aquella cita y me propuso que fuéramos a divertirnos un rato a algún casino. «Esto ya huele a peligro serio. A peligro físico serio, quiero decir», y mucho me temo que no le faltaba fundamento a su aprensión, porque el rodar de las desventuras suele acabar de la peor manera posible, hasta el punto de que hay ocasiones en que el hecho de que te rompan media docena de dientes puedes llegar a considerarlo un signo de buena estrella, porque entre que te rompan seis dientes y que te rompan la cabeza en seis mitades no existe mucha diferencia sustanciaclass="underline" apenas un matiz, porque la persona que te rompe unos cuantos dientes no suele sentir mucho respeto por tu cabeza. «Acuérdate de lo que le pasó al pobre Pat Levi.» (La anécdota no creo que les interese, pero, por si acaso, ahí va: un día de los muchos de 1980, Pat Levi, guardaespaldas de celebridades de todo tipo en sus horas laborables y coleccionista de carteles de cine en sus ratos de ocio, estaba cenando en un restaurante de Berlín con unos amigos -entre los que se encontraba mi difunto padre- cuando el camarero le avisó de que tenía una llamada. Habló por teléfono durante apenas tres segundos, volvió a la mesa, se disculpó ante sus amistades y se despidió, alegando que le había surgido un imprevisto urgente. Nunca más se supo de él, y todo el mundo dio por hecho que aquel imprevisto urgente que le había surgido era un viaje a la mismísima gloria eterna, a causa -se dijo- de algunas desavenencias que tuvo con Maxi El Húngaro, un descerebrado con un sentido mercantil asombroso a fuerza de simplismo, que era quien controlaba por aquella época el tráfico de fugitivos del Berlín oriental y que se destacó por su afición a ordenar asesinatos a la mínima, sin duda porque aquella disposición caprichosa sobre la vida y la muerte le hacía sentirse como el emperador de los submundos, tendente a bajar con mucha ligereza el dedo pulgar, hasta que una mano anónima se animó a envenenarle el café, para alivio de tantos.)