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«Tengo que ir.» Tía Corina me preguntó que de dónde me sacaba ese sentido tan firme del deber. «No estoy seguro, pero creo que sería peor que no fuese. Sólo conseguiría aplazar algo inevitable.» Así que acerqué a tía Corina al hotel, muy en contra de su voluntad, subí a la habitación, metí en un maletín el dinero que le correspondía al Penumbra y seguí en taxi al hotel Dorint, donde tuvo lugar la escena que se relata a continuación.

Llamé a la puerta de la habitación 317. «Pase. Está abierta.» En una butaca estaba sentado un hombre de unos cincuenta años, de ojos azules, vivaces y maliciosos, a la vez que cansinos. Llevaba un traje gris y una corbata vulgar y mal anudada. Comía cacahuetes.

La habitación, que resultó ser muy chica, de las de tarifa barata, estaba hecha una leonera, con ropa por todas partes y con el mobiliario trastocado. Incluso los botellines, las chocolatinas y los paquetes de frutos secos del minibar estaban desperdigados por la moqueta, como si acabara de celebrarse una fiesta infantil.

¿Se acuerdan ustedes de lo que se preguntaba el filósofo Henri Bergson en su ensayo titulado La risa? Por si acaso les falla la memoria, me permito recordárselo: «¿Qué es una fisonomía cómica? ¿De dónde se deriva la expresión ridícula del semblante? ¿En qué consiste la diferencia entre lo cómico y lo feo?». Pues eso mismo me pregunté al hallarme ante el llamado Tarmo Dakauskas. Nada había en su cara que pudiera considerarse deforme ni desmesurado, pero les aseguro que el conjunto resultaba pésimo.

«Buenas noches, señor Jacob. No le digo que se siente porque me temo que no hay sitio. A menos que no le importe…», y señaló la cama. Pero aquella cama no era un buen sitio para sentarse. No por la cama en sí, claro está, sino porque en ella reposaba el cadáver del Penumbra, con un disparo en el ojo derecho. El nerviosismo me llevó a formular una pregunta idiota: «¿Está muerto?». Se encogió de hombros. «De momento sí, pero algún día resucitará. Ya conoce usted la leyenda… ¿Lleva ahí el dinero?», y me hizo un gesto con la mano para que le entregase el maletín. No me veía en una situación privilegiada para hacer preguntas ni para llevar la contraria, de modo que se lo di. Lo abrió. Lo cerró. Sonrió. Y mantuvimos el coloquio que transcribo:

– ¿Usted…?

– Por favor, no me pregunte si lo he matado yo o si lo ha matado Dios Padre. Tampoco me pregunte por qué está muerto. Le sugiero que vea las cosas de este modo tan simple: si está muerto, es que alguien lo ha matado; si alguien lo ha matado, es que tenía que estar muerto. Todos los asesinados estaban de más para alguien. No importa demasiado para quién.

– Supongo que todos los asesinados tendrían un punto de vista diferente.

– De eso no le quepa duda, pero la muerte neutraliza cualquier opinión.

– A menos que uno logre convertirse en alma en pena.

– Bien, supongo que, a estas alturas, tendrá usted muchas preguntas rondándole por la cabeza como si en vez de preguntas fuesen moscas. Le daré respuesta al menos a una de ellas: Abdel Bari no volverá a molestar a nadie.

– ¿También…? -y señalé a lo que quedaba del Penumbra.

– Le llegó su hora, aunque con un poco de adelanto. Estaba convirtiéndose en una molestia para todo el mundo, empezando por mí y terminando por usted. Un arco de incordio demasiado grande. Además, estaba muy gordo, así que le venía bien perder veintiún gramos.

– ¿Para quién trabajaba?

– Para mí, por ejemplo.

– ¿Usted era el jefe de Abdel Bari?

– Yo no diría tanto. Tenga en cuenta que nadie puede ser del todo el jefe de un idiota. El verdadero jefe de un idiota es siempre su propia idiotez.

– ¿Y por qué intentó envenenarme ese idiota?

– ¿Intentó envenenarle?

– Dos veces. Falló, como ve. Pero mató a dos infelices.

– Bueno, infelices hay muchos. Ni un genocidio selectivo acabaría con ellos. Pero, en fin, ahí tiene usted la razón de la muerte de Abdel Bari. Siempre se dio muy buena mano con los venenos, pero acabó queriendo envenenar a medio mundo, y eso ya no podía ser. A veces interesa que alguna gente siga viva, siquiera sea para que nos planche la ropa.

Aun sabiendo que la respuesta sería poco fiable, en el caso de que me diese alguna, le pregunté que quién le había ordenado a Abdel Bari envenenarme.

– ¿No presta atención a lo que le digo, señor Jacob? Él envenenaba ya a su libre albedrío. Le encargabas que le siguiese los pasos a alguien y acababa envenenándolo, y luego se disculpaba como podía, pero el daño estaba hecho, porque aún no se ha inventado la resurrección orgánica de los cadáveres. Ni siquiera el doctor Acula lo consiguió en las películas de Ed Wood, en las que son posibles tantas cosas.

– ¿Le mandó usted a Abdel Bari que me siguiera?

– No.

– ¿Quién entonces?

– Sam Benítez.

– ¿Sam? ¿Para qué?

– Para que usted desistiera de robar las reliquias.

Aquello me descolocó más de lo que estaba, porque ya conocen ustedes el grado de empeño que puso Sam en que asumiera la responsabilidad de la operación, así como sus llamadas insistentes a cualquier hora del día y de la noche y desde cualquier rincón del mundo para que me pusiera a la labor cuanto antes.

– Él no quería que lo hiciera usted porque sabía que era una trampa.

– No entiendo.

– Es fácil de entender: a Sam le encargaron que le encargara a usted esa operación, pero no quería que usted la llevase a cabo.

– Insistir en que hagas algo no es la mejor manera de hacerte desistir de hacerlo, al menos cuando ya hemos superado la infancia. No estoy aquí por gusto, sino precisamente por la insistencia de Sam.

– Pero sólo le insistió cuando se aseguró de que yo estaría detrás de todo. Fue Sam quien contrató a Alif el cuentacuentos, quien le envió a su hotel al vendedor del báculo y quien le hizo llegar el báculo a su casa. También apañó su encuentro con Abdel Bari, aunque aquello, según lo que me ha contado usted, no fue una buena idea. Creo, además, que también le envió algún anónimo.

Le pregunté que por qué no me comunicó el propio Sam a las claras que no hiciera el trabajo, sin necesidad de valerse de tantos subterfugios.

– No sabría decirle. Supongo que la misión de Sam consistía en contratarle a usted, aunque la conciencia le dictaba otra cosa, según parece. Además, ya conoce a Sam. Le gustan los laberintos. Si a Sam se le antojase comer huevos duros, tendría que localizar antes el caldero de oro de los duendecillos irlandeses para hervirlos en él, porque un cazo cualquiera no le serviría.

– ¿Quién le encargó a Sam que me propusiera el trabajo?

– No lo sé. Puede creerme. Tampoco me importa mucho, si le digo la verdad. Y ahora discúlpeme la franqueza, pero ¿en serio ha creído usted ni siquiera durante un momento que podía robar las reliquias con la ayuda de un jefe de ladronzuelos de barrio y de una drogadicta que tiene la cabeza llena de escoria? Sea sincero. Usted ha venido a esto como quien sube al cadalso.