Выбрать главу

Bien, eso implica un cambio de planes. ¿Nos vamos?» Le dije que me había entrado apetito y que me tomaría con gusto un trozo de tarta de chocolate, por decir algo, aunque no era mentira del todo, porque mis niveles de glucemia debían de estar bajo mínimos. «Ya está usted un poco mayor para tartas», y les confieso que me irritó bastante aquella impertinencia, que tenía una réplica fáciclass="underline" «Y usted ya está un poco mayor para tener esa cara de payaso que pide a gritos que le estrellen una tarta», por ejemplo, aunque me callé. Le sugerí que se fuera él si tenía prisa. «No, no tengo prisa, pero las cosas sí. Las cosas siempre tienen prisa. Prisa por ocurrir. Prisa por convertirse en realidad.» Insistí en quedarme. «Salgamos, por favor. Evitemos un escándalo. Sería un mal ejemplo para todos estos jóvenes», y puso encima de la mesa una SIG semiautomática, que al instante se guardó en el bolsillo. «Lo siento, señor Jacob, pero tenemos que dar un paseo.»

A veces, la mejor manera de evitar los rodeos consiste en dar un rodeo, de manera que le pregunté, fingiendo aplomo y arrogancia, si pensaba matarme y, de ser así, por qué. «No puedo responder ninguna de sus dos preguntas porque todavía no estoy seguro de ninguna de las dos respuestas. Dentro de media hora podré darle dos respuestas satisfactorias. A menos que me obligue a darle la primera antes de tiempo, claro está.»

Me descolocaba -y me tranquilizaba a la vez- el hecho de que si el plan de Tarmo Dakauskas consistía en matarme, no lo hubiese llevado a cabo en la habitación del hotel Dorint, ya que donde cabe un cadáver caben dos, y sólo tenía que salir y cerrar la puerta, dejando atrás una pareja de muertos lo suficientemente absurda como para que la policía alemana se entretuviera durante un par de meses mareando pesquisas desatinadas antes de dar carpetazo a la investigación. Pero como el miedo no admite análisis urgentes de sí mismo, mi preocupación principal en ese instante era discernir si Tarmo Dakauskas tendría o no inconveniente en ejecutarme delante de medio centenar de adolescentes con los dedos manchados de ketchup. Ante la duda, salí corriendo hacia los servicios. No era una opción muy digna, de acuerdo, pero fue la única que se me ocurrió en ese instante, y hay veces -muchas- en que en nosotros manda el mero instante. Nada más entrar en los servicios, me di cuenta de que, aparte de indigna, tampoco era una opción muy sensata: un sitio idóneo para que Tarmo Dakauskas me aliviase del peso metafísico del mundo. Me vi reflejado en el espejo y vi la anticipación de mi cadáver, pálido de angustia y de luz de neón. Debajo del recipiente del jabón líquido se había formado un pequeño charco verde, y pensé que aquella iba a ser mi última visión del universo: un charquito de jabón verde en el lavabo de una hamburguesería. Se abrió la puerta. «Déjese de chiquilladas. Hagamos de esto un asunto serio.» Empuñaba la SIG. A falta de otra opción, salí con él a la calle. Y les sigo contando.

Hay cosas que suceden de manera muy rápida, aunque luego la memoria las ralentiza, convirtiendo un relámpago en una luz inmóvil.

Les describo un relámpago…

Apenas habríamos andado unos cien metros cuando Tarmo Dakauskas cayó de bruces al suelo. Alguien lo había empujado por detrás. Ese mismo alguien se puso a patearlo y a gritarle en un idioma que me resultaba muy exótico. Tarmo Dakauskas se limitó a ovillarse mansamente, a pesar de tener una pistola en el bolsillo de la chaqueta. Cuando el agresor se cansó de patearlo, lo incorporó y le dio un par de bofetadas, lo zarandeó, lo estrelló contra un coche aparcado y se apoderó del maletín. Fue cuestión de segundos: un linchamiento rápido, muy profesional.

El agresor se fue hacia mí, y di por hecho que era mi turno de dolor.

«Siento que le haya molestado», me dijo en un inglés de vocales un poco rígidas, señalando a Tarmo Dakauskas, que en ese instante se sacudía la chaqueta. Tras someter la situación a unos parámetros medianamente lógicos, calculé que el agredido no tardaría en disparar al intruso, o al menos en apuntarle. Pero no parecía ser aquella su intención. «¿Quién es usted?» Y me dio una respuesta desconcertante: «Soy Tarmo Dakauskas». Supongo que la expresión de mi cara podría competir con éxito en un concurso de expresiones insólitas. «Y soy vegetariano.»

17

Carrusel de impostores.

Nuevas calas históricas.

Revelaciones equívocas.

Todo esto merece una explicación, por supuesto, y se la ofreceré a ustedes con arreglo a la versión literal de los hechos que me brindó aquel inesperado Tarmo Dakauskas, que dejaba en situación de ente anónimo al que hasta entonces había sido -al menos para mí- Tarmo Dakauskas.

«¿Le apetece tomar algo?» Le dije que de acuerdo, no tanto porque me apeteciera como por enterarme de la índole de aquel enredo de identidades, y echamos a andar. Lo más curioso de todo, aun siendo todo demasiado curioso, es que el falso Tarmo Dakauskas nos seguía a unos tres metros de distancia. «Lleva pistola», le advertí. Pero el nuevo Tarmo Dakauskas hizo un gesto despectivo con la mano.

Entramos en el primer bar que vimos y nos sentamos a una mesa. Al poco entró el Tarmo Dakauskas de impostura y se quedó en la barra, con expresión de perro pateado. Recibí otra llamada de tía Corina y de nuevo le dije que no se preocupase: a fin de cuentas, yo sólo estaba metido en una barraca de irrealidades de apariencia peligrosa, aunque de momento inofensivas. «Usted estará haciéndose muchas preguntas… En principio, estará preguntándose quién es ese cara de pato.»

Y aquel cara de pato resultó ser Tito Dakauskas. «He tenido que cuidar de él desde que éramos niños. Estamos tan unidos desde siempre, que anda convencido de que somos una misma persona, y esa persona soy fundamentalmente yo, no él, ¿comprende? Una transferencia de personalidad. Me mira como quien se mira en un espejo. Me mira y está mirándose a sí mismo, igual que si viviera en un viaje astral continuo, ¿me entiende? Pero es mi hermano, y eso está por encima de casi todo, incluido mi propio hermano. Mi pobre hermano Tito.»

Según me contó, Sam lo había llamado para que fuese a Colonia lo antes posible a fin de echarme una mano en la operación, consciente como era de mis apuros, pero en aquel momento él estaba atado a unas ocupaciones inaplazables en Argel, de donde acababa de llegar, de modo que envió a Tito, que andaba por Amberes, para que se pusiera de inmediato a mi servicio y, de paso, para que liquidase al Penumbra. «Para ese tipo de cosas sirve, aunque es demasiado imprudente. Le gusta escenificar, ya sabe.»

Les confieso que el arranque de aquella explicación sólo consiguió desconcertarme: ¿cómo una persona que está de tu parte te intimida, te amenaza de muerte y te da un susto de muerte después de dar muerte a alguien que también estaba de tu parte? Pero me callé, porque intuía -y algo más que eso- que me hallaba frente a un nuevo fulero, y, visto el talante de la tropa, podía considerarme afortunado si se limitaba a ejercer como tal.

«Le di su número de teléfono a Tito para que se pusiera en contacto con usted en cuanto resolviera lo del Penumbra, pero no para que jugara con usted a la novela negra de kiosco, sino simplemente para que le dijese que se fuera cuanto antes de aquí, porque la operación estaba cancelada. ¿Qué disparates le ha contado?» Y se los referí. Movió la cabeza con gesto de exasperación, miró a Tito y sonrió de un modo que no supe interpretar. «Bien, vayamos por partes…»

Según Tarmo Dakauskas, el gordo Abdel Bari seguía vivo, alimentando a sus palomos y combinando sustancias para componer venenos. «Abdel Bari trabaja para Giuseppe Montorfano.» Me quedé igual que estaba, porque de nada me sonaba aquel nombre, y así se lo hice saber. «Es el cabecilla de la secta de los veromesiánicos de Catania.» Debí de poner cara de víctima de las gorgonas, o poco menos, porque no sé si recuerdan ustedes que el Falso Príncipe conjeturó que detrás de la operación del relicario podían estar los integrantes de esa secta, negadora de la condición mesiánica de Cristo y afanosa por reunir los tres objetos con que fueron enterrados los magos de Oriente: una réplica del anillo del rey Salomón, una llave en forma de ojo y un reloj de arena. «Los veromesiánicos han estado ocultos durante muchos años, pero ahí están de nuevo, empeñados en su locura.»