Y siguieron las aclaraciones, al menos en teoría.
Según Tarmo Dakauskas, Sam Benítez no había mandado envenenar a mi padre ni mucho menos, y aquel infundio sólo era atribuible a la imaginación sin brida de Tito, aficionado a jugar a las deformaciones literarias con la realidad mediante la tergiversación de cuanto oía para transformarlo en quimera, vicio que, según me confesó su hermano, le venía de la infancia, cuando se distraía en contar a los niños más pequeños que él historias alarmantes de monstruos insomnes que vivían en el subsuelo, para de ese modo enturbiarles tanto el sueño como la vigilia, y en promoverles el pánico con leyendas de vampiros acuáticos que emergían de noche de las aguas del Báltico con la urgencia de alimentarse de sangre de inocentes, entre otras invenciones similares. Tito se aficionó de muchacho al cine y a las novelas de misterio, y aquello le agravó su principal padecimiento intelectual, dada su incapacidad no sólo para distinguir entre realidad y ficción, sino también para distinguir a su hermano mayor de sí mismo, y su mente fue cayendo al pozo de las alucinaciones, hasta el punto de convertirse él mismo en una complicada alucinación: Tito era Tarmos, y Tarmos era una entidad portátil en un mundo de cartón piedra, como Dick Tracy o como el escurridizo Dimitrios, el protagonista de la novela de Eric Ambler, que era su favorita entre las miles que le habían aplazado durante décadas el sueño. «Tito puede estar horas y horas hablando como un detective de novela negra», según Tarmo, y no lo puse en duda.
Para completar el cuadro clínico, Tito sufrió una violenta conversión religiosa de signo católico, aunque con tendencias panteístas, en plena adolescencia, hasta el punto de pasarse los días mirando el cielo a fin de conversar con Dios, para burla de todos, y el correr del tiempo no había hecho sino afianzar aquella fe primitiva, ya que encajaba a la perfección en su sistema de apreciaciones delirantes: a Tito le hacía falta un director para la película.
Tito Dakauskas sabía lo de Alif el cuentacuentos y lo del vendedor del báculo, así como el detalle del envío del báculo y del anónimo, porque Sam Benítez le había relatado mis aprensiones a Tarmo Dakauskas en presencia de su hermano durante un encuentro fugaz que mantuvieron los tres en Lisboa, de modo que Tito sólo tuvo que aplicar sus dotes para la novelización a aquellas circunstancias y llevar luego a cabo un montaje con arreglo a los desvaríos de su musa.
«Todo aquel sainete de El Cairo lo ideó la gente de Montorfano para intimidarle a usted, aunque Abdel Bari intentó llevar la intimidación un poco lejos, según tengo entendido.» Le pregunté el motivo de aquel supuesto sainete. «Ya sabe que Sam se va a veces de la lengua cuando se lo está pasando demasiado bien, y en El Cairo se lo pasó demasiado bien, y Abdel Bari tiene orejas de pago por toda la ciudad. Por lo visto, los veromesiánicos de Catania no están dispuestos a que nadie saquee el relicario de la catedral porque ellos mismos están interesados en saquearlo.»
Opté por hacerle la pregunta estelar de la temporada: «Pero ¿qué hay en ese relicario?» Y les cuento lo que Tarmo Dakauskas me contó…
Durante los saqueos llevados a cabo por las huestes de Barbarroja, los milaneses pudieron poner a salvo las reliquias traídas desde Constantinopla por san Eustorgio y se las ingeniaron para que el arzobispo y canciller Rainald von Dassel se llevara como buenos unos esqueletos anónimos desenterrados de una fosa común, aunque envueltos luego en ricos brocados. Las reliquias auténticas se conservaron en una ermita, custodiadas con celo por un párroco de origen normando que fundó una cofradía secreta con el fin de rendir culto a aquellos residuos, aunque la fatalidad quiso que la ermita se incendiase en torno a 1170, y ahí acabó la historia de aquellos huesos, al menos en teoría, porque hay ocasiones en que las leyendas sobreviven a la materia, en el caso de que la materia no constituya en realidad un impedimento para lo legendario.
Si hemos de creer a Tarmo Dakauskas, Von Dassel no tardó en enterarse del fraude del que había sido víctima por parte de los astutos milaneses, aunque procuró mantener la farsa para no quedar en ridículo ante el orbe. De todas formas, quiere la habladuría que, en mitad de un ataque de rabia, el arzobispo arrojó los huesos impostores al fuego de su chimenea, lo que tuvo como consecuencia que hubieran de ser sustituidos por otros huesos exhumados a toda prisa de uno de los cementerios de la ciudad. Y así se ha mantenido el culto popular durante siglos: un montón de huesos de quién sabe quiénes metidos en un relicario adornado con más de mil perlas y piedras preciosas, con centenares de camafeos y gemas.
Pero lo que se custodia al día de hoy en el relicario de la catedral coloniense -según mi informador- no sólo son esos penosos restos humanos, sino algo más extemporáneo y deslumbrante: la Tabla Esmeraldina.
Como ustedes saben, la autoría del texto de la Tabla Esmeraldina se atribuye, en el gueto esotérico, a Hermes Trimegisto, el equivalente griego del dios Toth de los egipcios, aunque algunos arabistas modernos dan en suponer que su autor fue el pitagórico Apolonio de Tiana, que pasa por ser quien descubrió la Tabla enterrada en una cueva. (Que cada cual opte libremente, en fin, por la autoría que considere más razonable.) Padre de las ciencias ocultas y fundador de las logomaquias herméticas, se da por hecho que Hermes Trimegisto donó a la humanidad un mensaje grabado en una piedra de color verde, y de ahí su denominación de Tabla de Esmeralda o Esmeraldina. Dicho mensaje contiene la esencia de toda la magia, al menos al criterio del ya mencionado Eliphas Levi, alias de Alphonse Louis Constant (1810-1875), proyecto de cura que derivó en mago y en exegeta ocultista.
El caso es que el mensaje de Hermes Trimegisto lo conocemos hoy a partir de versiones árabes y latinas, ya que el original consistía en un complicado criptograma. En nuestro idioma, el mensaje de Hermes Trimegisto arrancaría más o menos así:
Verdadero y no falso, verdadero y muy cierto:
lo que está abajo es como lo que está arriba
y lo que está arriba es como lo que está abajo,
para realizar el milagro de la Cosa Única.
Etcétera.
La gran ventaja de estos textos vaporosos es que se prestan a cualquier tipo de glosa, y por miles se cuentan al día de hoy los comentaristas del mensaje de la Tabla Esmeraldina. Y es que imaginemos que nuestra civilización desaparece y que, dentro de unos miles de siglos, un insecto evolucionado que se ha hecho especie dominante en el planeta encuentra un papel fosilizado que dice así:
– Champú anticaspa a la camomila
– Mahonesa baja en calorías
– Galletas sin gluten
– Leche desnatada calcio
– Abrillantador lavavajillas
– Vinagre de yema
– Pasta fresca al huevo
– Huevos
– Pañales para niño vecina talla 3
A partir de ahí, es posible cualquier interpretación por parte del insecto evolucionado: desde glosarlo como un poema épico hasta considerarlo una fórmula para conseguir el elixir de la inmortalidad, pasando por la sospecha de que pueda tratarse del texto fundacional de una secta adoradora de alguna deidad rústica favorecedora de las cosechas. (Lo de los pañales supongo que podría interpretarse, no sé, como la anunciación del nacimiento de un mesías.)
Según Tarmo Dakauskas, las versiones que conocemos del texto de la Tabla de Esmeralda son erróneas. Pero no erróneas por torpeza de los traductores, sino que se trataría de versiones falseadas, interesadamente falseadas. «¿Por qué?» Pues porque en el original se ofrece una clave demoledora en contra de la divinidad, de cualquier tipo de divinidad, una refutación implacable de lo divino a través -según parece- de un mapa astral, de una fórmula matemática y de una aporía, estas dos últimas muy simples; tan simples, que a nadie ha vuelto a ocurrírsele su formulación, a pesar de la reata de sabios que ha desfilado por las distintas edades de la humanidad poniendo su ingenio y su tiempo al servicio de la luz de la sabiduría y procurando asesinar a la divinidad o demostrar por el contrario su tutela del universo. Hay quien supone, en definitiva, que el texto de la Tabla de Esmeralda está dictado por Dios: un dios que revela la imposibilidad de su existencia. El suicidio, en fin, de la divinidad.