La Iglesia católica se hizo con la Tabla de Esmeralda en el siglo IV, bajo el papado de Sirio I. Dos siglos más tarde, bajo el pontificado de san Bonifacio, fue robada, al parecer por partidarios del antipapa Eulalio, y se le pierde el rastro hasta que reaparece en poder de los templarios en el año 1128, durante el Concilio de Troyes, como donación hecha por Archamband de Saint-Aigman a la Orden recién constituida. (Según se dice, Saint-Aigman, uno de los nueve caballeros fundadores de la Orden del Temple, encontró la Tabla de Esmeralda entre las posesiones de un salteador muerto por él en el camino al puerto de Jaffa cuando el malhechor, en compañía de sus compinches, atracaba a unos peregrinos.)
Advertidos del significado de aquella piedra, los caballeros templarios decidieron sepultarla en uno de los muchos hoyos que habían hecho en el suelo de la mezquita de Koubet al-Sakhara -donde tenían cuartel- para buscar el Arca de la Alianza, ya que se daba por hecho que el templo de Salomón se alzó en aquel preciso enclave.
Sepultado quedó, pues, aquel legado terrible de Hermes Trimegisto, hasta que, tras avatares que nadie ha sabido precisar, vuelve a estar en poder de la Iglesia católica a finales del siglo XIII, siendo papa Benedicto XI, que padeció un grave conflicto de conciencia a causa de la Tabla. En un principio, aquel pontífice barajó la posibilidad de destruirla, pero, al estar convencido de que se trataba de la escritura de Dios, consideró que su destrucción conllevaría un sacrilegio. De modo que optó por una solución muy frecuente y socorrida para las conciencias atribuladas por conflictos religiosos: interpretar a su capricho la voluntad divina. Para Benedicto XI, la Tabla de Esmeralda era una muestra del pensamiento destructivo de Dios para consigo mismo, la prueba desasosegante de una especie de crisis de identidad de quien no sólo creó el universo, sino que además era el universo, desde la bioluminiscencia de una luciérnaga hasta el incendio soberbio del astro Sol. Según se dice, tampoco desechó la posibilidad de que aquello fuese una trampa que Dios ponía a los creyentes a fin de calibrar la solidez de su fe. Fuese por una cosa o por otra, el caso es que Benedicto XI decidió enviar la Tabla de Esmeralda a la catedral de Colonia para que fuese depositada per omnia saécula saeculórum, a salvo del mundo y de especuladores filosóficos, en el relicario de los magos, obra que el orfebre Nicolás de Verdún llevó a cabo en su taller entre 1190 y 1220 y que sólo servía para albergar con todo esplendor y boato los huesos de quién sabe qué desarrapados colonienses, como el Papa bien sabía, pues la pifia de Von Dassel fue comidilla entre el alto clero durante siglos, y no falta quien supone que aquello le costó su ascenso no al papado, porque las relaciones entre las altas jerarquías eclesiásticas y el imperio alemán tenían sus aristas, pero sí al menos a un antipapado, rango frecuente en aquella época, marcada por la espectacularidad folletinesca de las intrigas religiosas y políticas, que solían ir de la mano como van de la mano el poder y la vanagloria.
«Aquí la Tabla Esmeraldina estaba segura y a salvo de ojos curiosos. ¿A quién se le iba a ocurrir profanar el relicario de la catedral? ¿Quién iba a tener interés en robar los restos de los reyes magos de Oriente? ¿Papá Noel?», afirmó mediante interrogaciones Tarmo Dakauskas.
Benedicto XI murió a causa de una ingesta de higos envenenados hay quien asegura que el móvil de aquel magnicidio guardaba relación con la Tabla, a saber: los miembros de una secta milanesa conocidos como «legitimistas de Constantinopla», cuyo objetivo básico consistía en recuperar las reliquias usurpadas por los alemanes (ignorantes, como es lógico, de las vicisitudes cómicas que padecieron tales reliquias), al enterarse -por la vía del rumor, que nada respeta- de que los restos de los magos habían sido profanados con la compañía de un objeto presuntamente herético y de origen sin duda diabólico, se tomaron la justicia por la mano inocente del hortelano de Perusa que abastecía de fruta a Su Santidad, pues un saqueo y una profanación debió de parecerles a aquellos despistados una afrenta demasiado difícil de tolerar para el orgullo patriótico que les alentaba, ya que su móvil era de esencia más política que religiosa: recuperar las reliquias y convertir Milán en meta de peregrinos para activar la vida económica de la ciudad, a la sazón alicaída.
«Y ahora le sigo contando», se interrumpió Tarmo Dakauskas. «Por favor, no se mueva de aquí. Vuelvo enseguida.» Se levantó, cogió el maletín, fue hacia su hermano Tito, le dijo algo y entró en los servicios. A Tito pareció faltarle tiempo para acercarse a mi mesa: «¿Qué le ha contado ese demente? No le haga caso. Es mentiroso de nacimiento. Váyase antes de que vuelva. Se lo digo por su bien. Hechiza a sus víctimas antes de matarlas. Váyase ahora mismo».
Hay ocasiones en que el pensamiento funciona como un gas paralizante. Y paralizado me quedé durante unos segundos, pensando, hasta que logré decidir que lo mejor era irme cuanto antes, no porque el de Tito fuese un buen consejo, sino porque era el único consejo posible. Además, creo que estarán de acuerdo conmigo en que, cuando alguien comienza a hablarte de los templarios, lo mejor es parar el primer taxi que pase por allí y salir huyendo.
A esas alturas, andaba yo un poco saturado de gente empeñada en coger la Historia por el rabo para transformarla en una novela de kiosco. Harto de los Reyes Magos, la verdad. Harto de huesos itinerantes. Harto de desconocidos majaretas. Hastiado de leyendas trastornadas.
(¿Qué tal una novela, me pregunto, en la que se desarrollase la hipótesis de que el Niño Jesús no fue calentado en el pesebre por el vaho de un buey y de una mula, sino por el temido dragón asiático llamado Uranbad, voraz y destructivo, y por Arión, caballo mágico nacido del apareamiento de Poseidón y Deméter, y que fueron esos animales prodigiosos los que le insuflaron una condición semidivina, convirtiéndolo en un taumaturgo demente, obsesionado con aniquilar a la humanidad en pleno, al que tuvieron secuestrado los apóstoles, que eran en realidad unos magos asirios que acabaron denunciándolo a las autoridades romanas cuando el poder de aquel falso mesías les supuso un obstáculo para sus planes de fundar una Iglesia rentable y que luego tergiversaron la vida y milagros de Cristo en los evangelios, haciéndolo pasar por redentor de la hueste humana, cuando en realidad se proponía echar abajo este mundo con la fuerza de su magia repugnante? ¿Qué tal si el único que se opuso a aquella denuncia fuese Judas, al que los demás apóstoles difaman por ponerse de parte de Cristo? ¿O qué tal si escribiésemos una historia en la que al final se desvelase que el verdadero mesías era Judas, cuyo suicidio simuló el irascible y ambicioso san Pedro?) (Porque el método es el que sigue a pies juntillas Lolo Letaud: hacer ver como verde lo blanco, lo blanco como azul, a los francmasones como herederos de los hierofantes y a Tales de Mileto como un extraterrestre enviado a este planeta para sembrar en él la semilla desasosegante de la filosofía, por ejemplo.) (Oh nauseabunda imaginación, con tu falso prestigio.) (La imaginación: el ojo del alma, según Joseph Joubert.) (El ojo del culo, según otros.) (Y allí estaba yo: en el corazón mismo de la subliteratura.)