Salí del bar rezando para que pasase algún taxi. Pero, cuando los necesitas, los taxis son tan difíciles de ver como los unicornios, así que eché a andar sin saber por dónde andaba, con la esperanza de que los hermanos Dakauskas no decidieran seguirme para darme mareo con sus conflictos compartidos de identidad y con sus desprejuiciadas peroratas históricas.
Tras errar durante un rato por calles desiertas (mi secreto temblor, mi miedo porque sí), logré orientarme y puse rumbo a mi hotel.
Tía Corina estaba sentada en el hall en compañía de un caballero magro y canoso. Hablaban en ruso. «Mira, te presento a Tarmo Dakauskas», y aquel nuevo Tarmo Dakauskas me tendió la mano. Se la estreché como quien palpa a un fantasma reflejado en varios espejos. «Siéntese y le explico», me dijo en francés aquel supuesto Tarmo Dakauskas, que debía de andar por la cincuentena y que llevaba un traje azul, una corbata verdosa, un reloj dorado y un anillo de ostentación obispal. Y me senté, como es lógico, a la espera de la explicación prometida, que enseguida les relato.
18
El ruso Bibayoff.
El dinero mutante.
El anciano de los mil gestos.
«Usted se preguntará cómo es posible que existan tantos Tarmo Dakauskas. La respuesta es sencilla: porque sólo existe un Tarmo Dakauskas, y tiene que repartirse.» Aquello me sonó un poco a enigma de la Esfinge, monstruo parlante nacido de la unión de Equidna y de Orto. Intenté leer en los ojos de tía Corina, pero sólo vi en ellos ausencia, porque debía de estar cansada, y además había bebido. Y yo, que, como acabo de confesarles, andaba bastante harto de impostores y de aventuras sin fundamento, me puse en pie en actitud de «hasta aquí hemos llegado», le dije a tía Corina que nos íbamos a dormir y le di las buenas noches a aquel sujeto, fuese quien fuese. Pero aquel sujeto, fuese quien fuese, tenía una opinión distinta. «Deberíamos hablar. Me disgusta robarle unos minutos de sueño, pero creo que deberíamos hablar», y señaló la butaca de la que acababa de incorporarme: «Por favor…». Tía Corina anunció que se iba a dormir así se abriera el mundo en dos mitades, porque estaba rendida, y su retirada me alivió, pues sabía yo que nada de cuanto me contase aquel Tarmo Dakauskas III sería tranquilizador ni amable.
«¿Por dónde empezamos?» Y le di la respuesta que me parecía más lógica: «Por el principio». Movió la cabeza con gesto de pesadumbre irónica: «El principio… ¿Qué es el principio? ¿Cuál es el principio de algo? Muchas cosas no empiezan nunca, o empiezan por el final…». Y les confieso que me irrité. «Si usted no tiene claro cuál es el principio de todo esto, yo sí. Pero me conformo con el presente: ¿qué hago yo aquí?», le pregunté. «Todo es un juego. Sólo eso. Un juego.» La palabra «juego» puede resultar muy ofensiva según qué circunstancias, y, dadas las circunstancias, aquella palabra aumentó mi irritación. «Un juego que ha costado vidas. Un juego que ha estado a punto de costarme la vida», le reproché, y puso cara de sorpresa: «¿Costarle la vida? ¿A usted? No sé dé tanta importancia. Si me permite la confidencia, le diré que usted es una de esas personas que lo mismo da que estén vivas o muertas, ¿me entiende? El universo puede girar igual tanto si está usted tomándose una limonada en el bar de este hotel como si está bajo tierra con los ojos llenos de gusanos». Le repliqué que el universo no echa en falta a nadie, incluido él. «Es probable, pero le aseguro que el universo dormiría un poco mejor si yo estuviese muerto. Pero eso no es posible. Al menos por ahora.»
Miró el reloj. «Tengo prisa. ¿Quiere que le conteste algunas preguntas o prefiere que me limite a pedirle que regrese mañana mismo a su casa y se olvide de todo? Aquí tiene esto», y me tendió un sobre. «Son seis mil euros. No es una fortuna, pero, si le sirve de consuelo, hay mucha gente que no ve ese dinero junto en toda su vida.» No cogí el sobre, y lo dejó sobre la mesa. «Le repito la pregunta: ¿qué hago yo aquí? Y le hago una pregunta nueva: ¿quién es usted?» Se frotó las manos, me miró a los ojos. «Mi nombre es Aleksei Bibayoff, aunque no creo que le diga mucho, porque sólo es mi nombre de esta temporada.» Y Aleksei Bibayoff -el provisional Aleksei Bibayoff- empezó a largar, como suele decirse.
«Ya le he dicho que todo esto es un juego. Una apuesta entre Sam Benítez y yo. Él le contrató a usted para que organizara el robo de las reliquias de los magos y yo contraté a Leo Montale para que se lo impidiera. Dos viejas glorias: usted y Montale.»
(Leo Montale, a quien daba yo por muerto, tuvo mucha autoridad durante varias décadas como perista, pues pagaba bien y vendía mejor, y muchas casas de subastas le trataban a cuerpo de rey, a pesar de su antipatía y de su mal talante, ya que siempre manejaba material de primer orden, aunque se tratase de un material que, dado su origen, no pudiera aparecer en los catálogos y tuviese que ser vendido bajo cuerda a un círculo muy restringido de clientes.)
«Coincidí con Sam en Estambul y allí, entre fiesta y festejo, nos salió el ramalazo de locura e hicimos una apuesta imprudente, en el caso de que todas no lo sean. Los dos teníamos bastante dinero fresco y a los dos nos quema el dinero en el bolsillo. Así que decidimos arriesgarlo, porque el dinero inmóvil es la cosa más aburrida del mundo, ¿no le parece?» (Le dije que sí, aunque no estaba de acuerdo con él en ese particular, pues el hecho de que el dinero permanezca inmóvil significa que no hay necesidad de moverlo, lo que me parece una señal tranquilizadora, y no sé si me explico.) «Lo más estrafalario que se nos ocurrió fue robar los restos de los Reyes Magos. Robarlos a la vieja usanza: contratando a un par de viejas glorias. A usted para que organizase el robo y a Montale para que lo impidiera. Sam jugaba con usted y yo con Montale. Como se hacían antes las cosas, ya me entiende: con todo ese aparato absurdo de intermediarios que contrataban a otros intermediarios…»
¿Vieja usanza? ¿Viejas glorias? ¿Aparato absurdo de intermediarios? Aleksei Bibayoff estaba diciéndome, como quien dice «Llueve», que yo era una reliquia profesional, un anacronismo, una antigualla operativa, una herramienta pintoresca del pasado. Tras leer sin duda en mi gesto la indignación, matizó un poco: «Las cosas ya no se hacen así. Ya nadie trabaja de ese modo, como usted comprenderá. Y eso era lo divertido de la apuesta». Pero yo no le apreciaba la diversión al asunto. «Mi trabajo empezó en El Cairo, en el instante mismo en que usted salió del café Riche tras apalabrar el trato con Sam. Le encargué a Abdel Bari que le marease a usted lo más posible, aunque le pudo ese vicio suyo de los venenos… Fue él quien le escribió a Alif el cuento de los sarcófagos malditos y quien simuló la muerte de la turista para hacerle creer a usted que corría un peligro mortal.» De entrada, se me estamparon en el pensamiento al menos dos signos de interrogación: ¿cómo que simuló la muerte de la turista? «A la turista le suministró un veneno que te deja como muerto durante quince o veinte horas. Luego te repones, aunque por lo visto te pasas varios días vomitando sin parar, como si fueses alérgico al universo.» (De ser así, enhorabuena, Casares: todo quedó en un paseo turístico por la laguna Estigia, con billete de vuelta.) (Enhorabuena también, viajera anónima.) «Al final anulamos la apuesta, porque sabíamos que era imposible que pudiesen robar las reliquias, y el juego dejó de tener gracia. Para colmo, el Penumbra se encargó de complicar las cosas y la comedia se convirtió en tragedia, al menos para él.»
Según me contó Bibayoff, el Penumbra tenía un plan alternativo: hacer que Cristi Cuaresma, ajena a todo, entrase en la catedral de Colonia con una mochila cargada de explosivos que serían detonados a distancia mediante un teléfono móvil, causando muertes y destrozos incalculables, incluida en esas muertes y en esos destrozos la propia Cristi, de la que no quedaría entera ni una célula. Luego se atribuiría el atentado a un grupo radical islamista, aunque Bibayoff me aseguró que detrás de aquello andaba un afgano de sangre real (cuyo nombre omitiremos), exiliado en Londres, al que se le ha metido entre ceja y ceja la fijación iluminada de desprestigiar el islamismo en Occidente mediante el método de patrocinar masacres que puedan ser atribuidas a facciones radicales, como ocurrió en Madrid y en Londres y como no tardará en ocurrir, según Bibayoff, en París, en Roma y en Copenhague, ciudades que están en el punto de mira de ese aristócrata visionario y a su manera redentorista, a fuerza de rencor, pues sueña con que su familia vuelva a calentar el trono de Afganistán a pesar de la oposición de muchos de sus hermanos en la fe al Altísimo y Sublime, y esa oposición es al parecer la semilla del odio sin tasa de aquel desterrado. «Supimos lo del plan alternativo gracias al pentotal que Tito le suministró al Penumbra para enterarse del plan que tenían ustedes. Ante la gravedad del asunto, Tito se lo cargó sin consultar con nadie, porque ya ha comprobado usted cómo tiene la cabeza por dentro, y ahí, desgraciadamente, se acabó la diversión, porque los cadáveres sólo traen complicaciones.»