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«Voy a hablar un momento con él», le anuncié a tía Corina, que pretendió hacerme desistir, alegando el mal carácter que dio siempre fama a Montale, con quien sólo tenían trato quienes no tenían más remedio que tenerlo, que al cabo no eran pocos, pues creo haber dicho que en su época fue un gran perista, al margen de la basura que almacenara dentro de sí. «Te espero en la puerta de embarque. Montale va a tardar exactamente cuatro segundos en mandarte a la mierda», pronosticó tía Corina, que estaba de un humor regular. De todas formas, para Montale me fui, a la espera de lo peor.

Tanto Montale como su acompañante me recibieron mal. Me presenté como hijo de mi padre y noté cómo Montale, entre parpadeos espasmódicos, escarbaba en su memoria y desenterraba una silueta difusa. «Ah, sí.» Le pedí permiso para sentarme a su mesa y me lo dio con un gesto tosco de la mano. «Tenemos que hablar de muchas cosas. Estoy seguro de que nos han metido en la misma jaula por trampillas diferentes.» La mujer que lo acompañaba era mucho más joven que él, aunque llevaba la vejez impresa en el mirar, supongo que a fuerza de pesares, que son tenazas para el corazón, y se dedicó a observarme con desconfianza. Montale me tenía desconcertado: parpadeaba sin parar, tosía, sacudía la cabeza, contraía la nariz, se aclaraba la garganta, olfateaba el aire como un depredador y, cuando no farfullaba de forma incoherente, soltaba alguna obscenidad que considero mejor no transcribir.

Nada más mencionarle a Sam Benítez y a Aleksei Bibayoff, empezó a convulsionarse, a crispar la cara, a carraspear y a gruñir. «Déjalo en paz. ¿No ves que molestas?», me dijo la mujer en un italiano áspero, y le acarició el hombro al viejo Montale, intentando aplacarle las sacudidas. «Lo siento», fue lo único que acerté a decir. «¿Qué quieres saber? ¿Que me han estafado como a ti? ¿Que nos han traído aquí para reírse de nosotros?», me interrogó Montale, en medio de sus estremecimientos. «¿Qué quieres saber? ¿Que todo esto ha sido un montaje para cargarse al hijo de Honza? ¿Que todo lo demás ha sido una comedia? ¿Que el juego entre Benítez y Bibayoff consistía en ver cuál de los dos mataba a ese muchacho estúpido? ¿Que todo ha sido una cacería? ¿Que han recibido un montón de dinero por matarlo? ¿Que quien les ha dado ese montón de dinero es un chulo de putas uruguayo? ¿Eso es lo que quieres saber?»

Me quedé mudo, procesando aquella información disparatada que no resultaba disparatada con arreglo a determinados antecedentes. (El asunto del chagall fraudulento, sobre todo.) Por otra parte, la concepción lúdica que había animado aquella operación parecía imponerse, al menos en atención a la estadística: Sam y Bibayoff, según la opinión generalizada, habían estado jugando, jugando con la realidad y jugando con nosotros. Y hasta ahí bien, dentro de lo que cabe. Pero la idea de una cacería humana, con el Penumbra como trofeo, resultaba repugnante: soltar la presa y abatirla. Aquello no cuadraba con la conciencia de Sam, aunque, como dice tía Corina, una persona de tendencias dionisiacas, adepta al chamanismo y empeñada en construir el Prisma Teológico puede resultar imprevisible, ya que la aleación de incongruencias no suele resultar robustecedora del carácter. «La apuesta la ha ganado Bibayoff, como no hace falta que te diga. A Tito Dakauskas lo llaman «el asesino del ojo derecho», porque siempre mata por ahí. Por el ojo derecho… Benítez jugaba con Tarmo y Bibayoff con Tito, ¿te enteras? Tú y yo sólo éramos una diversión adicional. Los payasos.» Pero las incoherencias se evidenciaban: ¿para qué iban a gastarse un dineral Sam Benítez y Aleksei Bibayoff en encargarnos a Montale y a mí una mera pantomima? «Por cuatro razones», me replicó. «La primera de ellas, porque están locos. La segunda, porque en este instante les sobra el dinero. La tercera, porque dos locos a los que les sobra el dinero sólo saben hacer locuras con el dinero que les sobra. Y la cuarta y principal, porque no sólo no les ha costado nada, sino que además han ganado muchísimo dinero. ¿Tú has cobrado algo, mariconcete? ¿Te vuelves con la cartera llena?» Le dije que no, como era lógico y verdadero. «Pues igual vuelvo yo. Los cabrones de los Dakauskas han recuperado todo.» Y creí comprender la fullería: darnos dinero y quitárnoslo. (Algo así, no sé, como aquel truco que el prestidigitador Houdin bautizó como «Las monedas viajeras».)

En esto llegó tía Corina, asombrada sin duda de que Montale me concediera una recepción tan larga. «Hola, Leo.» Montale la miró con ojos interrogantes y con el resto de la cara en movimiento. «Soy Corina. Corina Nastase», y Montale asintió. «¿Sigues viva, vieja? ¿También se han reído de ti?» Pero no le contestó. «Tenemos que irnos. Han llamado a embarque. Adiós, Leo. Es posible que no volvamos a vernos con nuestros ojos humanos, porque el día menos pensado nos morimos. Que lo pases bien mientras dure la velada. ¿Es tu esposa o tu nieta?» Y Montale farfulló quién sabe qué, y mejor no saberlo.

«Sólo una cosa más… ¿Quién es Giuseppe Montorfano?» Montale me miró con gesto de estupor, aunque, visto lo visto, sabía que aquello no significaba nada, al basarse en el desencajamiento su expresión natural. «¿Montorfano? ¿El zapatero?» Y al pronto me quedé desencajado yo, «¿Te refieres a ese bujarrón de Nápoles que cantaba arias de Scarlatti, de Donizetti y de todos esos maricas mientras remendaba zapatos? ¿De qué conocías tú al viejo Montorfano? ¿Te dio dinero o se lo hiciste gratis?» Y, como comprendí que se trataba de una pista equivocada, me despedí al estilo francés de Montale y de su acompañante, a quien daba yo más por gerontófila que por hija suya, a pesar de no estar el viejo perista para funambulismos de amores. (Aunque la vida es rara.)

«Síndrome de Tourette», diagnosticó tía Corina. «Móntale lo padece desde joven, aunque ahora está peor que nunca.»

Le pedí consejo: «¿En qué medida puedo fiarme de lo que me ha dicho?». Y fue terminante: «Sea lo que sea lo que te haya dicho, no debes creer ni media sílaba. Montale no ha dicho nunca una verdad. Va contra su sistema filosófico», y en eso quedó la cosa.

A esas alturas, tenía el convencimiento de hallarme en el eje de un tiovivo de impostores, porque les confieso que no estoy acostumbrado a los festivales de interpretaciones de una misma realidad, a pesar de haberme pasado la vida contando mentiras y ocultando verdades, o viceversa, porque el negocio lleva ese tipo de argucias consigo.

«Me temo que hay una epidemia de locura, muchacho. Un maremoto de esa bilis negra de la que habló Aristóteles.»

Y subimos, en fin, al avión, rumbo a casa, donde nos esperaba una sorpresa inimaginable, al menos para mí.

19

La casa sin alma.

Reliquias amenazadas.

La efectividad de Fioravanti.

Desdichas de Lola

Y vuelta al orden.

Hará cosa de veinte años, Louis Campbell le regaló a tía Corina una copia de un cuadro de François Gérard inspirado en la novela Corina de Madame de Staéclass="underline" Corina en el cabo Miseno, pintado a principios del XIX y exhibido hoy en el Museo de Bellas Artes de Lyon, a pesar de que mi padre le tuvo echado el ojo durante un tiempo con la idea de que fuese exhibido en nuestra casa, calculo que para sobrepasar de ese modo el bonito detalle de Louis, porque mi padre tenía -¿quién no?- sus arrogancias, pero aquello se quedó en anhelo, supongo que porque tampoco le dedicó un interés especial, por hallarse él en su época de grandes manejos y especulaciones. El copista le había puesto a aquella Corina la cara de tía Corina, con arreglo a una foto que le proporcionó Louis. Y allí estaba ella, vestida de poetisa griega de pensamiento ardiente, con una lira en la mano lánguida, envuelta en pliegues sedosos y ahuecados por un vendaval romántico y crepuscular, observada con admiración por un apuesto joven arrodillado y por dos niñas sobrecogidas, mientras ella alzaba la mirada mística a la excelsitud celeste, en busca de algún verso de gran vuelo. «Parece que están poniéndome una lavativa de aceite de coco», recuerdo que bromeó tía Corina el día en que le llegó aquel regalo, sin duda para camuflar la emoción que le produjo. Desde entonces, el cuadro estuvo colgado en el vestíbulo, encima de un canapé de estilo imperio, por hacer juego con él.