Fueron las dos primeras cosas que eché en falta nada más entrar. El lugar que había ocupado aquel cuadro marcaba un rectángulo muy blanco en la pared amarfilada por el tiempo, y lo mismo el respaldar del canapé: sus fantasmas.
«Mal asunto», comentó tía Corina. Y tan malo.
Solté las maletas y entré en el salón. Habían desaparecido los mejores muebles, los objetos más aparentes y valiosos, casi todos los cuadros, las alfombras, las lámparas de techo, de mesa y de pie…
Seguí inspeccionando la casa. En los estantes de la biblioteca había mellas que en principio me parecieron fortuitas, pero a las que luego descubrí un patrón: los libros encuadernados en piel. El suelo era un revoltijo de papeles, de amuletos de Lola, de cubiertos de diario (porque la cubertería francesa de plata se contaba entre las víctimas), de llaves, de gafas de sol, de abrelatas, de sacacorchos, de cajas de cerillas y de todas esas cosas más o menos prácticas y más o menos absurdas que se guardan en cajones, que vienen a ser algo así como el subconsciente de una casa. No quedaba rincón, en suma, por saquear ni revolver, incluido el cuarto de baño principal, del que había desaparecido un espejo veneciano de principios del XX que tía Corina tuvo la ocurrencia de colgar allí como un toque de lujo extemporáneo, porque lo cierto es que el cuarto de baño está que se cae. Como detalle inexplicable, se habían llevado también la lavadora.
Despojado de todo factor ornamental, el piso parecía, no sé, la cueva de un arruinado, con cuatro muebles del montón, con las paredes vacías, aunque atestadas de alcayatas que ya sólo soportaban el peso del aire.
«Mis diarios también», y tantas cosas. «Han intentado forzar la caja fuerte, pero no han podido, como es lógico.» Y es que esa caja fuerte parece estar maldita. Mi padre se llevó al nicho la clave combinatoria de apertura, y ahí sigue, inquietante y hermética, empotrada en un bloque de hormigón, con anclajes invencibles, con su chapa antitaladro, con su frialdad de monstruo dormido, sin que sepamos qué contiene, e imaginando en ocasiones de optimismo que oculta riquezas inimaginables, como si se tratase de un seguro de vida inaccesible, sí, pero real. Ni siquiera Franco Petacci, experto en ese campo, pudo con ella. Tampoco Berto Garcés, que podría abrir la cámara de seguridad del Banco de España con los ojos vendados y con dos litros de whisky galopándole por la sangre. Al principio, nos pasábamos las horas ensayando combinaciones, hasta que acabamos escarmentados del poder impresionante de lo aleatorio.
Me senté en el suelo, con el alma por ahí, de viaje astral. Tía Corina, después de inspeccionar el piso, se sentó en una silla superviviente. La miraba. Me miraba. Mirábamos en derredor. Las alteraciones violentas de la realidad necesitan una asimilación lenta, porque hay veces en que la realidad puede ser un plato bastante indigesto. Intentaba convencerme a mí mismo de que aquello no había pasado, de que se trataba de una alucinación transitoria. Cerraba los ojos con la esperanza de que, al abrirlos, todo hubiese vuelto a ocupar su sitio gracias a un fenómeno de teletransportación, tras viajar por los laberintos circulares de la chistera de un ilusionista con ganas de bromear, o qué sé ni lo que digo.
Sin pronunciar palabra, nos pusimos a ordenar un poco aquel pandemonio, haciendo catálogo mental de esfumaciones.
A nadie le gusta que le desvalijen la casa, por supuesto, pero, cuando se da el caso de que los objetos que decoran tu casa son a la vez tu negocio y tu garantía de futuro, el disgusto adquiere otros matices.
La nota que encontramos en la mesa de la cocina decía así:
Querida Corina, querido Jacob:
lamento el expolio. Necesito dinero urgentemente si no quiero que me manden a un sitio en el que no hace falta el dinero. De todas formas, me gustaría que os quedase claro que si fuese rico (¿quién no puede llegar a serlo?) y estuviese muriéndome (¿quién no está muriéndose?), mis únicos herederos seríais vosotros, a pesar de que la fatalidad haya querido que me convierta en vuestro heredero a la tremenda. Quedo en deuda sempiterna con vosotros, aunque, con la ayuda de los golpes insospechados de la suerte, procuraré que sea menos sempiterna que tardía.
Walter.
Algo es algo: herederos imposibles, aunque potenciales. (Maldito seas, primo Walter, dondequiera que estés.)
No tardé en atar cabos a partir de un detalle axiomático: en varios ceniceros había colillas de canutos liados con papel rojo, lo que indicaba que el llamado Miguel Maya, el rejoneador crapuloso y calé, había sido el cómplice de Walter en aquella mudanza ilegal, y lo habían tenido tan fácil como una mudanza legal. Ni siquiera el portero Elías, absorto en sus expediciones de chichirimoche, apreció nada raro en el hecho de que el simpático primo Walter -que le seguía la corriente en sus delirios viajeros y que le contaba chistes y chilindrinas- saliese por la puerta con la casa a cuestas: «Mire, yo no sé, como era de la familia…».
El primo Walter, el falso moribundo, el filósofo vocacional con derivas de pícaro, nos había convertido en más pobres de lo que éramos, y precisamente en el momento en que más pobres nos sentíamos, porque se ve que la adversidad es partidaria de la sobreactuación.
«Esto va a obligarnos a pensar un poco más en el futuro, como si fuésemos videntes», y no tuve más remedio que sonreír, menos por ganas que por inercia.
En vista de que no podíamos recurrir a la policía, recurrimos a Leonardo Fioravanti, descendiente -o eso dice- del cirujano y alquimista medieval del mismo nombre, que está especializado desde siempre en seguir la pista de cosas robadas, por si acaso lográbamos rebajarle el botín a Walter y a su socio, a pesar de que muchas veces, cuando los ladrones son meros aficionados y no se ajustan a un código de comportamiento ni a una red habitual de peristas, el rumbo que suele tomar el botín resulta irrastreable, y esa puede ser la chamba del novato. Sólo podíamos confiar, en fin, en la torpeza de aquel dúo de ladrones, en el olfato de Fioravanti y en la suerte, que es de muy poco fiar.
«¿Leo? Soy Corina Nastase. Tenemos un problema», y Leo, que vive en algún punto inconcreto -al menos para mí- de la Costa del Sol, le aseguró que pondría en movimiento a todas sus legiones para recuperar lo más posible lo antes posible, porque él fue buen amigo de mi padre -y creo que también amante ocasional de tía Corina- y estaba por agradar. «Gracias, Leo. Ya nos dices algo.» Y mirábamos nuestra casa como si fuese ajena, viendo con los ojos de la memoria lo que ya no estaba disponible para los ojos. «Qué desastre», y yo asentía. «Metimos en la cueva a Alí Baba», y yo asentía. «Salimos a robar y nos roban», y lo mismo.
Al día siguiente bajé a comprar el periódico, en un intento de restablecer mis rutinas, y…
Y les cuento.
En ocasiones, los periódicos pueden ser códices en clave, mapas secretos para llegar al núcleo de una realidad hasta entonces insondable. Y ese día lo fue: una noticia de tantas para los lectores. Una noticia de las muchas que conforman el entramado pintoresco de la vorágine del día anterior y que algunos leen de forma despreocupada para olvidarse de ella a los pocos segundos, por no afectarles a la vida. Pero aquella noticia podía interpretarla yo como un esclarecimiento parcial de mis gatuperios: DESARTICULADA UNA RED INTERNACIONAL DE LADRONES DE RELIQUIAS SAGRADAS, rezaba el titular.