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Pasaron un par de semanas sin tener noticias de Sam Benítez, a pesar de que no paraba de llamarlo, así fuera para que me mintiese. Al final, fue él quien llamó desde Scarborough, en la isla Trinidad, donde le seguía el rastro -o eso me dijo- a un criminal de guerra yugoslavo por encargo de una asociación de familiares de víctimas, o algo de esa índole, no sé, porque hay ocasiones en que Sam se explica regular.

Le hice un informe rápido de infortunios: el robo de Walter, el dinero que me pedía Fioravanti, los gastos que habíamos tenido en Colonia, el dinero invisible con que me pagó Bibayoff… «Te exijo una explicación de toda esta charada», le dije con firmeza. «Mira, loco, yo no puedo contarte ahorita todo lo que quieres saber, porque sería como contarte la vida de David Copperfield. Nos dolería la oreja a los dos, ¿va? Te mando para allá a Federiquito Arreóla, que anda por Cádiz, y él te lo explica. Pero no dudes nunca más de tu compadre Sam. Tu compadre iría a sacarte del infierno si te cayeras allí por casualidad.»

20

Particularidades de Federiquito Arreóla.

La trama siciliana.

Un profesor de irrealidades.

El enciclopedista etéreo.

Aventuras de una arqueta de plata.

Federiquito Arreóla se irá a la tumba con su diminutivo, porque lleva ese diminutivo en el carácter, y eso no lo arregla la edad, que Federiquito cuenta ya con diez manos y pico.

Nuestra profesión, como habrán advertido a estas alturas, admite personajes singulares, por no decir que los atrae, y uno de los más singulares de todos ellos es precisamente este Federiquito Arreóla, mexicano recriado en Santander por azares de familia, que se gana la vida con una subprofesión curiosa: la de correveidile. En efecto, de aquí para allá va Federiquito, contándole a este lo que hizo aquel, y a aquel lo que piensa hacer el de más allá, y al de más allá informándole de lo que el de todavía más allá opina de un tercero en discordia a ese tercero contándole con quién se acuesta o con quién negocia un cuarto. Creando una cadena, en fin, de murmuraciones, pues no se caracteriza por mostrarse muy escrupuloso con la verdad, al permitirse demasiadas licencias con ella, lo que a veces ha provocado enemistades y suspicacias entre los nuestros, que es algo que conviene evitar en la medida de lo posible, pues nada bueno trae la inquina a casa alguna. Es malhablado además Federiquito, amigo de cizañas, y no pierde ocasión de malmeter. Pero, a pesar de todo, Federiquito es parte ya de la profesión, una especie de mascota parlanchina, heraldo de naderías, y él mismo se ha encargado de difundir la especie de que darle dinero es sacrificio que trae suerte, bulo que le resulta muy rentable con los supersticiosos, tan abundantes en cualquier gremio cuya bonanza dependa de las manías de la suerte; es decir, en casi todos.

El hecho de que Sam Benítez nos enviase a Federiquito Arreóla para desvelarnos el entramado de la operación coloniense sólo podía interpretarse como un nuevo capítulo grotesco, ya que todo cuanto sale de la boca de Federiquito merece la misma credibilidad que el cuento de la gallina de los huevos de oro, por no decir algo peor.

«¿Federiquito Arreóla?», se preguntó asombrada tía Corina cuando se lo dije. «Esto va a parecer el carnaval de los tarados. ¿Por qué no nos olvidamos de una vez del asunto? A fin de cuentas, casi todo el mundo vive sin comprender casi nada de lo que hace ni de lo que le ocurre. Nosotros podemos permitirnos el lujo de sobrevivir con el peso de ese enigma. Podemos sobrevivir incluso con la sospecha de que todo fue una tomadura de pelo.» Pero yo, que no sé vivir en los márgenes de la lógica, necesitaba saber, a pesar de que, como dijo santo Tomás de Aquino, «el afán de conocimiento es pecado cuando no sirve al conocimiento de Dios». Pecado o no, el caso es que Federiquito Arreóla llamó de madrugada y lo cité a la tarde siguiente en La Rosa de California.

Y les sigo contando.

Federiquito Arreóla es bajo y canijo, de pelo muy negro y lacio y de piel tirando a cobriza, supongo que por algún gen azteca, o similar, y se mueve como si en vez de huesos tuviese muelles, a saltos de pajarillo. Viste siempre ropa que le queda pequeña o grande, según quien se la diera, pues es de poco gastar y pedigüeño. Aparte de eso, le quedan menos dientes que a un pato de goma, como suele decirse, y anda a malas con la higiene, diría yo que como estrategia comerciaclass="underline" te apetece tan poco tenerlo cerca, que estás dispuesto a darle lo que te pida para que se vaya cuanto antes.

«¿Puedo tomarme un chocolate y un par de ensaimadas?», nos preguntó nada más entrar en La Rosa de California, donde tía Corina y yo llevábamos esperándolo un buen rato. «No como desde anoche.»

Con la boca llena, masticando con quién sabe qué, Federiquito empezó a contarnos chismes relativos a gente de la profesión, seguro de que aquellas revelaciones iban a pasmarnos por su enjundia malévola, pues casi todas giraban en torno al sol del sexo: «Miki Cabal, ¿os acordáis?… El hijo de… Exacto… Pues el mes pasado dio una fiesta y su novia, la caraqueña…», y así. Y nosotros tan aburridos como impacientes, aunque permitiéndole que hiciera aquel rodaje, por ser marca de la casa. «¿Puedo tomarme otro bollo?»

Cuando el estómago pequeño pero con mucho fondo de Federiquito Arreóla se dio por saciado, comenzó la presunta revelación: «Me encarga Sam que os diga…».

Y lo que Sam le había encargado que nos dijese era, en resumen, lo que viene a continuación de este punto y aparte.

En la medida en que podemos creer a Sam Benítez y en la medida en que podemos creer a un Sam Benítez filtrado por Federiquito Arreóla, la operación que nos encargó Sam se englobaba en otra mayor: aquel robo múltiple de reliquias que acabó tan mal para tanta gente. El organizador de todo se supone que fue Giuseppe Montorfano, que, en contra de la evasiva de Leo Montale, no era un zapatero napolitano aficionado a canturrear arias de Donizetti y de ese tipo de artistas, sino, como me había asegurado Tarmo Dakauskas, el cabecilla de los llamados veromesiánicos de Catania, localidad donde el tal Montorfano tenía casa y cuartel.

Después de haber sido un mindundi durante media vida, Montorfano hizo fortuna a la siciliana y le dio por lo que suele darles a quienes se encuentran de pronto con más dinero de la cuenta y les falta imaginación y tiempo para gastarlo: coleccionar excentricidades. En su caso, reliquias sagradas, por esa peculiaridad que tienen los naturales de aquella isla de no apreciar incompatibilidades entre el fervor religioso y la práctica del crimen organizado. De modo que, para satisfacer su comezón de coleccionista, Montorfano se puso al habla con Leo Montale y le encargó que diese un golpe a lo grande y sin reparar en gastos, como inauguración de otra serie de golpes estelares, dispuesto como estaba el siciliano a dejar a la Iglesia sin reliquias, porque el coleccionismo tiene ese inconveniente: que te entra el ansia.

Por tratarse de una operación de radio muy largo, Montale echó mano de gente, entre ella Sam Benítez, y aquella gente echó mano de otra, entre la que nos contábamos nosotros, ya que había trabajo para la mitad del gremio de cobardes. Todo parecía ir por su cauce hasta que saltó a escena Tarmo Dakauskas, que, aparte de los oficios que le adjudicó Sam (ya saben: el de espía, el de mediador en canje de prisioneros, etcétera), resulta que trabaja ahora para el Vaticano en calidad de agente para todo. «Es una especie de ángel vengador», precisó Federiquito con tono solemne. «Y su hermano Tito es el ángel exterminador», añadió con mayor solemnidad aún. «Pero algún cobarde despistado lo llamó para implicarlo en la operación y ahí se jodió todo. Cuando Sam se enteró de la estrategia de los hermanos Dakauskas, que consistía en alertar a la Interpol de la cadena de robos previstos, llegó a un pacto con Tarmo: si Tarmo no quería que Sam echase abajo su plan, alertando a su vez a los ladrones de la trampa en que iban a caer, no debía denunciaros a vosotros, porque él tiene a tu padre en un altar a cuatro metros del suelo, ¿me explico? Por otra parte, como Sam y Tarmo se llevan bien, aunque a veces jueguen en bandos enemigos, Sam informó a Tarmo de las intenciones del Penumbra, que pretendía volar la catedral de Colonia con gente dentro, porque estaba a sueldo de un moro visionario y majaron, o al menos eso dicen del moro, al que no tengo el gusto de conocer todavía. Tarmo le dijo a Sam que no había más remedio que mandar al Penumbra al paraíso musulmán, pues, de fallarle el golpe en Colonia, lo llevaría a cabo en quién sabe qué otro sitio, y Sam se vio obligado a dar el visto bueno a aquella ejecución, porque no había otra salida razonable, aunque ya sabéis que a él no le gusta la casquería. Y eso es todo», concluyó Federiquito con cara satisfecha.