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«¿Y eso es todo?», le preguntamos al unísono tía Corina y yo, porque aquella narración dejaba demasiadas lagunas. «Bueno, eso es todo lo que Sam me encargó que os contase, aunque yo sé más cosas… ¿Os importa que pida otra ensaimada?» Sabíamos de sobra por dónde iba a romper Federiquito por ahí rompió: «Pero esas cosas valen su peso en plata». Tía Corina le preguntó: «Oye, Federiquito, ¿a ti no te da un poco de vergüenza tener tan poquísima vergüenza?», y le aseguró que no estábamos dispuestos a regalarle ni un céntimo, así nos indicase el lugar exacto en que están enterrados los tesoros de los piratas de la Costa Malabar. «Bien, entonces ya no pinto nada aquí. Gracias por el convite», y se puso de pie. De repente, tía Corina abrió el bolso y sacó una pistola, una vieja Beretta que rodaba por casa desde hacía años y que a mi padre le dio por llevar encima durante un tiempo, cuando se apoderó de él la paranoia de que lo perseguían, extremo que nunca se confirmó, aunque, por suerte, aquello se le fue como le vino. Federiquito estaba tan asombrado como yo. «Mira, Federiquito», le espetó tía Corina, «aquí vamos a dejar claras algunas cosas. En principio, dentro de medio minuto vas a empezar a contar todo lo que sabes y no vas a respirar hasta el punto final. A la menor sospecha de que estás mintiéndonos o inventándote algo, te meto una bala en la rodilla y te dejo cojeando hasta que te vayas al nicho, ¿comprendes? Y, por último, ten claro desde este instante que todo lo que hemos consumido y todo lo que se nos antoje consumir a partir de ahora vas a pagarlo tú en cuanto termines de largar. Así que empieza.» Y Federiquito empezó.

Lo bueno de Federiquito es que, como mentiroso profesional, sabe cuándo le conviene mentir y cuándo no, de modo que se sinceró con nosotros: «No vais a creerme, pero el caso es que no sé nada de nada. Así que pégame el tiro si quieres, Corina. Aunque contratéis a media docena de chinos encabronados para que me torturen, no puedo deciros nada, porque no sé nada». Y comprendimos que por desgracia era así, ya que los embusteros resultan muy convincentes cuando dicen la verdad, supongo que por moverse en un ámbito ideológico demasiado resbaladizo para ellos, al no saber bien por dónde pisan. «De todas formas, puedo procurar enterarme de algo si os interesa… Pero eso ya costaría dinero, como es lógico», y agachó -genio y figura- la cabeza, como si la sola mención del dinero le hiriese el orgullo.

A esas alturas, tía Corina había guardado la Beretta en el bolso, detalle que tranquilizó a Federiquito Arreóla. «Bueno, supongo que eso de que pague yo todo esto será una broma, ¿no?» Y se fue Federiquito. Y nosotros también. Cada cual a lo suyo.

«¿Cómo se te ocurrió lo de la pistola?» Y nos reímos. «Apareció cuando ordenaba mi armario después del saqueo de Walter. Estaba dentro de una caja de zapatos.»

Nada más llegar a casa, llamé a Sam Benítez, aunque sin suerte. «Lo sensato sería olvidarse de todo. Pudo haber sido peor de lo que ha sido. Ese es nuestro consuelo. En el fondo, ¿qué más da?» Pero no me daba por vencido, pues se había apoderado la curiosidad de mí, y el curioso no ceja, así le lleve su obsesión a un sitio malo para la mente.

De todas formas, la realidad acostumbra imponer sus razones abstractas como antídoto contra nuestras sinrazones concretas, y, al margen de mis inquietudes, restablecimos nuestra rutina, consistente en poca cosa tal vez, pero grata como tal rutina, que es una forma tan noble como cualquier otra de pactar con el tiempo, a pesar del prestigio desmedido del que gozan las existencias aventureras y movedizas, basadas por lo común en el culto a la provisionalidad.

El hecho de reponer en su sitio los objetos robados tuvo como consecuencia el que los viésemos con nuevos ojos, ya que los artefactos que día a día nos rodean acaban por hacerse no diría yo que invisibles, claro que no, pero sí espectrales: algo que está y que a la vez no está, que se ve y no se ve del todo. Aparte de eso, aprovechamos también para inventariarlos y tasarlos, y la suma resultante no era mala. Con un poco de tiento, y vendiendo cada cosa por su canal adecuado, podíamos tirar durante al menos una década, que es un margen de tiempo razonable para desafiar al porvenir, aunque ese porvenir consista en un panorama de paredes desnudas y habitaciones vacías.

Entre llamada en vano y llamada en vano a Sam Benítez, llamé a Gerald Hall, que me pidió disculpas por haberse prestado a la farsa, ignorante él de su alcance, pero no le hice ningún reproche, en parte porque me alegró que se confirmase al menos aquel dato: un poco de tierra firme entre arenas movedizas. «Bonito apartamento, Gerald», y me dijo que lo tenía a mi disposición, porque él sólo lo utiliza muy de tarde en tarde, ya que vive en las afueras, en una casa de campo que perteneció al quinto conde de Chavery, estudioso del arte de la hipnosis y de la genética de los caballos, y luego nos entretuvimos en comentar la muerte del Penumbra. «Era previsible», comentó Gerald. «Todos esos muchachos diabólicos acaban por el estilo, y no porque el demonio se les meta en el cuerpo, sino porque tienen la cabeza más hueca que un barril.» Quedé en mandarle las cosas que me hizo llegar Marcos Travieso desde Camagüey, para que las incluyera en el catálogo de la próxima subasta. Le pregunté si el Aston Martin era también suyo y me contestó que por supuesto. Y poco más. Y adiós.

Sam Benítez no me cogía el teléfono, por mucho que lo llamaba a todas horas. «Vamos a dar carpetazo al asunto, ¿te parece?», me atajaba tía Corina cada vez que sacaba yo el tema, porque reconozco que estaba obsesionándome con aquella maraña, y el primer síntoma de una obsesión consiste en creer que los demás están deseosos también de obsesionarse. «Mira, hasta aquí hemos llegado. Las cosas no tienen por qué ser racionales ni lógicas. Hay que dar un poco de crédito al sinsentido», y ahí se atrincheró. Pero yo seguía llamando a Sam Benítez. Y a Cristi también la llamé. Y llamé a Leo Montale, cuyo teléfono me proporcionó Gerald Hall, y Montale me mandó al lugar más remoto y maloliente que se le ocurrió cuando le pedí el teléfono de Montorfano. Por llamar, llamé incluso a Loretta, la madre del Penumbra, para darle el pésame, aunque ella se limitó a guardar silencio al otro lado de la línea, porque a estas alturas debe de tener la cabeza más para allá que para acá, en el caso de que la tenga en algún sitio. Ninguna de aquellas llamadas tuvo utilidad alguna -y la conversación con Cristi fue además bastante desabrida-, de manera que me mantuve en mi ignorancia, muy arañado por dentro por los signos de interrogación, que para eso tienen forma de garfio.