Pero es verdad que los acontecimientos marcan su curso propio, a despecho del que pretendamos darles…
Tía Corina, para distraerme, me propuso que fuese con ella a casa de una de sus amigas de jueves, la viuda del sastre, que había montado una soirée con un vidente que se hace llamar profesor Negarjuna Ibrahima y que estaba de paso por aquí, en gira de hechicerías, pues se gana el sustento adivinándole la trama de la vida a gente ociosa. La amiga de tía Corina lo había conocido tras una actuación que dio aquel nigromante en el casino Novelty, donde pasmó a la clientela con la certeza de sus adivinaciones, y la viuda le propuso participar en una sesión privada, previo acuerdo en el asunto de los honorarios, que no eran poca cosa.
La casa de la viuda del sastre resultó ser pequeña pero muy dorada, y allí nos congregamos seis espectadores: la anfitriona, por supuesto; las otras dos viudas, un galán muy pasado de crepúsculo que se veía que pastoreaba a capricho el corazón de las tres viudas, tía Corina y yo.
El llamado profesor Negarjuna Ibrahima andaba por los setenta y era de raza mixta, con gotas del África o del Asia, delgado y de mirada penetrante, sin duda de tanto sondear lo invisible. Llevaba una camisa negra de seda, un pantalón blanco y en el dedo anular de la mano derecha lucía un anillo de oro y corindón azul, según me precisó tía Corina, que sabe mucho de gemas. Su aire general era el de hallarse au-dessus de la mélée, por decirlo en el idioma en que tendía a expresarse de forma instintiva aquel profesor de irrealidades, pues tiene domicilio habitual en París, según nos dijo, a pesar de hablar con desenvoltura media docena de idiomas, entre ellos el nuestro.
La viuda del sastre, de nombre Inma, había preparado un convite en honor de aquel sondeador del tiempo y las conciencias, y en bandejas plateadas se distribuían los canapés, de muchas formas y colores, sobre una mesa con patas de azófar reluciente, al lado de una lámpara de pie dorado, junto a ceniceros de plata, y de símil marfil, y dorados. Nos sentamos en torno al profesor en un saloncito presidido por un lienzo muy renegrido y de textura fofa, envejecido a lo basto con raspaduras y trementina, enmarcado más o menos a la versallesca, en el que destacaban una orza de barro, el cadáver de un conejo y una hogaza. (Una tosca falsificación de mediados del XX, según mis cálculos.) «Deja de mirar la casa de la pobre Inma con esa cara de inspector de alcantarillas», me susurró tía Corina con gesto de recriminación, y creo que me sonrojé.
La anfitriona no paraba de hablar del invitado estelar como si se tratase de un trofeo de caza, y el invitado estelar se limitaba mientras tanto a mantener la mirada fija en un punto inconcreto del salón de la anfitriona, masticando canapés con parsimonia de rumiante y sonriendo de forma enigmática.
«¿Empezamos?», preguntó el profesor Negarjuna Ibrahima. Y empezamos.
El método de aquel profesor resultó ser polivalente, pues lo mismo ensayaba la cartomancia que la quiromancia, la capnomancia que la cleromancia, sin olvidar la onicomancia (que, como ustedes saben, consiste en la adivinación mediante las uñas) ni la acultomancia, que se practica con veinticinco agujas colocadas en un plato sobre el que se vierte agua, de modo que las agujas que queden cruzadas indicarán el número de enemigos que asedian a la persona que ha realizado la consulta. (Cinco me salieron, y ocho a tía Corina.)
El profesor logró encandilar a las tres viudas con sus recursos circenses, aunque no tanto a nosotros, que andamos más curados de portentos, como tampoco al caballero, que resultó ser un fiscal jubilado que dedica buena parte de sus horas al estudio de las civilizaciones perdidas, lo que parece no dejarle entusiasmo para más volatines. El profesor recurrió a lo que suelen recurrir los de su gremio: la suelta de vaguedades y generalidades, vaguedades y generalidades que lo mismo podían aplicarse al pasado, al presente y al futuro de los asistentes que al pasado, al presente y al futuro de los dos ángeles de escayola policromada que colgaban de la pared, a ambos lados de un icono de tienda de souvenirs. Y en eso empleó un buen rato, hasta que el vidente se declaró exhausto y clausuró la sesión, dejando admiradas a las tres viudas.
A partir de ahí, se desencadenó el charloteo, que se escoró a temas de poca realidad.
El fiscal jubilado se sacó una fotografía de la cartera y me la tendió. «Ese era yo hace cuarenta años», y allí estaba: un joven con bigote, de ojos inexpresivos, con una corbata de nudo escuálido y con labios serios. «¡Qué época, usted! Pero todo se va como un cohete», y se guardó en la cartera su espectro de juventud, supongo que hasta que un nuevo desconocido le brindase la ocasión de entonar su elegía por la racha dorada.
Poco antes de irnos, el profesor Negarjuna Ibrahima me agarró suavemente por el brazo y me llevó aparte: «Usted está preocupado por la suerte de tres difuntos». Y no sé la cara que debí de poner. «Usted está obsesionado con tres personas que murieron hace mucho tiempo. Usted necesita saber y yo puedo ayudarle. Llámeme mañana a mediodía al hotel Coloso». Y fue a despedirse de la anfitriona, que tenía ojos de estar dispuesta a casarse de inmediato con aquel fascinador.
Salimos los invitados de la casa de Inma y nos despedimos en la calle. «Hotel Coloso», me recordó el profesor.
Tía Corina y yo decidimos regresar a casa caminando, pues no era tarde y estaba la noche muy templada y serena, a pesar de que había muchos tramos desiertos, que ya saben que me provocan inquietud. Le comenté la revelación y la propuesta del vidente y me miró con gesto de reproche. «Oye, vamos a ver… Ese buscavidas tiene los mismos poderes paranormales que tú, que yo y que el Gato con Botas. Reconozco a un impostor en cuanto lo veo.» Tía Corina conoce de sobra mi escepticismo con respecto a las prácticas de videncia y de todo ese tipo de pericias anómalas, y es ella quien cree en esos fenómenos, pues asegura haber sido testigo de algunos indiscutibles, pero yo insistía en que era mucha casualidad que hubiese adivinado el motivo de mi obsesión sin ningún dato previo. «Mira, pensamos que la realidad es una especie de magma incontrolado y caprichoso, pero no es así, o no siempre. La realidad también se basa en simetrías fortuitas, en rimas inesperadas, en concordancias accidentales. Si te cruzas con un desconocido y le dices: «Mañana va a morirse el loro que te trajo de Nueva Guinea tu hermano Alfredo», lo más probable es que te equivoques, pero también cabe la posibilidad remotísima de que aciertes, y en esa posibilidad remotísima radica el margen mágico de la realidad, y no sé si me explico». Le dije que no, porque no estaba dispuesto a claudicar -en contra de mi costumbre- ante sus argumentos, al andar mi ánimo muy rebelde. «Pues te lo explico de otro modo… Vas por la calle y eliges al azar a un transeúnte, ¿de acuerdo? Bien. No es difícil que ese transeúnte tenga un hermano, pero es difícil que ese hermano se llame Alfredo. Es muy difícil que su hermano, en el caso de que se llame Alfredo, haya estado en Nueva Guinea. Es dificilísimo que un transeúnte tenga un hermano que se llame Alfredo, que Alfredo haya estado en Nueva Guinea y que le haya traído de allí un loro a su hermano, un loro que va a morirse mañana. Es todo dificilísimo… pero perfectamente posible, ya que hay mucha gente en este mundo que tiene un hermano llamado Alfredo, hay mucha gente llamada Alfredo que ha estado en Nueva Guinea, alguna de esa gente se ha traído de allí un loro para regalárselo a su hermano y muchos loros se mueren cada día en todo el mundo. Si te fijas, es una secuencia basada en cuatro coincidencias triviales. ¿De acuerdo?» Y le dije que sí. «De modo que si paras a alguien por la calle y le sueltas esa profecía, lo normal es que te tome por trastornado, porque lo más probable es que no se cumpla ninguno de los cuatro requisitos. Pero si resulta que esa persona tiene un hermano que se llama Alfredo y que Alfredo ha estado alguna vez en Nueva Guinea, el tipo se quedará cavilando durante una temporada, aunque no tenga ningún loro. Basta con eso, con dos coincidencias, para que nuestro sentido de la realidad se tambalee.» Y le dije que muy bien, pero que, de todas formas, con loro o sin loro, pensaba telefonear al día siguiente al profesor Negarjuna Ibrahima.