El profesor me citó a la una y media de la tarde en su hotel. «Mi consulta no es gratuita», me avisó, y me dio precio por ella. No era poco dinero, pero tampoco demasiado, y hay que hacerse a la idea de que la preocupación esencial de todo el mundo consiste en sacarle dinero al resto del mundo. «¿Cuánto va a costarte?», me preguntó tía Corina, pero le dije que eso era lo de menos, y ella movió la cabeza con gesto de incredulidad, porque sabe de sobra que entre mis defectos no se cuenta el despilfarro. «Pregúntale de camino el número que va a salir premiado en la lotería y la fecha exacta del Juicio Final.»
Llegué al hotel Coloso y en el vestíbulo me esperaba el profesor, vestido todo de blanco. Le propuse que nos acercáramos a una cafetería próxima. «¿Le importa que hablemos en francés? Para mayor precisión por mi parte…» Y le dije que no tenía inconveniente alguno. Una vez sentados a un velador, me dijo: «Empiece». Y le conté con detalle mis tribulaciones, que escuchó con gesto impasible, aunque mirándome con fijeza, aseguraría yo que sin pestañear ni una sola vez, o esa impresión me dio. Cuando terminé el relato, sonrió con desgana. «¿Tan sencillo como eso?», y le contesté que no me parecía sencillo. «Más sencillo de lo que usted pueda imaginar», y les confieso que aquella arrogancia me alegró, por intuir yo el final de mis desvelos. «Bien, ¿por dónde empezamos?», y se frotó las sienes, y empezó.
«De entrada, le confieso que mis poderes son intermitentes. Hay días en que se me va la clarividencia y tengo que limitarme a hacer trucos psicológicos, como usted pudo comprobar anoche, a pesar de que, durante unos segundos, pude ver con total claridad las ráfagas que se le pasaban a usted por el pensamiento, y por eso le propuse que viniera a verme. Pero hoy tampoco veo gran cosa. Turbulencias. Imprecisiones. Al fin y al cabo, un gran poeta no está inspirado las veinticuatro horas del día, un gran arquitecto no tiene ideas innovadoras a cada instante, un científico genial no realiza descubrimientos geniales cada mañana… Pues igual. De todas formas, usted no necesita un vidente, sino un simple informador», y me quedé intrigado. «Hoy no puedo desvelarle el porqué de toda aquella operación estrafalaria, como usted quiere. En cualquier otro momento, podría precisarle incluso lo que llevaba usted en los bolsillos cuando pisó por primera vez la catedral de Colonia, pero hoy me resulta imposible: veo sus bolsillos, pero no veo sus tinieblas, ¿me entiende?» Y asentí, aunque no entendí del todo en qué consistían aquellas ténébres. (¿El interior de mis bolsillos?) «Visiones al margen, puedo proporcionarle una información que me extraña que desconozca: qué es lo que se conserva en el sarcófago de los Reyes Magos.» Le pregunté si él lo sabía. «No. No tengo ni idea. Pero sé quién lo sabe.» Y dejó pasar unos segundos para que yo le preguntase: «¿Quién?». Y dejó pasar unos segundos antes de darme respuesta: «El Enciclopedista Invisible».
«¿El Enciclopedista Invisible?» El profesor me propuso que volviésemos a su hotel, y así lo hicimos. «Suba a mi habitación», y con él subí. «Siéntese», y me senté.
Abrió el profesor un estuche y sacó de él un ordenador. «Veamos si hay señal», y aquello me pareció cosa propia de sortilegio, por no estar yo al tanto de los avances informáticos, ante los que palidecerían los magos más fenomenales de las épocas pasadas. «Hay señal, aunque débil. De todas formas, nos apañaremos.» El profesor se puso a teclear. «Vamos a colgar la consulta en la página del Enciclopedista Invisible.» Le confesé que aquella jerga (¿colgar?, ¿página?) me resultaba exótica, así que me explicó la terminología y el procedimiento. Una vez colgada la consulta, me aclaró: «Tendremos que esperar un rato». Y a esperar nos dispusimos.
«¿Quién es el Enciclopedista Invisible?» La respuesta fue difusa: «Nadie lo sabe. Una especie de demiurgo anónimo. Alguien que conoce la historia del mundo desde el principio y que se presta a revelarla de forma gratuita, que es lo más sorprendente de todo, aun siendo todo sorprendente». Según el profesor Negarjuna Ibrahima, se da por hecho que se trata de un colectivo de sabios desocupados, jubilados tal vez de sus profesiones y conectados entre sí mediante la red informática, que alivian su inacción con ese pasatiempo: el de convertirse en una enciclopedia viva, disponible a cualquier hora del día y de la noche y abierta a consultas sobre cualquier materia, desde la prosodia latina al grito de apareamiento de los primates, desde la gastronomía de los pueblos polinesios prehistóricos a un restaurante inaugurado anoche en Moscú, y lo mismo te proporciona el Enciclopedista Invisible el mapa de una ciudad que el plano del arca de Noé, según lo que le pida tu ignorancia.
Sin dejar de mirar la pantalla del ordenador como quien mira una bola de cristal a la espera de visiones, el profesor me contó su vida a grandes brochazos: había nacido en Argel, pasó unos años en Chile y otros muchos trotando por Europa, había sufrido poco en esta vida y viajaba mucho, que era lo que le gustaba, aparte de vivir de sus viajes. Cuando se notaba cansado de vagabundeos y de clientelas ansiosas por saber más de lo que les corresponde saber, me confesó que se encerraba en su casa parisina, dedicado a componer collages, a tocar la flauta travesera y a leer novelas policíacas, en las que me dijo encontrar algo de lo que carece la realidad en un grado alarmante: un desarrollo consecuente, y que era aquello lo que le encandilaba de ellas, por estar saturado de los argumentos caóticos de la vida real, que por su oficio desentrañaba.
Al rato, el profesor dijo: «Ya está ahí». Y vi una frase, escrita en alemán, en la pantalla. «Es un saludo de bienvenida», y con el Enciclopedista Invisible se puso a dialogar el profesor, a través del aire, a través del espacio, delante de una pantalla de cristal líquido.
El profesor iba traduciéndome lo que nos transmitía en la lengua de Goethe y de Goebbels el Enciclopedista Invisible, que al parecer se expresa cada vez en un idioma, según el día y el momento (lo que afianza la hipótesis de una identidad colectiva), y se lo resumo a ustedes…
Durante la segunda guerra mundial, las tropas aliadas que se dedicaron a bombardear Alemania recibieron instrucciones precisas de no dañar la catedral de Colonia. A pesar de eso, algunas bombas cayeron sobre el recinto sagrado, desgraciando algunas bóvedas. Ante la evidencia del peligro, el arzobispo decidió desalojar las reliquias de los magos. Dado que el relicario resultaba demasiado aparatoso, depositó las reliquias en una arqueta de plata labrada -porque el gremio eclesiástico no puede resistirse al pecado de ornamentalismo- y en ella las trasladó a una ermita situada a las afueras de la capital, por considerar que en su cripta estarían seguras.
Pocos días antes del final de guerra, la ermita sufrió un saqueo por parte de una cuadrilla de soldados alemanes en desbandada, que se llevaron cuanto pudieron, incluida por supuesto la arqueta, cuyo contenido vaciaron sin miramiento alguno, pues toda guerra suele generalizar el desprecio por los muertos.
Una vez hecho el reparto, el soldado al que correspondió la arqueta de plata no tardó en vendérsela a un buhonero que tampoco tardó en revendérsela a Otto Kurtz, anticuario de Dusseldorf aficionado a las fantasías alquímicas.
Con su confianza puesta en la propagación urgente de los rumores, el arzobispo de Colonia hizo correr la voz oficiosa de que había una recompensa por la devolución de la arqueta y de su contenido, aunque sin precisar de qué contenido se trataba, pues pretendía mantener en secreto el desaguisado. Aquello llegó a oídos de Kurtz, que optó astutamente por conservar la arqueta, ya que su instinto dio por hecho que el arzobispo no estaba interesado en recuperar el continente, que no era un gran qué, sino el contenido, que era ya nada.