Gracias a un confidente con oreja en el clero, Kurtz logró enterarse al fin de lo que debería contener aquella arqueta: tres cráneos y un puñado de huesos. Cráneos y huesos que estaban desperdigados ya por ahí sin conseguir reclamar la atención de nadie en aquellos tiempos de escabechinas y que, con un poco de suerte, algún alma piadosa acabaría depositando en una fosa común.
Una vez terminada la guerra, Kurtz seguía en posesión de la arqueta, que ocultaba en un sótano junto a otras muchas mercancías de origen sospechoso y sujetas a reclamación por parte de sus propietarios legítimos, al provenir casi todas ellas del pillaje practicado por la soldadesca en momentos confusos. Kurtz pensó en rellenar la arqueta con unos cráneos y unos huesos recolectados al albur, pero pensó también que el clima político no era el más adecuado para hacer negocios con las altas instancias eclesiásticas, ya que estaba muy perseguido y castigado el delito de expolio, y pocas explicaciones convincentes podía dar Kurtz acerca del proceso por el que la arqueta había llegado a sus manos, y al final, y en el mejor de los casos, no obtendría ni un marco por ella. Así que en el sótano del anticuario se quedó la arqueta ambulante, hasta que en 1948 visitó la tienda de antigüedades del germano el químico francés Louis Savage, con quien hasta entonces sólo había tenido contacto epistolar en torno a suposiciones medio científicas y medio maravillosas, y entre ambos idearon una salida rentable y prudente para aquella arqueta que el arzobispo coloniense seguía buscando a la desesperada, pues en la catedral se exhibía el relicario vacío, circunstancia que no sólo era desconocida por los fieles, sino también por la cúspide vaticana, al no querer aquel arzobispo que se hiciera público el desastre que había propiciado en el intento de evitar otro desastre. (La maldición del arzobispo de Colonia, pensé que sería un buen título para una novela de Lolo Letaud, pues a aquel arzobispo le había tocado en suerte una adversidad relacionada con la que le robó horas de sueño al altanero Von Dassell, y a partir de esa coincidencia supongo que podría trazarse un entramado de mucha elevación esoterista.)
«¿Tiene usted constancia de que todo eso que nos está contando el Enciclopedista Invisible es cierto?», le pregunté al profesor. «¿Tiene usted constancia de que yo estoy aquí frente a la pantalla de un ordenador, de que usted está frente a mí y de que el tiempo no es una mera alucinación de los sentidos?» Y no supe qué contestarle. «Si lo prefiere, lo dejamos.» Pero le dije que no, por supuesto.
El tal Louis Savage resultó pertenecer a la llamada Fraternidad de Heliópolis, compuesta por seguidores de las enseñanzas de Fulcanelli, según se encarga de recordarnos Canseliet en el prólogo que puso a la primera edición de El misterio de las catedrales. Cuando Otto Kurtz le refirió la historia de la arqueta, Savage tuvo una idea rápida: reunir los restos de Jean-Julien Champagne, muerto en 1932; de Pierre Dujols, muerto en 1926, propietario de la ya mencionada Librería del Maravilloso y autor de la mayor parte de los textos atribuidos a Fulcanelli, y de Lucien Faugeron, discípulo de Dujols, muerto en 1947 en la miseria más ruda, dedicado a continuar con ahínco de iluminado los experimentos de su maestro, cuyo espíritu creía reencarnado en su persona.
El trámite fue largo y laborioso, pero Savage y los demás hermanos de Heliópolis lograron hacerse con los restos de aquel trío de alucinados y los trasladaron a Dusseldorf, donde fueron depositados en la arqueta que escondía Kurtz. (Estamos, por cierto, a principios de 1950.)
Kurtz, a través de terceros, hizo llegar al arzobispo el rumor de que la arqueta que contenía los restos de los reyes se hallaba en Dusseldorf, en casa de un buen vecino que estaría dispuesto a deshacerse de ella por una cantidad de dinero inapreciable. El gran problema del arzobispo consistía en localizar a ese buen vecino. Y en aquel instante salió a escena Otto Kurtz, que mantuvo una entrevista con el prelado en la que se mostró dispuesto a localizar a ese buen vecino a cambio de una cantidad de dinero desorbitada. De entrada, el arzobispo se negó en redondo, alegando, con pose moral vanidosa, que la Iglesia de Cristo no acostumbra pactar con mercaderes. Pero, al cabo de unos días, llamó el arzobispo a Kurtz, le explicó que no podía disponer de esa cantidad de dinero y le rogó al anticuario que se atuviese a razones y rebajase sus honorarios. Pero el anticuario no estaba dispuesto a rebajar gran cosa y su última oferta consistió en un pago en especie: los ornamentos que abruman la imagen de la Virgen de las Joyas, de la que ya les hablé a propósito de nuestra visita a la catedral germana.
Como ustedes sin duda recordarán, los fieles que penan de amores ofrendan a esa imagen unas joyas de valor variable, aunque sólo cuelgan de su vestido las de más antigüedad o mayor mérito, pues sepultada quedaría aquella virgen bajo todas las alhajas que le han ido tributando desde el siglo XVIII, en que arranca su culto. Una vez que Kurtz se llevase todo, el arzobispo podría echar mano de las joyas excedentes y no se notaría gran cosa el cambio, pues los fieles ven la imagen como un todo enjoyado y no como un muestrario de joyas específicas, según el argumento sutil que el anticuario le expuso al arzobispo. Aquel lote tenía valor, por supuesto, aunque no el suficiente para satisfacer las aspiraciones comerciales de Otto Kurtz, y, según el Enciclopedista Invisible, su interés estaba centrado en realidad en una sola de aquellas joyas: un diamante que había sido robado en 1949 al maharajá de Patiala y que los ladrones, con la complicidad de un clérigo de voluntad débil y de inclinaciones disolutas, habían camuflado entre el batiburrillo dorado que soporta la imagen de la Virgen de las Joyas, por considerarlo allí más seguro que en ninguna otra parte, a la espera de recuperarlo cuando se enfriase la búsqueda policial y encontrasen comprador. Le pedí al profesor Negarjuna Ibrahima que le preguntase al Enciclopedista Invisible cómo se enteró Kurtz del paradero del diamante robado, pues aquello me sonaba ya a novela de Dumas, que es un mal sonido para las cosas de la realidad. El Enciclopedista Invisible se limitó a contestar que eso habría que preguntárselo al propio Kurtz, con el inconveniente añadido de que Kurtz había muerto en 1973. Manifesté mi decepción al profesor Negarjuna por aquella laguna en la omnisciencia del Enciclopedista. «Ni siquiera Dios puede acordarse de todo lo que hizo ningún Kurtz a lo largo de toda su vida. Y el Enciclopedista Invisible es lo más parecido a Dios que tenemos a mano», y di por buena aquella exculpación, porque el asunto del alcance de la memoria de Dios daría para un concilio. «¿Seguimos entonces?»
Se llevó a término, en definitiva, el trato entre anticuario y arzobispo, para contento no sólo de ambos, sino también del químico Louis Savage, que había conseguido depositar en el relicario suntuoso de la catedral coloniense los restos de tres alquimistas para él venerables, pues como santidades de la ciencia de Hermes Trimegisto los tenía en el altar de su corazón.
En el sarcófago de la catedral de Colonia se veneraba, en definitiva, al mismísimo Fulcanelli.
Aquello tenía sentido: dado que Champagne se apoderó de los escritos de Dujols para configurar el mito Fulcanelli, y dado que Faugeron no sólo prosiguió los experimentos de Dujols, sino que se decía poseído de alma por su maestro, la suma resultante de esos tres componentes era sencilla: Fulcanelli. «El misterio de la Santísima Trinidad en versión hermética», precisó el Enciclopedista. Para que todo fuese perfecto, sobraban quizá los restos de Faugeron, que no pasaba de ser un personaje secundario, y faltaban en cambio los de Rene Schwaller de Lubicz, que contribuyó decisivamente a crear al alquimista incorpóreo, pero había un problema: que Schwaller de Lubicz seguía vivo, y vivo siguió hasta 1961. De todas formas, los integrantes de la llamada Fraternidad de Heliópolis no quisieron dejar a ese mástil de la alquimia sin honores póstumos, de modo que en 1968 abrieron su tumba, le arrancaron tres dedos y se las arreglaron para depositarlos en la catedral de Hildesheim, en el relicario en que hasta entonces se veneraban los tres dedos de los Reyes Magos que el arzobispo Von Dassel donó a aquella ciudad. (Al día de hoy, se ignora el paradero de aquellos dedos de los magos de Oriente, aunque hay quien supone que fueron empleados en diversos experimentos infructuosos de los muchos llevados a cabo por los hermanos de Heliópolis, cuyo mando acabó asumiendo el diligente Louis Savage, que en ello estuvo hasta el año pasado, en que falleció de tiempo en El Havre.)