Los laberintos de Sam: le paga al hijo de Honza para que mate a Cristi y le paga a Cristi para que me mate a mí, aunque ninguno de los dos teníamos que morir bajo ningún concepto. «Ya sé que eres el rey sol de los majaras, Sam. Pero sigo sin comprender», y salió por donde suele salir: «Bueno, cuate, tampoco hay que comprender todo en esta vida. ¿Por qué tenemos cinco dedos en cada mano y en cada pie? ¿Por qué carajo sólo tenemos dos manos y dos pies? Pues lo mismo, güey».
Y siguió: «Cristi estaba deseando matarte, compadre. Tuve que frenarla, porque la muy recabrona tenía pensado liquidarte en el mismo instante en que pisaste Roma con tu maletita, güey». Le pregunté si tenía que darle las gracias por aquella deferencia. «Bueno, sí, loco. Deberías. Porque a veces tiene que chingarla alguien, ¿va? Y lo mismo te toca la papeleta sin haberla comprado.»
Y detrás de Cristi venía, en fin, el Penumbra.
La hija de Lorre y el hijo de Honza se conocieron en Londres, poco después de que a ella se le quedara el corazón hueco por la muerte del sicario Baluarte. Según parece, se cayeron bien, formaron su monstruo andrógino, vivieron sus ilusiones de cama, amasaron con nieve el muñeco de un futuro común y, al poco, el Penumbra la aborreció, de modo que se derritió el muñeco. Ante aquella contrariedad, Cristi perdió la poca cabeza que tenía y procuró hacerle la vida imposible mediante el método de hacérsela imposible a ella misma: lo perseguía allá a donde fuese, lo espiaba allá donde se escondiera, le enviaba cartas en las que dejaba fluir sentimientos incoherentes entre sí, hablaba mal de él a todo el mundo, se acostaba con el primero que le secaba las lágrimas, lo esperaba a la puerta de los bares con un frasco de ansiolíticos en una mano y con dos pastillas de éxtasis en la otra… Y se supone que todo aquel melodrama pasional tenía por objeto recuperar al hombre al que amaba, pues está visto que los caminos del amor se trazan a trompicones, ya sea para bien o para mal. Pero el Penumbra, lejos de conmoverse ante aquellos desbarajustes, la despreciaba con más fundamento, al ser él de corazón liviano y sin ancla.
Tras pasarse un par de meses en el hormiguero de unos artistas más o menos indefinidos (grafiteros al borde de la cuarentena, músicos sin grupo, diseñadores de joyas de mercadillo, bailarinas abstractas…), Cristi se instaló en Roma, donde siguió ganándose la vida como camella, pues resultó ser esa su profesión, detalle que yo hasta entonces desconocía y que daba sentido -dentro de lo que cabe- a aquella compota de estupefacientes que me vertió en el vaso mientras cenábamos. «Le dije a Cristi que podía contar con el Penumbra para liquidarte, güey, y le dije al Penumbra que le dijera a Cristi que iba a ayudarla, porque así podría liquidarla con más comodidad.»
Cuando Sam Benítez le ofreció de una tacada la oportunidad de heredar la fortuna de su padre y de trabajar con su amor perdido, Cristi Cuaresma debió de tocar el Cielo por el que flota su madre santísima. No sólo estaba dispuesta a matarme, sino a asesinar a un pueblo entero si hiciera falta, porque la perspectiva de un futuro redentor anima mucho.
Pero la estrategia de Sam no paraba ahí…
A través de Gerald Hall (que, al igual que Argos tenía cien ojos, parece tener cien orejas), Sam se enteró de las relaciones que mantenía el Penumbra con un grupo radical islamista. Por lo visto, el hijo de Honza había recibido el encargo de organizar una masacre en algún enclave emblemático para los católicos, y andaba cavilando el asunto, que le convenía resolver con éxito, ya que por cada víctima cobraría mil libras. Pero Sam decidió cavilar por éclass="underline" si el Penumbra se desplazaba a Colonia con la encomienda de cargarse a Cristi, ¿qué mejor oportunidad tendría para llevar a cabo su otra misión? Sam dio por hecho que el Penumbra procuraría cobrar por partida doble: por matar a Cristi y por atentar en la catedral en hora punta. Lo que no calculó fue que el Penumbra intentaría valerse de Cristi para llevar a cabo su atentado, y lo que menos le interesaba a Sam era que Cristi muriese. Y saltaron entonces a escena los falsos y pintorescos Dakauskas, no para salvarnos a Cristi y a mí, que no éramos más que marionetas anónimas para ellos, sino para salvar la catedral germana y a sus visitantes, que era por lo que les pagaba el verdadero Dakauskas, ente único pero múltiple, quien a su vez estaba a sueldo del servicio de seguridad del Vaticano.
Fue Sam quien puso al tanto a Tarmo Dakauskas (al verdadero) del plan terrorista del Penumbra, y aquella información le costó bastante dinero al informado, aunque lo soltó de buen talante en virtud de la gravedad del asunto, pues un golpe de ese tipo hubiera puesto en entredicho la efectividad de la organización que regía Dakauskas y que le salía al año a la Banca Ambrosiana por un pico, pues no sale barato defender el imperio terrenal de Dios de amenazas terrenales. Aparte de eso, ya digo, lo que menos le interesaba a Sam era que el Penumbra se cargase a Cristi, ya que él tenía previsto obtener la parte del león a costa del cura Lorre, a quien iba a sacarle un tesoro por llevarle a casa unas reliquias falsas y, sobre todo, a su hija Cristiana Cuaresma del Corazón Llagado Trujillo, heredera potencial de su imperio visionario. «Al final, compadre, pasó lo que nadie esperaba: que Cristi se cargó por su cuenta al Penumbra. Crimen pasional. Y eso es todo, güey.»
Según mis cuentas, Sam Benítez le había sacado dinero a Abdel Bari, al falso Aleksei Bibayoff, al verdadero Tarmo Dakauskas y al reverendo Lorre. Dicho de otro modo: había ganado un capital gracias a Hermes Trimegisto, a Fulcanelli, al Vaticano, a Alá y a los restos mortales de Jesucristo. Se mire como se mire, la maniobra tenía mérito.
«¿Me has contado la verdad?» Me juró por la memoria de mi padre que sí, aunque el hecho de jurar por la memoria de mi padre y no por la del suyo tampoco representaba una garantía, por mucha estima en que tuviera al mío. (Además, como decía no recuerdo qué personaje de Shakespeare: «Pesa juramento con juramento y pesarás nada».)
«En definitiva, tú te haces rico y a mí me cuesta dinero el hecho de que te hagas rico.» Se quedó callado durante un par de segundos, lo que para Sam constituye una hazaña. «Me dijiste que tienes una deuda con Fioravanti, ¿va? Me haré cargo de esa deuda y te mandaré además un sobrecito con lo mismo.» Me pareció un pago pobre, aunque pensé que peor sería un impago.
«Te dejo, cuate. Mañana tengo que volar a Roma para llevarme a Cristi a Middle Paxton. Su papacito la espera con los brazos abiertos y a mí con la caja fuerte abierta, güey. A ver si hacemos de Cristi una santita.»
Cuando terminé de hablar con Sam sentí algo raro: por una parte, estaba satisfecho, dentro de lo que cabe, por disponer al menos de una explicación, pues ya saben ustedes que no sé vivir sin comprender lo que ocurre, siquiera sea en la medida en que puede uno comprender las mutaciones de la luna o las apariciones de fantasmas, pero, por otra, estaba también muy escamado. De acuerdo: uno ha entrado ya de lleno en la edad de los sentimientos impuros, pero no se trataba sólo de eso. El relato de Sam Benítez me quiso parecer coherente, dentro de lo coherente que puede ser una secuencia de disparates, claro está, pero mi instinto -desnudo, con la cara pintarrajeada, con su lanza en la mano- me musitaba una advertencia sin palabras, un soplo de incertidumbre, un susurro de alerta. Algo así, no sé, como si vas al hospital porque no oyes bien por el oído derecho y el médico te dice que el origen del problema está en los huesos metatarsianos de tu pie izquierdo, porque, al andar defectuosamente, te trastornan el nervio esplácnico y te dañan la articulación incudomaleolar, o algo parecido, y tú te lo crees, pero a la vez no puedes creértelo del todo, escéptico ante la posibilidad de que tu organismo sea capaz de urdir conspiraciones tan sofisticadas.